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Noviazgo con no cristianos. Parte I

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Ingrid San Martin
Escrito por Ingrid San Martin

Hay ciertos temas de pastoral juvenil que necesitan ser tratados a pesar de que resulte incómodo, difícil o incluso comprometido hacerlo. Hemos de llevarlo a cabo porque están ahí, porque son realidades que, tanto si nos gustan, como si no, las tenemos de pleno en nuestras comunidades y las seguiremos teniendo siempre. No hablar de estos temas y no dar una orientación pastoral no va a resolverlos ni hará que dejen de existir, pero si provocará que muchos jóvenes no puedan recibir una luz de orientación en medio de su situación y, tal vez, con la ayuda del Señor encontrar la sabiduría y el coraje para tomar las decisiones adecuadas.

Tal vez, llegados a este punto es preciso que establezca claramente cuál es mi posición doctrinal con respecto al tema. Creo que la Escritura es tajante y meridianamente clara con relación al tema de los matrimonios mixtos, es decir, entre un creyente y una persona no creyente. En 2 Corintios 6: 14, el apóstol Pablo indica: “no os unáis en yugo desigual con los no creyentes” Es cierto, que este pasaje no se refiere de forma específica al matrimonio, sin embargo, no es menos cierto que también se puede incluir el matrimonio en este tipo de relaciones no recomendadas por el apóstol y, así ha sido tradicionalmente interpretado por la iglesia cristiana a través de los siglos.

Si el versículo antes mencionado lo leemos a la luz de otra declaración paulina, en este caso la que hallamos en 1 Corintios 7:39, las cosas quedan mucho más claras. Aquí, el pasaje dice: “Durante la vida de su marido, la mujer está ligada a él; pero si el marido muere, la mujer queda libre para casarse con quien le plazca, siempre que se trate de un matrimonio cristiano” (N.T.I.)

Así ha sido siempre la creencia y, en general, la práctica cristiana, casarse en el Señor, es decir, el matrimonio entre personas que tienen una misma fe, que tienen una relación personal con Jesús y lo aceptan como Señor y Salvador.

Hasta aquí, la unanimidad de la cristiandad es prácticamente total, sin embargo, a partir de este punto comienzan las discrepancias entre los creyentes. Algunos consideran que la recomendación de la Biblia incluye, no sólo el matrimonio, sino todo tipo de relación con personas no cristianas. Por tanto, siguiendo esta postura, la amistad o el explorar la existencia de posibilidades de matrimonio con personas que no pertenezcan a la fe estaría totalmente vedada.

Otros, tienen una aproximación diferente al asunto, consideran que la posibilidad de explorar un posible proyecto común con personas no creyentes sería factible, aunque éste, no podría llevarse a término si la persona no creyente no diera un paso definitivo hacia la fe en Cristo.

Debido a que pueden producirse malentendidos a la hora de leer este artículo, desearía definir los términos que voy a usar a lo largo del mismo. En mi modesta opinión existen tres etapas diferentes: amistad/salir juntos, noviazgo y matrimonio. Es importante definir qué entiendo por cada uno de ellos debido al hecho que la terminología puede variar de un país a otro a pesar de que hablemos la misma lengua.

El matrimonio es tal vez, el más fácil de definir. Se trata de la unión, de por vida, ante Dios y las autoridades civiles de dos personas de distinto sexo. El noviazgo, aunque pueda ser usado de forma diferente en otros lugares, lo describiré como una relación entre dos personas que ya han tomado la decisión de casarse, formar un hogar y desarrollar un proyecto de vida en común.

La amistad/salir juntos, lo quiero definir como ese periodo en que dos personas se conocen y van discerniendo la posibilidad de poder desarrollar un proyecto de vida en común. Durante este periodo, un muchacho y una muchacha van conociendo más en profundidad el carácter, la personalidad, los valores, las prioridades, las metas en la vida del otro y, será este conocimiento el que ha de llevarles a la decisión de la posibilidad o imposibilidad de poder desarrollar ese proyecto común que se llama matrimonio. Hay ocasiones en que el salir juntos desembocará en una ruptura ya que, uno de los dos, será consciente de que un proyecto de este tipo no le conviene o no le satisfaría. En otras ocasiones, el resultado final será el matrimonio, ya que se llegará a conclusiones diferentes a las antes mencionadas.

En mi opinión creo que es legítimo para una persona cristiana tener amistad o salir con personas no cristianas. Sin embargo, considero que el noviazgo y el matrimonio no deberían de estar incluidos en los planes del creyente.

Ahora bien, nada más lejos de mi intención que el entrar en polémica con aquellos hermanos que piensan de forma contraria a la mía y consideran, por tanto, que el creyente no debería ni tan sólo plantearse relaciones de amistad, sea con personas del mismo sexo o del sexo contrario, si estas no pertenecen al ámbito de la fe. Respeto profundamente dicha opinión y considero que estos hermanos tienen el derecho y el deber de vivir conforme a los dictados de su conciencia, sin embargo, creo que merezco el mismo derecho para mi opinión, la cual también considero basada en la honesta comprensión de las Escrituras.

Quisiera finalizar esta introducción volviendo a reafirmar el carácter pastoral de este artículo. No pretendo animar a nadie a salir con una persona no cristiana, es una opción peligrosa como después veremos. Tampoco pretendo justificar a aquellos que han decidido hacerlo. Deseo dar una perspectiva pastoral sobre una realidad que está ahí y no es posible obviar.

I.LOS INCONVENIENTES DE LAS RELACIONES CON PERSONAS NO CRISTIANAS

Mi dilatada experiencia pastoral entre jóvenes me ha permitido poder observar y, también verme involucrado pastoralmente, en muchas relaciones entre muchachos y muchachas creyentes y sus parejas no creyentes. Si he de ser honesto y no faltar a la verdad, he de afirmar que por una de estas relaciones que ha acabado bien, han habido una gran cantidad que han acabado con el total alejamiento de la persona creyente del círculo de la fe y la comunión con los hermanos.

También he de afirmar que todos aquellos que acabaron tan tristemente estaban seguros y convencidos de que a ellos no les iba a suceder, de ninguna de las maneras, una situación de ese tipo. Sin embargo, son muchos los factores involucrados en una relación entre creyentes y no creyentes y, en muchas ocasiones, tienen un efecto sobre la vida del cristiano que éste, no puede predecir ni controlar. Veamos algunos de ellos.

A.Una perspectiva de la vida diferente

En el pasaje antes mencionado Pablo afirma “¿tienen algo en común la luz con las tinieblas?” Los creyentes somos repetidamente llamados en la Biblia hijos de la luz, del mismo modo, los no creyentes son denominados como hijos de las tinieblas, personas, que ellas mismas, viven en tinieblas. El contraste no puede ser más evidente, y esa evidencia se pone de manifiesto de una manera más clara en formas diferentes, cuando no contradictorias de ver y entender la vida.

Hace unos años, la cultura judeocristiana era la base que proporcionaba la perspectiva básica de la vida de nuestros países. Por tanto, muchos de nuestros conciudadanos, a pesar de no ser personas nacidas de nuevo, estaban de acuerdo con muchos de nuestros valores y nuestra cosmovisión. Sin embargo, esto está cambiando de forma drástica y alarmante. Cada vez más, el consenso cultural que proveía el cristianismo está siendo puesto en duda y, en muchas ocasiones, abiertamente atacado, cuestionado y rechazado. Como consecuencia, cada vez hay una distancia mayor entre la forma de ver y entender la vida de cristianos y no cristianos.

De esta manera, salir con una persona no cristiana significa salir con alguien, que con un alto grado de probabilidad, ve la vida de forma diferente de tal y como nosotros la vemos. Los antropólogos afirman que nuestras conductas, la parte más visible de nuestro ser, están directamente marcadas por nuestros valores, y estos, por nuestra perspectiva de la vida o cosmovisión.

Creyentes y no creyentes vemos la vida de una forma muy diferente y no hemos de engañarnos respecto a este punto. Nosotros tenemos una perspectiva eterna de la vida. Creemos que todo no acaba con los pocos o muchos años de existencia que Dios nos conceda. Por eso, vivimos, o deberíamos vivir, el presente a la luz de la eternidad.

Creemos en un Dios personal que por medio de su Palabra nos ha revelado su voluntad y nos pide y, por tanto, espera, que ordenemos nuestra vida personal y, naturalmente, familiar a la luz de su revelación. La perspectiva de una persona no cristiana no está basada en la Palabra de Dios, por lo tanto, tampoco lo estarán sus valores y, finalmente, sus conductas.

Esto es algo mucho más serio de lo que a simple vista pueda parecer. De la misma manera que no es posible mezclar el aceite y el agua, es muy complicado el formar un proyecto de vida en común entre dos personas que tienen perspectivas de la vida diferentes y, en el caso de los no cristianos, abiertamente contrarias a las enseñanzas del Señor.

Un proyecto de vida en común tan sólo podrá llevarse a cabo si uno de los dos renuncia a sus valores y prioridades en beneficio del otro. Desgraciadamente, la experiencia nos demuestra que en la inmensa mayoría de los casos, el cristiano renuncia a los suyos en beneficio de la persona no cristiana.

Durante el noviazgo puede producirse la falsa impresión de que todo marcha bien y de que es posible sobrellevar la situación. En ocasiones, la única discrepancia parece ser la negativa de la persona no cristiana en asistir a la iglesia, pero al margen de este “pequeño detalle” el resto de la relación parece soportable y llevadera.

Pero hemos de ver las cosas con más perspectiva de futuro, ¿sobre la base de qué valores se tomarán las decisiones acerca de qué metas plantearse como matrimonio? ¿Qué valores determinarán la educación de los hijos que la pareja pueda tener? ¿Cómo se decidirán o solucionarán los dilemas éticos que se plantean a lo largo del matrimonio? ¿Cuáles son los valores con los que nuestro futuro cónyuge afronta la vida matrimonial? ¿Qué concepto tiene de la fidelidad, del matrimonio para toda la vida y un largo etcétera de serias preguntas que uno, debe plantearse, antes de casarse, no cuando ya no existe la posibilidad de una vuelta atrás?

En el libro de profeta Amos, en el capítulo 3 versículo 3 se nos plantea una interesante pregunta: “¿Andarán dos juntos, si no estuvieran de acuerdo?” Es imposible el seguir un mismo camino cuando no existe un claro y mutuo acuerdo acerca de lo esencial. Del mismo modo, es muy difícil, por no afirmar de manera rotunda que imposible, el desarrollar un proyecto matrimonial sin haber un claro acuerdo entre los dos cónyuges. Ahora bien ¿Cuál será la base sobre la que se establecerá este acuerdo? La respuesta no es difícil, o se hace sobre la base de la Palabra de Dios, o por el contrario, sobre la de los valores de esta sociedad.

B.Los límites de la relación

Una relación entre una persona cristiana y otra no cristiana nunca puede ser completa. ¿Es mi afirmación temeraria? Honestamente, creo que no. Será del todo imposible el poder compartir toda nuestra dimensión espiritual con una persona, que en el mejor de los casos no la quiere experimentar y, en el peor de los escenarios, niega la realidad misma de su posible existencia o esta opuesta a ella.

Seamos realistas, no podremos compartir aquello que Dios nos está enseñando. Tampoco nuestras dudas, preguntas, inquietudes o necesidades. Todas nuestras experiencias con relación a nuestra amistad con Dios tendrán que ser mantenidas en la intimidad personal, ya que, nuestro posible cónyuge, si es positivo, únicamente nos podrá escuchar paciente y amablemente y, si es negativo, se burlará o considerará totalmente ridícula toda nuestra vivencia espiritual.

Habrá toda una dimensión de nuestra vida que nunca podrá ser compartida y si lo es, no podrá ser entendida y correspondida por la persona con la que estemos viviendo. Además, si nuestra relación personal con el Señor va creciendo y desarrollándose, el abismo irá ensanchándose de forma imparable y la soledad que experimentaremos en esta área lo hará al mismo ritmo.

Otro de los límites que experimentaremos estará relacionado con la imposibilidad de utilizar los recursos de Dios para nuestra vida matrimonial. Nuestra fe cristiana nos proporciona una cantidad de recursos de tremendo valor que facilitan y ayudan a construir una relación matrimonial sana.

Pensemos, por ejemplo, en el perdón. Cuando existe una relación saludable con el Señor es muy difícil el mantener una actitud de enfado, amargura o resentimiento hacia nuestra pareja. El Señor apela de forma repetida a nuestra conciencia acerca de la necesidad de arreglar la situación y hacer algo al respecto. El creyente experimenta que incluso la propia comunicación con el Señor se vuelve difícil e, incluso imposible, cuando no arreglamos nuestros asuntos pendientes. El Espíritu Santo pone convicción de pecado y de la necesidad de dar los pasos necesarios para restaurar la relación rota con nuestra pareja.

Pero todas estas dinámicas espirituales que Dios produce en nuestra vida, no se dan en la vida de la persona no cristiana. Aquella persona que por orgullo se niegue a reconocer ante el Señor su pecado, tendrá serios problemas en la vida matrimonial para reconocer las faltas y dar los pasos para una reconciliación efectiva. Es posible que algún lector pueda pensar que su novio, o novia, todo y no ser cristianos son personas abiertas a pedir perdón. Naturalmente, esto es posible, pero no olvide el lector que he usado el perdón tan sólo como una ilustración.

Existen muchos otros recursos tales como la humildad, el amor incondicional, el servicio, la paz, la paciencia, la fidelidad, etc., que Dios produce en nuestras vidas y pone a nuestro alcance y, que un no cristiano, no podrá experimentar. Mi propia experiencia, tras 22 años de matrimonio, me ha enseñado que toda relación matrimonial, sea uno cristiano, o no, es difícil y complicada. Sin embargo, los recursos que el Señor pone a la disposición de la pareja cristiana son de una increíble ayuda en esa preciosa tarea de construir una relación matrimonial significativa. Uno debe ser consciente de que los mismos, tan sólo podrán ser experimentados y disponibles para uno de los miembros de una unión entre un cristiano y un no creyente.

En este aspecto, hay algo que el creyente debe de tener muy claro, es lo siguiente, ¿Hasta qué punto, el tener una relación personal con Dios es un aspecto no negociable a la hora de plantearme un proyecto de vida en común con otra persona? Si para el creyente, este punto no es un no negociable, entonces carece de todo sentido toda la argumentación que podamos hacer al respecto. Volveremos más adelante sobre este aspecto clave, por el momento, vamos a dar por sentado que se trata de algo que ningún creyente está dispuesto a negociar.

Cuando le expresemos a nuestro novio/a no creyente la importancia de nuestra relación personal con Dios es natural que le cueste o no pueda entenderlo en absoluto. Pablo lo explica del siguiente modo: “el hombre mundano [aquí tiene el sentido de no cristiano] es incapaz de captar lo que procede del Espíritu de Dios; lo considera un absurdo y no alcanza a comprenderlo, porque sólo a la luz del Espíritu pueden ser valoradas estas cosas” (1 Corintios 2:14).

Para una persona que carece de una dimensión espiritual, las cosas del Espíritu carecen de sentido y no puede entender que para nosotros pueda ser algo tan importante. Lo más probable es que esa persona no vea más allá de nuestra asistencia a la iglesia y ciertos hábitos piadosos que tenemos, tales como leer la Biblia y orar. De ningún modo puede entender el significado de tener una relación de amor con Dios y de que Él se involucre en cada aspecto de nuestra vida.

Consecuentemente, no podrá entender el porqué su incredulidad puede ser una razón de tanto peso como para hacer inviable la relación de pareja e incluso llevarnos a una ruptura de la misma. Tal vez hemos de ayudarlo a ver las cosas desde su punto de vista o, dicho de otro modo, en categorías que él o ella puedan entender.

“Te quiero, estoy dispuesta a pasar el resto de mi vida contigo. Eres lo más importante de mi vida y no pueda imaginarla sin ti (que romántico ¿Verdad?). Quiero compartirlo todo contigo, caminar, pasear, salir juntos, fijarnos metas, en fin, todo, todo, menos una pequeña área de mi vida. Cuando era pequeña fui abusada sexualmente, como consecuencia he desarrollado una auténtica aversión hacia todo tipo de relación sexual. Cariño, no tendremos relaciones sexuales, pero eso sí, podremos disfrutar del resto de las áreas de nuestra relación. Estoy segura que no te importará”

¿Cómo reaccionaría nuestra pareja? ¿Estaría dispuesta a una vida de matrimonio sin ningún tipo de contacto sexual? ¿Seguiría pensando que vale la pena una relación de este tipo? Seamos sinceros al respecto, lo más probable es que nos dijera que en esas condiciones no está dispuesto a seguir adelante. ¿Por qué? Sin duda, porque en sus categorías, como también en las nuestras, la relación sexual dentro del matrimonio es una fuente de placer y unión para la pareja. ¿Cómo sería posible vivir con una persona que no quiere o está incapacitada para dicho tipo de relación? Con toda probabilidad ninguno de nosotros, tampoco una persona no cristiana, consideraría completa una relación a la que faltara dicho ingrediente.

Una persona no cristiana puede entender a la perfección lo anteriormente dicho ya que entra dentro de aquellas categorías que puede entender y bajo las cuales funciona. Del mismo modo, hemos de explicarle que para nosotros, como cristianos, la relación con el Señor es tan importante como la sexualidad, la comunicación intelectual o el intercambio afectivo. Esto naturalmente, si es que realmente nuestra relación personal con Dios tiene ese grado de importancia. Tal vez muchos creyentes pueden pensar que renunciar a Dios es más aceptable que renunciar a una buena relación sexual. Cuestión de prioridades.

Lo que he pretendido por medio de este ejemplo es que ayudemos a la persona no cristiana a entender cuán importante es para nosotros el que nuestro futuro cónyuge tenga una relación personal con el Señor, y la única manera de hacerlo es expresándolo en categorías comprensibles para un no cristiano.

Fuente: www.especialidadesjuveniles.com

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Ingrid San Martin

Ingrid San Martin

Editora general de la red PoderyGloria.


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