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Para algunos, la palabra familia trae pensamientos de rechazo, desencanto, abandono, dolor o abuso; una lluvia de emociones negativas. Para algunos es un álbum familiar lleno de recuerdos alegres y rostros sonrientes de la niñez; un padre, una madre y los hermanos, al igual que los tíos, tías y primos, disfrutando tiempos especiales juntos.
Para otros, la palabra familia trae pensamientos de rechazo, desencanto, abandono, dolor o abuso; una lluvia de emociones negativas. Pero ya sea bueno, malo o indiferente, tu familia es posiblemente la principal influencia que moldea el tipo de persona que tú eres.
Nosotros encontramos uno de nuestros mayores gozos en las relaciones familiares. En tiempo de dolor o pérdida, su apoyo amoroso provee fuerza y consuelo. Pero, trae consigo, una de las pruebas más profundas que podamos experimentar en cuanto a crisis con nuestros familiares, o en cuanto a conflictos dentro de la familia.
El trato de Dios con la humanidad parece estar siempre dentro del contexto de la familia. Él envió a Jesús a la tierra para convertirse en uno de nosotros y experimentar el sufrimiento, para que nosotros pudiéramos tener la oportunidad de reconciliarnos con nuestro Padre Celestial.
“Pues en cuanto Él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (He.2:18).
Aprendiendo a confiar en Dios
“Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo, y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo soy el Señor tu Dios…” (Is.43:2-3)“-Señor, estaré agradecida por lo que me des, pero me encantaría tener una niña– oró Myrna mientras esperaba el nacimiento de su segundo hijo.
A medida que continuaba orando a través del embarazo, ella sintió un día que Dios le habló: “Este bebé será una respuesta a tu oración”. Ella interpretó que tendría una hija saludable, justo como lo había deseado. No tenía idea del sufrimiento que le esperaba.
Melinda nació con un peso normal y buen color, y no hubo dificultades en el parto. Pero Myrna y su esposo Charles, vieron a su hermosa y pequeña bebé por poco tiempo, luego los dejaron esperando en el salón de parto durante seis horas. Cuando Myrna le pidió a las enfermeras que le trajeran el bebé, recibió respuestas evasivas que la dejaron dudando en cuanto a lo que había sucedido.
Al fin un médico entró y le explicó que veinte minutos después del parto, Melinda había dejado de respirar. Una enfermera, de casualidad, notó que el bebé se estaba tornando azul y tomó acción inmediata para hacerla volver a respirar de nuevo.
Debido a que el bebé había tenido una convulsión, ellos supieron que había ocurrido algún grado de daño cerebral durante aquellos pocos segundos y tendría que quedarse en cuidados intensivos para observación y tratamiento.
Myrna apenas podía creer que el médico se estaba refiriendo a su bebé, que se había visto tan normal y saludable al nacer. Ella y Charles comenzaron de inmediato a clamar a Dios por la sanidad de su bebé. Después de dos semanas, el médico le dio el alta a Melinda con el siguiente diagnóstico: Caso leve de parálisis cerebral con tendencia epiléptica.
Myrna nos contó que una enfermera vino a enseñarle cómo administrar el medicamento bajo un horario muy estricto para prevenir que Melinda tuviera más convulsiones. Con temor de que fuera a dejar de respirar de nuevo, Myrna quedó despierta las primeras dos noches para vigilarla, y no podía hablar con nadie sin dejar de llorar.
La tercera noche Charles finalmente dijo: “Querida, tendremos simplemente que confiar en Dios para el cuidado de Melinda”. La oración se convirtió en el centro de su vida, mientras se volvía hacia Dios para que le ayudara a cuidar a su bebé.
Por causa de que su lado izquierdo fue afectado por el daño cerebral, Melinda necesitaba aparatos en los pies para aprender a caminar. En respuesta a la oración, Myrna encontró una institución preescolar judía para niños minusválidos. A la edad de tres años, Melinda estaba caminando. Entonces vino el reto de en qué colegio matricularla.
Tuvo que ser examinada minuciosamente antes de ser aceptada en la escuela pública. Sus padres oraron para que pudiera pasar los exámenes y ella pudo aprobar cada uno de ellos.
Melinda tiene ahora doce años. Está en séptimo año y nunca ha tenido que repetir un grado. Cuando su mamá le dice que ella siempre tiene la opción de asistir a una educación especial para hacerle las cosas más fáciles, ella dice: “No mami, yo deseo tratar un poco más”.
Reflexionando en su caminar con el Señor, Myrna se dio cuenta que estos difíciles años han fortalecido en gran manera su vida de oración y aumentado su fe. “Cuando yo acepté al Señor antes de casarme, recuerdo haberle pedido al Señor que me hiciera una mujer de gran fe nos dijo. No tenía idea lo que sería necesario sufrir para que esa oración fuese contestada. Deseo gritar desde los terrados, dándole gracias al Señor, por todo lo que Él ha hecho”.