En el versículo 29 y siguientes, dice: “Porque a los que antes conoció,
también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen
de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y
a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos
también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. ¿Qué,
pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios?” Tampoco sería necesario leer todo el capítulo 9 de Romanos. En tanto que ese capítulo permanezca en la Biblia, ningún hombre será capaz de probar el arminianismo; mientras eso esté escrito allí, ni las más violentas contorsiones de esos textos podrán exterminar de la Escritura, la doctrina de la elección.
Leamos algunos versículos como éstos: “(pues no habían aún nacido,
ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme
a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama),
se le dijo: El mayor servirá al menor.” Luego pasemos al versículo 22: “¿Y
qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó
con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para
hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos
de misericordia que él preparó de antemano para gloria.
Luego pasemos a Romanos 11:7: “¿Qué pues? Lo que buscaba Israel, no lo ha alcanzado; pero los escogidos sí lo han alcanzado, y los demás fueron endurecidos,” y en el versículo 5 del mismo capítulo, leemos: “Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia.” Sin duda todos ustedes recuerdan el pasaje de 1 Corintios 1: 26-29: “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni
muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió
Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios,
para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió
Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se
jacte en su presencia.” También recuerden el pasaje en 1 Tesalonicenses
5: 9: “Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación
por medio de nuestro Señor Jesucristo.” Y luego tienen el texto que
estamos analizando, el cual, pienso, sería suficiente. Pero, si necesitan
más textos, pueden encontrarlos buscándolos con calma, si no hemos
logrado eliminar sus sospechas de que esta doctrina no es verdadera.
Me parece, amigos míos, que esta sobrecogedora cantidad de versículos
debería hacer temblar a quienes se atreven a burlarse de esta doctrina.
¿Qué diremos de aquéllos que a menudo la han despreciado, y han
negado su divinidad, que han atacado su justicia, y se han atrevido a desafiar
a Dios y lo llaman un tirano Todopoderoso, cuando han escuchado
que Él ha elegido a un número específico para vida eterna? ¿Puedes tú,
que rechazas esa doctrina, quitarla de la Biblia? ¿Puedes tú tomar el cuchillo
de Jehudí y extirparla de la Palabra de Dios? ¿Quieres ser como la
mujer a los pies de Salomón que aceptó que el niño fuera dividido en dos
mitades, para que puedas tener tu mitad? ¿Acaso no está aquí en la Escritura?
¿Y no es tu deber inclinarte ante ella, y mansamente reconocer
que no la entiendes: recibirla como la verdad aunque no puedas entender
su significado?
No voy a intentar demostrar la justicia de Dios al haber elegido a algunos
y haber pasado por alto a otros. No me corresponde a mí, vindicar
a mi Señor. Él hablará por Sí mismo y en efecto lo hace: “Mas antes, oh
hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de
barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad
el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para
honra y otro para deshonra?” ¿Quién es aquél que dirá a su padre: “qué
has engendrado?” O a su madre: “¿qué has traído al mundo?” “Yo Jehová,
y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago
la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto.” ¿Quién
eres tú para que alterques con Dios? Tiembla y besa Su vara; inclínate y
sométete a Su cetro; no impugnes Su justicia, ni denuncies Sus actos
ante tu propio tribunal, ¡oh, hombre!
Pero hay quienes dicen: “Dios es cruel cuando elige a uno y pasa por
alto a otro.” Entonces, yo les preguntaría: ¿Hay alguien el día de hoy que
desea ser santo, que desea ser regenerado, que desea abandonar el pecado
y caminar en santidad? “Sí, hay,” dice alguien, “Yo quiero.” Entonces
Dios te ha elegido a ti. Sin embargo otro dice: “No; yo no quiero ser
santo; no quiero dejar mis pasiones ni mis vicios.” ¿Por qué te quejas,
entonces, de que Dios no te haya elegido a ti? Pues si hubieras sido elegido, no te gustaría, según lo estás confesando. Si Dios te hubiera elegido hoy a la santidad, tú dices que no te importa. ¿Acaso no estás reconociendo que prefieres la borrachera a la sobriedad, la deshonestidad a la honestidad?
Amas los placeres de este mundo más que la religión; ¿entonces, por
qué te quejas que Dios no te haya elegido para la religión? Si amas la religión,
Él te ha elegido para la religión. Si la deseas, Él te ha elegido para
ella. Si no la deseas, ¿qué derecho tienes de decir que Dios debió haberte
dado aquello que no deseas? Suponiendo que tuviera en mi mano algo
que tú no valoras, y que yo dijera que se lo voy a dar a tal o cual persona,
tú no tendrías ningún derecho de quejarte de que no te lo estoy dando
a ti. No podrías ser tan necio de quejarte porque alguien más ha obtenido
aquello que a ti no te importa para nada.
De acuerdo a la propia confesión de ustedes, hay muchos que no quieren
la religión, no quieren un nuevo corazón y un espíritu recto, no quieren
el perdón de sus pecados, no quieren la santificación; no quieren ser
elegidos a estas cosas: entonces, ¿por qué se quejan? Ustedes consideran
todo esto como cosas sin valor, y entonces ¿por qué se quejan de Dios,
que ha dado esas cosas a quienes Él ha elegido? Si consideras que esas
cosas son buenas y tienes deseos de ellas, entonces están disponibles
para ti. Dios da abundantemente a todos aquellos que desean; y antes
que nada, Él pone el deseo en ellos, de otra forma nunca lo desearían. Si
amas estas cosas, Él te ha elegido para ellas, y puedes obtenerlas; pero si
no es así, quién eres tú para criticar a Dios, cuando es tu propia voluntad
desesperada la que te impide amar estas cosas. ¿Cuando es tu propio
yo el que te hace odiarlas?
Supongan que un hombre que va por la calle dice: “Qué lástima que
no haya un asiento disponible para mí en la capilla, para poder oír lo que
este hombre tiene que decir.” Y supongan que dice: “Odio a ese predicador;
no puedo soportar su doctrina; pero aún así, es una lástima que no
haya un asiento disponible para mí.” ¿Esperarían ustedes que alguien
diga eso? No: de inmediato dirían: “a ese hombre no le importa. ¿Por qué
habría de preocuparle que otros alcancen lo que valoran y que él desprecia?”
No amas la santidad, no amas la justicia; si Dios me ha elegido para
estas cosas, ¿te ha ofendido por eso? “¡Ah! Pero,” dice alguien, “yo pensé
que eso significa que Dios ha elegido a unos para ir al cielo y a otros para
ir al infierno.” Eso es algo totalmente diferente de la doctrina evangélica.
Él ha elegido a unos hombres a la santidad y a la justicia y por medio de
ellas, al cielo. No debes decir que los ha elegido simplemente para ir al
cielo y a los otros para ir al infierno. Él te ha elegido para la santidad, si
amas la santidad. Si cualquiera de ustedes quiere ser salvado por Jesucristo,
Jesucristo le ha elegido para ser salvado. Si cualquiera de ustedes
desea tener la salvación, ese ha sido elegido para la salvación, si la desea
sinceramente y ardientemente. Pero si tú no la deseas, ¿por qué habrías
de ser tan ridículamente tonto de quejarte porque Dios da eso que no
quieres a otras personas?
II. De esta forma he tratado de decir algo en relación a la verdad de la doctrina de la elección.
Y ahora, rápidamente, déjenme decirles que la elección es ABSOLUTA: esto es, no depende de lo que nosotros somos. El texto dice: “de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación;” pero nuestros oponentes afirman que Dios elige a unos hombres porque son buenos, que los elige a causa diversas obras que han hecho. Ahora, en respuesta a esto, nosotros preguntamos, ¿qué obras son esas por las que Dios elige a Su pueblo? ¿Acaso es lo que llamamos comúnmente “obras de la ley,” obras de obediencia que la criatura puede llevar a cabo? Si es así, nosotros les respondemos: “si los hombres no pueden ser justificados por las obras de la ley, no parece muy claro que puedan ser elegidos por las obras de la ley; si no pueden ser justificados por sus buenas obras, tampoco pueden ser salvados por esas obras.” Por tanto el decreto de la elección no pudo haber sido formado sobre la base de buenas obras.
“Pero,” dicen otros, “Dios lo eligió porque conocía de antemano su fe.”
Ahora, Dios es el que da la fe, por tanto no pudo haberlos elegido a causa
de su fe, que Él conocía de antemano. Supongamos que hubiera veinte
mendigos en la calle, y yo determinara darle dinero a uno de ellos. ¿Podría
alguien decir que yo decidí darle a ese dinero, que yo elegí dárselo,
porque conocía de antemano que él aceptaría ese dinero? Eso sería una
tontería. De igual manera, decir que Dios eligió a unos hombres porque
conocía de antemano que ellos habrían de tener la fe, que es la salvación
en germen, sería tan absurdo que no vale la pena ni escucharlo.
La fe es el don de Dios. Toda virtud viene de Él. Por tanto, la fe no pudo
haberlo llevado a elegir a los hombres, porque es Su don. La elección,
estamos convencidos de ello, es absoluta, y completamente independiente
de las virtudes que adornan a los santos posteriormente. Aunque un
hombre fuera tan santo y devoto como Pablo; aunque fuera tan valiente
como Pedro, o tan amante como Juan, aun así no podría exigirle nada a
su Hacedor. Todavía no he conocido a ningún santo de ninguna denominación, que haya pensado que Dios lo salvó porque vio de antemano que tendría estas virtudes y méritos.
Ahora, mis queridos hermanos, las mejores joyas que un santo puede
lucir jamás, si son joyas elaboradas por su propio diseño, no son de purísima
calidad. Hay siempre un poco de barro mezclado en ellas. La gracia
más elevada que pudiéramos poseer, tiene algo de mundano mezclado
en ella. Sentimos esto en la medida que nos refinamos más, cuando
tenemos mayor santificación, y nuestro lenguaje debe ser siempre—
“Yo soy el primero de los pecadores; Jesús murió por mí.”
Nuestra única esperanza, nuestro único argumento, pende de la gracia
manifestada en la persona de Jesucristo. Y tengo la certeza que debemos
rechazar y desechar completamente cualquier pensamiento que
nuestras virtudes, que son dones de nuestro Señor, sembradas por su
diestra, pudieran ser la causa de Su amor. Y debemos cantar en todo
momento—
“¿Qué había en nosotros que mereciera la estima
O que produjera deleite en el Creador?
Fue únicamente, Padre, y siempre debemos cantar,
Porque pareció bueno a Tus ojos.”
“Tendré misericordia del que tendré misericordia:” Él salva porque
quiere salvar. Y si me preguntaran por qué me ha salvado a mí, sólo
puedo decir, porque Él quiso hacerlo. ¿Acaso había algo en mí que me
pudiera recomendar ante Dios? No, hago a un lado todo, no había nada
recomendable en mí. Cuando Dios me salvó, yo era el más bajo, perdido
y arruinado de la raza. Estaba ante Él como un bebé desnudo bañado en
mi propia sangre. Verdaderamente, yo era impotente para ayudarme a mí
mismo. ¡Oh, cuán miserable me sentía y me reconocía! Si ustedes tenían
algo que los hiciera aceptables a Dios, yo nunca lo tuve. Yo estaré contento
de ser salvado por gracia, por pura gracia, sin ninguna otra mezcla.
Yo no puedo presumir de ningún mérito. Si tú puedes hacerlo, muy bien,
yo no puedo. Yo debo cantar—
“Gracia inmerecida únicamente de principio a fin,
Ha ganado mi afecto y mantenido mi alma muy firme.”
III. En tercer lugar, esta elección es ETERNA.
“De que Dios os haya escogido desde el principio para salvación. ¿Puede decirme alguien cuándo fue el principio? Hace años creíamos que el principio de este mundo fue cuando Adán fue creado; pero hemos descubierto que miles de años antes de eso, Dios estaba preparando la materia caótica para
hacerla una adecuada morada para el hombre, poniendo razas de criaturas
sobre la tierra, que murieron y dejaron tras sí las marcas de Su obra
y Su maravillosa habilidad, antes de crear al hombre.
Pero eso no fue el principio, pues la revelación apunta a un período cuando este mundo fue formado, a los días cuando las estrellas matutinas fueron engendradas; cuando, como gotas de rocío de los dedos de la mañana, las estrellas y las constelaciones cayeron goteando de la mano de Dios; cuando, de Sus propios labios, salió la Palabra que puso en marcha a las pesadas órbitas; cuando con Su propia mano envió a los cometas, que como rayos,
vagaron por el cielo, hasta encontrar un día su propia esfera. Regresaremos
a edades remotas, cuando los mundos fueron hechos y los sistemas
formados, pero ni siquiera nos hemos acercado al principio todavía. Hasta
que no hayamos ido al tiempo cuando todo el universo dormía en la
mente de Dios y no había nacido todavía, hasta que entremos en la eternidad
donde Dios el Creador vivía solo, y todas las cosas dormían dentro
de Él, toda la creación descansaba en Su omnipotente pensamiento gigantesco, no habremos todavía adivinado el principio.
Podemos caminar hacia atrás, y atrás, y atrás, a lo largo de todas las edades. Podemos volver, si se nos permite usar esas extrañas palabras, a lo largo de eternidades enteras, y sin embargo nunca llegar al principio. Nuestras alas se podrían cansar, nuestra imaginación se podría extinguir; y aunque pudiera superar al rayo que brilla majestuosamente, con poder y velocidad, pronto se cansaría mucho antes de poder alcanzar el principio.
Pero Dios eligió a Su pueblo desde el principio; cuando el intocado éter
no había sido sacudido por el aleteo del primer ángel, cuando el espacio
no tenía orillas, o más aún, cuando no existía, cuando reinaba el silencio
universal, y ni una sola voz ni ningún susurro turbaba la solemnidad del
silencio, cuando no había ningún ser, ni movimiento, ni tiempo, ni nada
sino sólo Dios, solo en Su eternidad; cuando no se escuchaba el himno
de ningún ángel, y no se tenía la asistencia de los querubines, mucho
antes que nacieran los seres vivientes, o que las ruedas de la carroza de
Jehová fueran formadas, aún antes, “en el principio era el Verbo,” y en el
principio el pueblo de Dios era uno con el Verbo, y “en el principio Él los
escogió para vida eterna.” Entonces nuestra elección es eterna. No me
voy a detener para demostrar esto, solamente paso por estos pensamientos
de manera rápida para beneficio de los jóvenes principiantes, para
que puedan entender lo que queremos decir por elección eterna y absoluta.
IV. La elección es PERSONAL.
Aquí también, nuestros oponentes han intentado derribar la elección diciéndonos que es una elección de naciones y no de personas. Pero aquí el apóstol nos dice: “Dios os ha escogido desde el principio.” Decir que Dios no ha elegido a personas sino a naciones es la tergiversación más miserable que se haya hecho sobre la tierra, pues la mismísima objeción que se presenta en contra de la elección de personas, se puede presentar en contra de la elección
de una nación. Si no fuera justo elegir a una persona, sería todavía
más injusto elegir a una nación, puesto que las naciones no son sino la
unión de multitudes de personas, y elegir a una nación parecería todavía
un crimen mayor y gigantesco (si la elección fuera un crimen) que elegir
a una persona. Ciertamente elegir a diez mil sería considerado algo peor
que elegir a uno; distinguir a toda una nación del resto de la humanidad,
parece una mayor extravagancia en los actos de la divina soberanía, que
elegir a un pobre mortal y pasar por alto a otro.
Pero ¿qué son las naciones sino hombres? ¿Qué son los pueblos enteros
sino combinaciones de diferentes unidades? Una nación está constituida
por ese individuo, y por ese otro, y por aquél otro. Y si me dices que
Dios eligió a los judíos, yo respondo entonces, que Él eligió a este judío, y
a ese judío y a aquel judío. Y si tú dices que Él elige a Inglaterra, entonces
yo digo que Él elige a este hombre inglés, y a ese hombre inglés y a
aquel hombre inglés. Así que después de todo se trata de la misma cosa.
Entonces, la elección es personal: así debe ser. Cualquiera que lea este
texto, y otros textos similares, verá que la Escritura continuamente habla
del pueblo de Dios, considerando a cada individuo, y habla de todos ellos
como siendo los sujetos especiales de la elección—
“Hijos somos de Dios por la elección,
Los que creemos en Jesucristo;
Por un designio eterno
Gracia soberana recibimos aquí.”
Sabemos que es una elección personal.
V. El otro pensamiento es (pues mi tiempo vuela muy rápidamente y me impide detenerme sobre estos puntos) que la elección produce BUENOS RESULTADOS.
“De que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad.”
¡Cuántos hombres confunden completamente la doctrina de la elección! ¡Y cómo hierve mi alma cuando recuerdo los terribles males que se han acumulado por la perversión y el rechazo de esa gloriosa porción de la verdad gloriosa de Dios! ¡Cuántos no hay por ahí que se han dicho a sí mismos: “yo soy un elegido,” y se han sentado perezosamente, y peor
aún han dicho: “yo soy el elegido de Dios,” y con ambas manos han hecho la maldad! Rápidamente han corrido a todo tipo de inmundicia, porque han dicho: “yo soy el hijo escogido de Dios, y por tanto independientemente de mis obras, puedo vivir como se me dé la gana, y hacer lo que yo quiera.”
¡Oh, amados! Permítanme solemnemente advertir a cada uno de ustedes que no lleven esa muy lejos; o más bien, que no conviertan esa verdad en un error, pues no la podemos estirar mucho. Podemos pasar por sobre los límites de la verdad; podemos convertir eso que tenía
la intención de ser dulce para nuestro consuelo, en una terrible mezcolanza para nuestra destrucción.
Les digo que ha habido miles de personas que han ido a la ruina por
entender de manera equivocada la elección; que han dicho: “Dios me ha
elegido para el cielo y para vida eterna;” pero a ellos se les ha olvidado
que está escrito que Dios los ha elegido: “mediante la santificación por el
Espíritu y la fe en la verdad.” Esta es la elección de Dios: una elección
para santificación y para fe. Dios elige a Su pueblo para que sea santo, y
para que sea un pueblo de creyentes. ¿Cuántos de mis lectores son creyentes?
¿Cuántos miembros de mi congregación pueden poner su mano
en el corazón y decir: “Yo confío en Dios que he sido santificado?” ¿Hay
alguien entre ustedes que pueda decir: “yo soy un elegido” mientras yo
pueda recordarle cómo blasfemó la semana pasada?
Uno de ustedes dice: “yo confío ser uno de los elegidos” pero yo le recuerdo
acerca de un acto de depravación cometido dentro de los últimos
seis días. Alguien más dice: “yo soy un elegido” pero yo puedo mirarle a
la cara y decirle: “¡elegido!” ¡tú no eres mas que un maldito hipócrita!
Otros dirán: “yo soy elegido” pero yo puedo recordarles que ellos se olvidan
del propiciatorio y no oran. ¡Oh, amados hermanos! Nunca piensen
que son elegidos a menos que sean santos. Pueden venir a Cristo como
pecadores, pero no pueden venir a Cristo como personas elegidas mientas
no puedan ver su santidad.
No malinterpreten lo que estoy diciendo; no digan “yo soy un elegido,” pensando que pueden vivir en pecado. Eso es imposible. Los elegidos de Dios son santos. No son puros, no son perfectos, no son sin mancha; pero tomando su vida en su conjunto, son personas santas.
Son marcados y son distintos de los demás: y ninguna persona tiene el derecho de considerarse elegido excepto en su santidad. Puede ser elegido, y estar todavía en las tinieblas, pero no tiene derecho de creerse elegido; nadie puede verlo, no hay ninguna evidencia. Puede ser que el hombre viva algún día, pero por lo pronto está muerto. Si ustedes caminan en el temor de Dios, tratando de agradarlo y obedeciendo
Sus mandamientos, no tengan la menor duda que el nombre de ustedes está escrito en el libro de la vida del Cordero, desde antes de la fundación del mundo.
Y para que esto no resulte muy elevado para ti, considera la otra señal
de la elección, que es la fe, “creer la verdad.” Quienquiera que crea la
verdad de Dios, y crea en Jesucristo, es un elegido. Con frecuencia me
encuentro con pobres almas, que tiemblan y se preocupan en relación a
este pensamiento: “¡Cómo, y si yo no soy un elegido!” “Oh, señor,” dicen
ellos, “yo sé que he puesto mi confianza en Jesús; sé que creo en Su
nombre y confío en Su sangre; pero ¿y si a pesar de eso no soy un elegido?”
¡Pobre criatura querida! No sabes mucho acerca del Evangelio, pues
de lo contrario jamás hablarías así, pues todo aquel que cree es elegido.
Quienes son elegidos, son elegidos para santificación y fe; y si tú tienes
fe, tú eres uno de los elegidos de Dios; puedes saberlo y debes saberlo,
pues es una certeza absoluta. Si tú, como un pecador, miras a Jesucristo
el día de hoy, y dices—
“Nada en mis manos traigo,
Simplemente a Tu cruz me aferro,”
tú eres un elegido.
No tengo miedo que la elección asuste a los pobres santos o a los pecadores. Hay muchos teólogos que le dicen a la persona que pregunta: “la elección no tiene nada que ver contigo.” Eso es muy malo, porque la pobre alma no debe ser callada de esa manera. Si pudieras silenciar esa alma, podría estar bien, pero va a seguir pensando al respecto, y no lo podrá evitar. Díganle más bien: si tú crees en el Señor Jesucristo, tú eres un elegido. Si te abandonas a Él, tú eres un elegido.
Yo te digo hoy, (yo, el primero de los pecadores) yo te digo en Su nombre,
si vienes a Dios sin ninguna obra de tus manos, entrégate a la sangre y a
la justicia de Jesucristo; si quieres venir ahora y confiar en Él, tú eres un
elegido: has sido amado por Dios desde antes de la fundación del mundo,
pues no podrías haber hecho eso a menos que Dios no te hubiera dado el
poder de hacerlo y no te hubiera elegido para que lo hicieras.
Ahora pues eres salvo y estás seguro si sólo vienes y te entregas a Jesucristo,
y deseas ser salvo y ser amado por Él. Pero no pienses de ninguna
manera que algún hombre puede ser salvo sin fe y sin santidad. No
piensen, queridos oyentes, que algún decreto, promulgado en las oscuras
edades de la eternidad, va a salvar sus almas, a menos que crean en
Cristo. No se queden ahí tranquilos imaginando que ustedes van a ser
salvos, sin fe y sin santidad. Esa es la herejía más abominable y maldita,
que ha llevado a la ruina a miles de personas. No utilicen la elección como
una almohada sobre la que pueden recostarse y dormir, pues eso los
llevará a la ruina. Dios no lo quiera que yo les prepare almohadas muy
confortables para que ustedes puedan descansar cómodamente en sus
pecados. ¡Pecador! No hay nada en la Biblia que pueda atenuar tus pecados.
Pero si estás condenado ¡oh, hombre! Si estás perdida ¡oh, mujer!
Tú no vas a encontrar en esta Biblia ni una gota que refresque tu lengua,
ni una doctrina que disminuya tu culpa; tu condenación será enteramente
por tu culpa, y tu pecado será merecidamente recompensado,
porque tú crees que no estás condenado. “Pero vosotros no creéis, porque
no sois de mis ovejas.” “Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.”
No se imaginen que la elección excusa el pecado (no sueñen con eso)
ni se arrullen en la dulce complacencia del pensamiento de su irresponsabilidad.
Ustedes son responsables. Debemos proclamar ambas cosas.
Debemos aceptar la soberanía divina, y debemos reconocer la responsabilidad
humana. Debemos aceptar la elección, pero debemos hablar a
sus corazones, debemos proclamar la verdad de Dios ante ustedes; debemos
hablarles a ustedes, y recordarles esto, que si bien es cierto que está escrito: “En Mí está tu ayuda;” también está escrito: “Te perdiste, oh Israel.”
VI. Ahora, finalmente, cuáles son las verdaderas y legítimas tendencias
de un correcto concepto de la doctrina de la elección.
Primero, les diré cómo moverá a los santos la doctrina de la elección bajo la bendición de Dios; y en segundo lugar, qué hará por los pecadores si Dios bendice esa doctrina a favor de ellos.
Primero, yo pienso que para un santo es una de las doctrinas más
despojadoras de todo el mundo, para quitar toda la confianza en la carne,
y toda seguridad en cualquier otra cosa excepto en Jesucristo. Cuán
a menudo nos envolvemos en nuestra justicia propia, y nos adornamos
con falsas perlas y las piedras preciosas de nuestras propias obras y logros.
Comenzamos a decir: “Ahora voy a ser salvo, porque poseo esta evidencia
y la otra.” En vez de eso, solamente la fe desnuda salva. Esa fe, y
únicamente ella nos une al Cordero sin tomar en cuenta las obras, aunque
la fe produce obras. Cuán a menudo nos recargamos en alguna obra,
que no es la de nuestro Amado, o confiamos en algún poder que no es el
poder que viene de lo alto. Entonces si queremos despojarnos de este falso
poder, debemos considerar la elección.
Haz una pausa, alma mía, y considera esto. Dios te ha amado antes
de que tuvieras un ser. Dios te amó cuando estabas muerto en tus delitos
y pecados, y envió a Su Hijo para que muriera por ti. Él te compró
con Su preciosa sangre antes de que pudieras balbucear Su nombre.
¿Acaso, entonces, puedes estar orgulloso?
Repito, no conozco nada, nada, que sea más humillante para nosotros
que esta doctrina de la elección. A veces me he postrado ante ella, mientras
trato de comprenderla. He abierto mis alas, y como el águila, me he
remontado hacia el sol. Mi ojo ha sido firme, y mi ala vigorosa, durante
un tiempo; pero, conforme me acercaba a ella, un pensamiento se adueñaba
de mí: “Dios os ha escogido desde el principio para salvación,” y me
he perdido en su resplandor, he sentido vértigo ante ese poderoso pensamiento y de esa altura que marea se ha desplomado mi alma, postrada
y quebrantada, balbuciendo: “Señor, yo no soy nada, soy menos que nada.
¿Por qué yo? ¿Por qué yo?
Queridos amigos, si quieren ser humillados, estudien la elección, pues
los hará humildes bajo la influencia del Espíritu de Dios. Aquel que está
orgulloso de su elección no es un elegido; y aquel que es humillado por
ella, puede creer que es elegido. Tiene todas las razones para creer que lo
es, pues es uno de los efectos más benditos de la elección, que nos ayuda
a humillarnos ante Dios.
De nuevo. La elección en el cristiano debe hacerlo muy intrépido y muy
osado. Nadie será tan intrépido como aquel que cree que es un elegido de
Dios. ¿Qué le importan a él los hombres, si es elegido por su Hacedor?
¿Qué le importan los gorjeos despreciables de algunos gorrioncitos cuando
sabe que él es un águila de categoría real? ¿Acaso le importará que el
mendigo lo señale, cuando corre por sus venas la sangre real del cielo? Si
toda la tierra se levanta en armas, él habita en perfecta paz, pues él está
en el lugar secreto del tabernáculo del Todopoderoso. “Yo soy de Dios,”
afirma, “yo soy diferente a los demás hombres. Ellos son de una raza inferior.
¿Acaso no soy noble? ¿Acaso no soy uno de los aristócratas del cielo? ¿Acaso no está escrito mi nombre en el libro de Dios?” ¿Le preocupa el mundo?
De ninguna manera: como el león que no se preocupa por el ladrido del perro, él sonríe frente a sus enemigos; y cuando estos se le acercan demasiado, se mueve y los hace pedazos. ¿Qué le importan sus enemigos? “Se mueve entre sus adversarios como un gigante; mientras los hombrecillos caminan mirándolo hacia arriba sin entenderlo.”
Su rostro es de hierro, su corazón es de pedernal: ¿qué le importan los
hombres? Más aun, si una rechifla universal se levantara desde todo el
mundo, él se sonreiría de eso, pues diría—
“El que ha hecho de Dios su refugio,
Encontrará su más segura morada.”
“Soy uno de Sus elegidos. Soy escogido de Dios y estimado; y aunque
el mundo me aborrezca, no tengo miedo.” ¡
Ah! Ustedes que confiesan la fe pero que están con el mundo, algunos de ustedes son tan flexibles como los sauces. Hay pocos cristianos como robles hoy día, que pueden resistir la tormenta; y les diré por qué. Es porque ustedes mismos no creen que son elegidos. El hombre que sabe que es elegido, será demasiado orgulloso para pecar; no se humillará para cometer los actos que hace la gente común. El creyente de esta verdad dirá: “¿Que yo comprometa mis principios? ¿Que yo cambie mi doctrina? ¿Que haga a un lado mis puntos de vista? ¿Que esconda lo que creo que es cierto? ¡No! Puesto que yo sé que soy uno de los elegidos de Dios, aun ante los ataque de los hombres voy a decir la verdad de Dios, sin importarme lo que digan los hombres.”
Nada puede hacer a un hombre más osado que sentir que es un elegido de Dios. Quien sabe que ha sido elegido de Dios, no temblará ni tendrá miedo.
Más aún, la elección nos hace santos. Nada puede hacer a un cristiano
más santo, bajo la influencia llena de gracia del Espíritu Santo, que el
pensamiento que él es elegido. “¿Pecaré yo, dice, sabiendo que Dios me
ha elegido a mí? ¿Acaso voy a transgredir después de tanto amor? ¿Acaso
me apartaré después de tanta misericordia y tierna bondad? No, mi Dios;
puesto que Tú me has elegido, yo te amaré; yo viviré para Ti—
“Ya que Tú, mi Dios eterno,
Te has convertido en mi Padre.”
Yo me voy a entregar a Ti para ser tuyo para siempre, por la elección y
por la redención, entregándome a Ti, y consagrándome solemnemente a
tu servicio.”
Y ahora, por último, para los inconverso. ¿Qué les dice la elección a
ustedes? Primero, ustedes, impíos, los voy a excusar por un momento.
Hay muchos de ustedes a quienes no les gusta la elección, y yo no puedo
culparlos por ello, pues he escuchado a muchos predicadores predicar
sobre la elección, que han terminado diciendo: “No tengo ni una sola palabra
que decir al pecador.” Ahora, yo digo que ustedes deben sentir desagrado
por una predicación así, y yo no los culpo por eso. Pero, yo digo, tengan ánimo, tengan esperanza, oh ustedes pecadores, porque hay una elección.
Lejos de desanimarse y perder la esperanza, es una cosa muy
alentadora y llena de gozo que haya una elección. ¿Qué pasaría si yo les
dijera que nadie puede ser salvo, que nadie está ordenado para vida
eterna? ¿Acaso no temblarían, torciendo sus manos con desesperación,
diciendo: “entonces, cómo seremos salvos, si no somos elegidos?”
Pero, yo les digo, que hay una multitud de elegidos, incontables. Todo
un ejército que ningún mortal puede contar. Por lo tanto ¡ten ánimo, tú
pobre pecador! Desecha tu abatimiento.
¿Acaso no puedes tú ser elegido como cualquier otro? Pues hay innumerables muchedumbres de elegidos. ¡Hay gozo y consuelo para ti! Por tanto no sólo te pido que tengas ánimo, sino que vayas y pruebes al Señor. Recuerda que si no fueras elegido, no perderías nada al hacerlo. ¿Qué dijeron los cuatro leprosos?
“Vamos pues ahora, y pasémonos al ejército de los sirios; si ellos nos dieren
la vida, viviremos; y si nos dieren la muerte, moriremos.”
¡Oh, pecador! Ven al trono de la misericordia que elige. Puedes morir
en este instante.
Ve a Dios; y aun suponiendo que Él te rechazara, suponiendo
que con Su mano en alto te ordenara que te vayas (algo imposible)
aun así no perderías nada con ir; no estarás más condenado por eso.
Además, suponiendo que estás condenado, tendrías por lo menos la satisfacción de alzar tus ojos desde el infierno y decir: “Dios, yo te pedí misericordia y Tú no quisiste dármela; la busqué pero Tú rehusaste otorgarla.”
¡Eso nunca lo dirás, oh pecador! Si tú vinieras a Él y le pidieras,
tú vas a recibir lo que pides; ¡porque nunca ha rechazado a nadie! Pero
aunque hay un número definido de elegidos, sin embargo es cierto que
todos los que buscan, pertenecen a ese número.
Debes ir y buscar; y si sucede que tú resultes ser el primero en ir al
infierno, diles a los demonios que pereciste de esa manera; diles a los
diablos que tú eres uno rechazado, después de haber venido como un
pecador culpable a Jesús. Te digo que eso deshonraría al Eterno (con todo
respeto a Su nombre) y Él no permitiría que tal cosa sucediera. Él es muy celoso de Su honor y no podría permitir que un pecador dijera algo como eso.
Pero, ¡ah, pobre alma! No basta con que pienses así, que no vas a perder
nada si vienes; hay todavía un pensamiento más: ¿amas la elección
el día de hoy? ¿Estás dispuesto a admitir su justicia? Dices: “siento que
estoy perdido; lo merezco; si mi hermano es salvo yo no puedo murmurar
al respecto. Si Dios me destruye, lo merezco; pero si Él salva a la persona
que está sentada junto a mí, Él tiene todo el derecho de hacer lo que le
plazca con lo suyo, y yo no he perdido nada por eso.” ¿Puedes decir eso
con toda honestidad desde lo profundo de tu corazón? Si es así, entonces
la doctrina de la elección ha tenido su efecto correcto en tu espíritu, y tú
no estás lejos del reino de Dios. Estás siendo traído donde debes estar,
donde el Espíritu quiere que estés; y siendo esto así el día de hoy, puedes
irte en paz; Dios ha perdonado tus pecados.
No sentirías así si no hubieras sido perdonado; no sentirías así si el
Espíritu de Dios no estuviera haciendo Su obra en ti. Entonces, regocíjate
en esto. Deja que tu esperanza descanse en la cruz de Cristo. No pienses
en la elección, sino en Jesucristo. Descansa en Jesús: Jesús al inicio.
Fuente: sermonesbiblicos.com