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Noviazgo con no cristianos. Parte II

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Ingrid San Martin
Escrito por Ingrid San Martin

II.SI DECIDES SALIR CON ÉL O ELLA

Si has tomado la decisión de salir (vuelvo a insistir, no de comprometerte o casarTe, lo cual, creo que es contrario a aquello que nos enseña la Biblia) o ya estás saliendo con una persona no cristiana, es muy importante que tengas en cuenta algunos aspectos básicos que me gustaría comentar contigo de forma más extensa.

A.La importancia de contrapesos que equilibren tu relación sentimental

Durante la etapa del enamoramiento se produce, con demasiada frecuencia, una pérdida de la objetividad por parte de la persona enamorada. El enamoramiento ha sido definido como una respuesta emocional a la imagen que nos hemos creado de la otra persona. El enamorado, por decirlo de otra manera, no ve la realidad, ve más bien aquello que desea ver. El enamorado proyecta sobre su pareja una imagen irreal, mezcla de sus deseos, ilusiones y esperanzas y, consecuentemente, se relaciona con la misma y no siempre con la realidad.

El enamorado no ve, o más bien, no desea ver, la realidad. Los defectos, las primeras y claras evidencias de que el amado o la amada no son como ellos creían son reprimidos, justificadas y sublimadas. Con una ilusión, en ocasiones rayana en lo infantil, la persona enamorada desea creerse que todos los posibles problemas se arreglarán como en un mágico cuento de hadas. De nuevo, es preciso afirmar que el enamorado no ve la realidad, tan sólo, en muchas ocasiones ve aquello que su ilusión, su esperanza, sus sentimientos desean ver.

No es una barbaridad afirmar que durante el enamoramiento se produce una pérdida notable de la capacidad de ser objetivo. Se da el caso, de que en una determinada relación, todas las personas que la rodean, pero no están involucradas emocionalmente, son capaces de ver y valorar cosas, situaciones, conductas, actitudes, que los novios no son capaces de ver, o no desean ver. Rara vez los consejos, advertencias, avisos y valoraciones externas sirven para algo, especialmente si uno de los enamorados cierra sus ojos ante la realidad y se empeña en ver aquello que desea ver.

Otro de los aspectos que hacen necesario el tener unos buenos contrapesos que equilibren nuestra relación sentimental es la vinculación emocional que se produce con aquella persona que estamos saliendo. Mi experiencia pastoral me ha permitido observar que, con gran frecuencia, la persona cristiana es consciente de su auténtica situación. No es extraño que se llegue a un punto en la relación en que el creyente reconozca que las cosas no van bien, que la persona con la que está saliendo no manifiesta ningún interés por el evangelio, o incluso, es abiertamente contraria. El cristiano puede llegar al punto de ser consciente que aquella relación, de continuar, tendrá serias implicaciones para su relación personal con el Señor, sin embargo, la vinculación emocional se ha hecho tan grande, que hace doloroso el mero hecho de pensar en romper la misma.

Llegados a este punto, el creyente puede entrar en una auténtica batalla emocional. Por un lado, será consciente de aquello que Dios espera de Él, una conciencia, que con frecuencia va en aumento. Por otra parte, su vinculación emocional y afectiva le producirá un gran dolor al pensar y plantearse la posibilidad o necesidad de una ruptura. Situaciones de este tipo se resuelven de maneras muy variadas. En ocasiones, el cristiano romperá su relación con Dios, de esa manera, pretenderá acallar la voz del Espíritu Santo que redarguye su corazón. Otras veces, el creyente romperá la relación emocional, no sin un profundo dolor y sentimiento de pérdida.

Creo que la vinculación más peligrosa que se puede establecer entre una persona cristiana y una que no lo es, es aquella vinculación que está basada en el sexo. Si la pareja tiene relaciones sexuales, sea con coito incluido, o sin él, la fuerza de la atracción sexual hará mucho más difícil, si no imposible, el romper dicha relación. Acostumbra a pasar que las parejas que han incluido el sexo en su relación previa al matrimonio, vean como éste desplaza el resto de las áreas que deben desarrollar como futuro matrimonio. La comunicación emocional, intelectual y espiritual, mucho más costosas y laboriosas en su desarrollo y construcción, quedan totalmente desplazadas por el vínculo sexual, mucho más gratificante, fácil de practicar y fácil de enmascarar como un intercambio emocional.

Aquellos creyentes que estén saliendo con una persona no cristiana y tengan relaciones sexuales, bien sea por propia iniciativa, o por ceder a las presiones de la otra persona, entran en una dinámica peligrosa. Esta, no solamente les causará dolor y efectos emocionales, sino que, además, hará mucho más difícil la ruptura de la relación, incluso, aunque el cristiano haya llegado a una clara comprensión de la necesidad de hacerlo. El sexo es una trampa que atrapa en sus redes.

B.Tres contrapesos básicos

Quisiera en este apartado poder compartir con el lector los que considero deberían ser tres contrapesos básicos a desarrollar cuando se tiene una relación con una persona no cristiana.

El primero de ellos sería tener los límites claros. Al decir los límites me refiero a tener decidido si el matrimonio con una persona no cristiana es una opción válida o no para el creyente. Ya hemos hablado lo que la Biblia enseña al respecto, ahora bien, cada persona ha de decidir si va a vivir bajo el consejo de la Palabra de Dios. Todo creyente ha de tener claramente establecido si la fe cristiana es una cualidad no negociable a la hora de plantearse la relación con una persona de cara a un posible matrimonio.

Además, los límites han de establecerse en frío, es una decisión que debe tomarse antes de comenzar ningún tipo de relación. Es una decisión que debe estar establecida antes de que el enamoramiento empañe nuestra capacidad para tomar decisiones sabias y equilibradas.

Si para nosotros es un aspecto no negociable que nuestro futuro cónyuge sea creyente, debemos verbalizar claramente nuestros límites y expectativas a la persona con la que pretendemos establecer una relación. Esta, tiene el derecho y la necesidad de entender cuál es nuestra perspectiva de la vida y cuáles son las exigencias que esperamos de alguien con quien deseamos plantearnos un proyecto de vida en común.

No debemos engañarnos al respecto, también la persona no creyente tiene sus expectativas, sean estas conscientes o no conscientes, las verbalice o no las verbalice. Sus expectativas están ahí, y serán las que decidan y determinen que nos acepte o no como la persona con la que construir un futuro común.

Desgraciadamente, para muchos creyentes la fe no forma parte de sus no negociables. Su relación personal con Dios es moneda de cambio y puede ser sacrificada por un muchacho inteligente, una muchacha hermosa o una persona que realmente satisfaga sus necesidades emocionales.

Existen jóvenes que nunca se plantearían un proyecto de vida en común con alguno de distinto color de piel, alguien que estuviera imposibilitado físicamente, o alguien que no tuviera su nivel social. De entrada, son opciones descartadas que ni siquiera se plantean. Ahora bien, están abiertos a un proyecto de vida en común con alguien no cristiano, la fe no es para ellos un requisito sine qua non, dicho en castellano llano y claro, no es una cláusula indispensable del contrato. El lugar que la fe ocupe en el perfil del tipo de persona que busquemos dice mucho de la importancia que ocupa en nuestras propia vida y experiencia.

Si el creyente tiene claramente establecidos sus límites antes de comenzar una relación y los ha anunciado con claridad a la persona no cristiana, puede ahorrarse muchos problemas futuros y hacer más fácil la ruptura si esta fuera necesaria.

El segundo contrapeso es tener una estructura de dependencia mutua. En el idioma inglés existe una palabra que expresa esta idea con más claridad, se trata de la palabra accountability. La idea que quiero expresar es que toda persona que se arriesgue a comenzar a salir con un no creyente necesita tener cerca una persona o personas que puedan actuar de contrapeso en su vida.

Se trata de alguien a quien nosotros, libremente, damos autoridad para supervisar nuestra vida. Esta autoridad llevará a dicha persona a hacernos las preguntas difíciles, darnos la perspectiva correcta en los momentos en que hemos perdido la objetividad, indicarnos cómo ve las cosas desde el exterior y sin la vinculación emocional que nosotros podemos llegar a tener al salir con alguien no cristiano.

Necesitamos alguien que tenga el valor y la autoridad delegada por nuestra parte para confrontarnos con la verdad y la realidad. Sin duda, no es una tarea fácil para aquella persona que debe hacerlo, tampoco lo será para nosotros el vernos confrontados con una realidad que, en muchas ocasiones, no nos gustará ni nos hará sentir cómodos.

Sin embargo, esta persona puede ser de una ayuda increíble para nosotros. Será el contrapeso que nuestra relación necesitará. En muchas ocasiones, será la única vinculación con el mundo real, la única luz que nos marque la dirección correcta en el marasmo y la niebla que producen las emociones descontroladas. Creo honestamente que la persona que ya se encuentra en medio de una relación con otra persona no cristiana, o aquella que está pensando entablarla y carecen de este tipo de ayuda, se encuentran en un serio peligro.

Finalmente, el último de los contrapesos sería tener una fuerte relación personal con el Señor. Siempre, en todo momento de nuestras vidas es preciso mantener este tipo de relación con el Padre. La relación con el Dios nos permite discernir su voluntad, analizar nuestra vida a la luz de su Palabra y sus mandamientos, entender la manera en que debemos orientar nuestra vida cotidiana. De la misma manera, cuando estamos expuestos a la presencia del Señor, el Espíritu Santo nos muestra el pecado en nuestra vida y nos lleva al arrepentimiento y el cambio.

Cuando pretendemos una relación con alguien no cristiano o ya estamos inmersos en la misma, la relación con el Señor se hace mucho más vital y necesaria si cabe. Si mantenemos una fuerte y constante comunión con Él tendremos acceso a comprender la dirección de nuestra relación y los pasos que debemos de dar. El Señor nos dará claridad acerca de qué pasos y decisiones debemos tomar.

Desgraciadamente, la realidad pastoral me enseña que en muchas ocasiones, los jóvenes que están saliendo con personas no cristianas tienden a romper su relación personal con Dios y alejarse de Él. Con frecuencia, esto sucede cuando el creyente recibe de parte del Señor impresiones con respecto a la necesidad de romper dicha relación. Entonces, tal y como anteriormente mencionamos, se produce una lucha emocional entre el amor hacia la persona y el sentido de culpa y de desobediencia hacia el Señor. Muchos creyentes, desgraciadamente, resuelven el problema apartándose de Dios, de esta manera reducen su sentido de culpa y su malestar ante la desobediencia. Esto ocurre especialmente cuando el creyente consciente o inconscientemente ha decidido que no romperá dicha relación y la continuará adelante.

III.CUANDO ES NECESARIO ROMPER

Romper una relación sentimental siempre es duro, difícil y, en muchas ocasiones, muy doloroso. Ahora bien, todo el dolor que una ruptura pueda llegar a producir es preferible a las consecuencias que puede tener en el futuro una relación matrimonial con una persona no cristiana, consecuencias, que en el mejor de los casos tan sólo nos afectarán a nosotros, y en el peor, también a nuestros posibles hijos. Sin duda, la ruptura será más difícil y costosa cuanto más grande sea la involucración emocional entre ambas personas.

Ya hemos mencionado que la relación personal con Dios no está al mismo nivel que un pasatiempo, un gusto determinado o una opción musical. No se trata de que a una persona le gusta el fútbol y a la otra no. No es una cuestión de que a mí me gusta el rock y a ti la ópera alemana, especialmente, Wagner. No estamos hablando de diferencias y disparidades con las que se puede convivir perfectamente, al fin y al cabo, los cónyuges no han de ser clones, han de tener su propia personalidad.

Estamos hablando de la relación personal con el Señor. Algo que es vital y esencial en la vida de un creyente. Estamos hablando de nuestra columna vertebral ideológica y vital. La columna alrededor de la cual se articulan nuestras creencias, valores, prioridades, expectativas y se conforma todo nuestro estilo de vida. No nos engañemos, no nos dejemos engañar, no es una cuestión de simples preferencias personales o diferentes puntos de vista.

A menudo el cristiano se ilusiona y mantiene viva la esperanza de que tarde o temprano la otra persona cambiará. Incluso, puede llegar a espiritualizar su ilusión y afirmar que se ha de tener fe en Dios, su poder y su intervención sobrenatural en la vida de las personas. Naturalmente, todo lo anterior es cierto, muy cierto, ahora bien, no debe confundirse la confianza en Dios con la ilusión y la sublimación de nuestras expectativas.

¿Puede Dios cambiar la vida de la persona no cristiana? Naturalmente, Dios puede cambiar la vida de cualquier persona que… desee ser cambiada y no tenga un corazón endurecido y rebelde. Nadie puede ser salvado contra su voluntad. Dios invita, no fuerza. Dios llama, no empuja. Entonces ¿Cuándo debemos tener esperanzas fundadas?

Cuando llevo a cabo mi trabajo pastoral con creyentes que han establecido relaciones sentimentales con no creyentes, siempre les doy el mismo consejo. Cuanto antes, deben invitar a la persona con la que están saliendo a estudiar la Palabra de Dios. Esto puede hacerse ellos mismos juntos, con otra gente, en un pequeño grupo, o como sea. La forma no es el punto clave. El punto clave es la disponibilidad de la persona no creyente a exponerse a la Palabra de Dios.

La respuesta a esta invitación es un indicador muy claro de lo que el creyente puede esperar de la otra persona. No podemos forzar al no cristiano a la conversión. Si Dios no lo hace, no somos nosotros nadie para hacerlo. Ahora bien, creo que tenemos el derecho a esperar del no creyente un interés genuino y un deseo de entender y conocer algo que es de tremenda importancia para nosotros.

Por amor, la persona no cristiana debería de estar dispuesta a hacer el esfuerzo de tratar de entender y tratar de valorar una dimensión de nuestras vidas vital, clave y sobre la que se articula todo nuestro proyecto vital. Negarse a hacerlo es una clara evidencia de varias cosas. Un desinterés cierto por aquello vital e importante para nosotros. Una actitud cerrada hacia Dios, que no necesariamente cambiará en el futuro ¿Por qué habría de cambiar?. Una evidencia del lugar que las cosas espirituales ocupan en su vida. Una insensibilidad por querer conocernos tal y como somos. Una cerrazón a una comunión integral en ese posible proyecto común.

Sería como si nuestro novio/a nos dijera: Mira, no me hables de tu familia, me tiene totalmente sin cuidado. No quiero saber nada ni de tus padres, ni tus hermanos. Para mí, es como si no existieran. Tú puedes relacionarte con ellos. Visítalos tantas veces como desees. Ahora bien, a mí no me inmiscuyas. ¿Cómo te suena? Violento ¿Verdad? Naturalmente, porque semejante rechazo implica un rechazo de quién tú eres. Es cierto que la familia debe ocupar su lugar y no inmiscuirse en la relación de la pareja, pero aquí estamos hablando de un rechazo hacia nosotros mismos. Nosotros no podemos ser entendidos sin una valoración de nuestros orígenes, especialmente si nuestras familias son positivas, edificantes y de apoyo para nosotros.

Resumiendo, si la persona no cristiana rechaza el estudio de la Palabra, está enviando una señal muy clara que debería llevar al creyente a una seria reflexión sobre la conveniencia de continuar adelante una relación con dicha persona. El hacerlo, traerá como consecuencia una mayor vinculación emocional. Esto, implicará o más dolor si la ruptura se ve necesaria en el futuro, o bien, una incapacidad de tomar las decisiones necesarias debido a la fuerte dependencia emocional establecida con la otra persona.

Muchos cristianos se cierran a la interpretación de esta señal clave. La ilusión les hace apartar la vista e imaginar un futuro sobre el cual no tienen ningún tipo de evidencia, eso sí, negando todas las evidencias que señalan en la dirección contraria. Es posible argumentar que algunas personas han cambado, de una actitud negativa al principio han pasado, incluso, al conocimiento personal del Señor. Naturalmente, eso es posible y cierto. Pero eso no debe empañar la realidad de que hablamos de casos minoritarios y que continuar adelante implica unos serios riesgos que el creyente debe de considerar y sobre los cuales no debe engañarse. Me parece bien mirar los ejemplos positivos, ahora bien, no debe hacerse a costa de taparse los ojos ante los negativos y dañinos.

A pesar de todo puede llegar un momento en que la ruptura sea vista por el creyente como algo necesario. Si esto sucede, hay dos puntos que deberían ser considerados.

A.La disponibilidad a pagar el precio

La vida cristiana tiene un precio. No debemos confundir una salvación gratuita con una vida cristiana fácil. La historia bíblica y la de la iglesia está llena de ejemplos de personas que tuvieron que pagar un amplio precio por su fe en el Señor. Incluso hoy en día, en muchos países, la conversión implica un desarraigo social que incluye el rechazo del nuevo creyente por parte de su familia y amigos.

El discipulado tiene un costo, y éste, es diferente para cada persona. Para algunos creyentes puede ser la ruptura de una relación que no es correcta a los ojos del Señor. El hacerlo implicará dolor, pero también crecimiento y maduración. Dios irá formando el carácter de su Hijo en nuestras vidas (Romanos 8:28-29). Lo contrario, indefectiblemente minará nuestra relación con Dios y puede traer consecuencias negativas en el futuro.

B.Una cuestión de fe y confianza

Una de las razones que impide a muchas personas cristianas romper una determinada relación, incluso cuando lo ven necesario y se dan cuenta de los peligros y consecuencias, es el miedo a la soledad, un miedo que se acrecienta con la edad. Se trata del temor a que no seamos capaces de encontrar otra persona. Este miedo hace que colocadas en la balanza las ventajas y las desventajas, ésta se incline hacia las desventajas, que quedarían compensadas por la compañía del alguien en nuestras vidas. Hemos de reconocer, desde el punto de vista pastoral, que se trata de un argumento de peso y comprensible humanamente.

Es aquí precisamente donde entraría el aspecto de la fe, es decir, de la confianza en el Señor. Creemos que Dios tiene un plan para la vida de cada persona y que su plan siempre es el mejor. Evidentemente, nunca tenemos una total comprensión del mismo, y pocas veces de rasgos significativos del mismo. Lo cierto es que Dios nos da cada día lo suficiente para dar un paso más y seguir confiando en Él. Es por eso que la vida cotidiana es una ejercicio de fe y, tal y como afirmaba Pablo, “por fe andamos, no por vista”

Si la ruptura se ve como necesaria es preciso confiar en que es la mejor opción del Señor para nuestras vidas. Que por medio de la misma nos está protegiendo de posibles males mayores y una probable infelicidad futura y que Él, conforme a su voluntad puede, si así lo desea, proveernos de la persona más adecuada para nuestras vidas. Pero como todo en esta vida es una cuestión de decisiones y la vida cristiana no puede ser comprendida sin la confianza en Dios y ésta, necesariamente, implica tomar riesgos que nos colocan en posiciones de vulnerabilidad.

Quiera el Señor que estas palabras puedan servir para echar un poco de luz sobre la situación de muchos muchachos y muchachas de nuestras iglesias que están inmersos en relaciones con personas no cristianas. Quiera así mismo el Señor que de esta manera puedan tomar las decisiones más sabias, correctas y acordes con la Palabra y la voluntad de Dios, las cuales, serán sin duda las que les proporcionarán mayor felicidad.

IV.UNA NOTA FINAL

Escribo este último punto cuando mi artículo ya estaba terminado. Lo hago animado y motivado por los consejos de buenos amigos y compañeros de ministerio, los cuales, con sus comentarios me han hecho ver la necesidad de tratar un tema muy importante.

Si recomendamos que es mejor no entablar relaciones con vistas a un futuro proyecto vital con personas no cristianas ¿Qué alternativa queda? Especialmente, para aquellas o aquellos que tienen un número limitado de opciones dentro de su comunidad o iglesia local. Buena pregunta y serio problema.

Desde una perspectiva pastoral debemos de dar respuesta a esa necesidad. Creo que no es honrado el cerrar puertas a las personas y no preocuparnos por dar alternativas creativas. Sin embargo, estas alternativas son muy limitadas, tan limitadas, que tal vez sólo existe una opción, fomentar de manera premeditada el compañerismo cristiano más allá de los límites de nuestra iglesia local.

Los pastores hemos de tener la suficiente visión y sabiduría para darnos cuenta que fomentar el compañerismo intereclesial e interdenominacional se vuelve, en estos casos, una tremenda necesidad y, tal vez, la única opción que impida que muchos chicos y chicas busquen una salida a sus necesidades emocionales fuera del contexto de la comunidad de la fe.

Desde tiempo inmemorial, los campamentos han sido una oportunidad para que muchachas y muchachos cristianos de diferentes trasfondos y contextos pudieran ponerse en contacto y cultivar amistades genuinas. Los campamentos y otras actividades de este tipo cumplen una importante función social que no hemos de menospreciar y, contrariamente, si haríamos bien en fomentar. Por medio de ellos, jóvenes de ambos sexos que tienen la necesidad legítima de encontrar una pareja, pueden contactar, llegar a conocerse y, eventualmente, si Dios prospera, salir juntos.

Yo conocí a la que hoy es mi esposa en un campamento interdenominacional. Nacido y educado en una pequeña iglesia local, mis posibilidades de encontrar pareja eran más que limitadas. De no haberme involucrado, desde bien joven, en actividades que superaban los límites de mi iglesia y denominación habría tenido que buscar una salida para mis necesidades emocionales fuera de la iglesia. Dios proveyó por medio de este tipo de actividades.

En ocasiones, los líderes cerramos la posibilidad de que los jóvenes de nuestras iglesias se relacionen con jóvenes de otras iglesias, incluso, aunque sean de nuestra propia denominación. El miedo a que puedan abandonar nuestra congregación e irse a otra nos lleva a este tipo de actitudes. Sin embargo, tal vez no somos conscientes del peligro que esto puede implicar en algunos casos, ya que al cerrar las puertas al compañerismo sano y genuino con otros creyentes, podemos empujar a muchachos y muchachas a buscar en la sociedad no cristiana la respuesta a sus necesidades.

Mi propuesta es que los pastores seamos conscientes de esta necesidad y fomentemos que nuestros jóvenes tengan la oportunidad de estar expuestos a otros jóvenes, aunque no sean de nuestro contexto o denominación. Animarlos a hacerlo, sabiendo y siendo conscientes de que de esta manera estaremos favoreciendo y previniendo la posibilidad de que se vean forzados a relaciones fuera de la iglesia.

Del mismo modo, hemos de ver como total y absolutamente genuino el que muchachos y muchachas asistan a campamentos y actividades motivados, no únicamente por un mayor conocimiento de la Biblia, sino también por un mayor conocimiento de personas del sexo contrario. Al fin y al cabo, ¿no fue Dios quien afirmó que no era bueno que el hombre estuviera solo?

Fuente: www.especialidadesjuveniles.com

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Ingrid San Martin

Ingrid San Martin

Editora general de la red PoderyGloria.


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