Liderazgo

¿Cómo puedo ser amigo de mi pastor?

amigos¿Por qué será que muchos pastores —las personas que más respetamos y admiramos— viven vidas solitarias? ¿Y por qué muchos líderes laicos se sienten frustrados en sus intentos de entablar una amistad con su pastor?

Por un lado, existe una tendencia en cada congregación a canonizar al pastor como lo hacen los católicos con aquellos que ya han pasado a mejor vida. Pocas veces discutimos sobre política, o nos quejamos acerca de las escuelas, o le pedimos que arregle nuestra cerca, ni siquiera le contamos nuestros chistes favoritos ya que tenemos la noción de que estos temas (y nuestros intereses) están por debajo de los de él.

Por el otro lado, en muchas congregaciones el pastor es el blanco de todas las críticas. Si el sermón es demasiado largo o si hay demasiado cantos nuevos, si la denominación es demasiado liberal o si no hay suficiente lugar para estacionar los automóviles, el pastor es a quien se le critica.

¿Qué es un amigo?
Todos reconocemos que nuestros pastores necesitan personas que los acepten y los disfruten como ellos son en realidad, sin temor o arrogancia —en otras palabras, como amigos. Y a la mayoría de nosotros nos gustaría ser amigos de nuestro pastor. Pero ¿qué significa exactamente ser un amigo?

En una obra maravillosa titulada Los cuatro amores, C. S. Lewis escribe: «La amistad emerge de la mera compañía cuando dos o más personas descubren que tienen algo en común, un interés o incluso algún gusto que no comparten con otros. Hasta ese momento, cada uno creyó que ese interés (o carga) le pertenecía solo a él.»

Si Lewis está en lo correcto, realmente no hay nada que podamos hacer para convertirnos en amigos cercanos de alguien. O compartiremos un interés común y una visión común del mundo, o no lo haremos. Sin embargo, podemos escoger ser amigos de nuestro pastor.

Durante los últimos siete años he disfrutado de convertirme en un buen amigo de mi pastor. Nuestra relación se ha desarrollado exclusivamente a través de la iglesia; como resultado, me he relacionado con él en forma distinta a como lo he hecho con otras personas. En este tiempo, he desarrollado, inconscientemente, algunas «reglas» a la hora de ser amigo de mi pastor.

Regla #1: Mantenga la confidencialidad

No le cuento a nadie lo que el pastor ha compartido conmigo. A menos que estemos dispuestos a mantener en privado las opiniones expresadas por nuestro pastor, no podemos ser buenos amigos. ¿Por qué? Un amigo es primero que todo alguien con quien podemos hablar. Si nuestros pastores no pueden estar seguros de que mantendremos la confidencialidad, no se sentirán seguros hablando con nosotros.

Mantener la confidencialidad es parte de lo que se refiere Dietrich Bonhoeffer en su clásica obra Vida juntos, cuando habla del «ministerio de preservar la reputación de otra persona». Si ha disfrutado de una conversación privada con su pastor acerca de un determinado tema, usted sabrá más de lo que él desea hacer público. Usted sencillamente no puede usar esa información en conversaciones con otras personas.

Claramente, hay un componente de sacrificio en esto. Paso un tiempo difícil en no compartir con los demás lo que discuto con mi pastor. La mayor parte del tiempo, dicho conocimiento es de cosas cotidianas, que no se diferencian de lo que hablamos con otra persona. Pero dentro de la iglesia, como cualquier otro grupo, la información interna (sin importar que tan trivial sea) es emocionante. Presenta la oportunidad de elevar la imagen de uno ante los ojos de los demás. Dicha imagen, no obstante, es a expensas de la amistad. La única forma que he encontrado para resistir la tentación es obligarme a no hablar ni siquiera de la existencia de muchas conversaciones.

Regla #2: Evite la confrontación pública

Hago todo lo posible para no criticar a mi pastor en frente de otras personas. La habilidad del pastor para funcionar depende más que todo del respeto que infunde en la congregación. Cualquier cosa que haga para disminuir ese respeto afecta la eficacia en su ministerio. Consecuentemente, trato de evitar discutir con él públicamente.

Esto es algo que no siempre he hecho bien. Hace algunos años, en un retiro de líderes, nuestro pastor dirigía una discusión sobre el plan maestro de la iglesia. Yo creía que el plan era incomprensible y de poca utilidad, y así lo dije, en esencia, con un par de preguntas.

¡Qué tonto fui! Después sentí que había abusado de nuestra amistad. Además, no salió nada positivo de mis comentarios. El plan maestro se mantiene hasta el día de hoy, toda la discusión fue olvidada, y la dirección de la iglesia no se vio afectada por mis opiniones.

Al criticar públicamente a mi amigo y pastor —o al menos el trabajo que hacía— rompí mi propia regla: Mis observaciones eran públicas y no privadas. Si no hubiera dicho nada, la discusión simplemente hubiera terminado más temprano y hubiéramos podido pasar más tiempo en un tema más edificante.

Ese lamentable error renovó mi compromiso a la hora de presentar, en forma privada, ideas y preocupaciones, particularmente si pienso que mi pastor se dirige por el camino equivocado. En privado, hay más posibilidad de que cambie su manera de pensar sin que parezca que sucumbe ante la presión.

Si no soy capaz de comunicar mi preocupación cara a cara (el método preferido), entonces escribo una carta. Escribir es una buena disciplina. A veces nos damos cuenta de la brutalidad de nuestras observaciones a medida que las leemos, y luego tenemos la oportunidad para re-pensar lo que estamos diciendo.

Pablo comienza y termina sus cartas más difíciles con promesas del amor de Dios y del suyo hacia el pueblo. Nuestros pastores necesitan la misma promesa de nuestro amor en cualquier momento que ofrecemos consejo.

Regla #3: Haga algo más que tan solo quejarse

En lugar de solo quejarme, intento proponer una solución. Quejarse sin proponer una solución (y sin estar dispuesto a ser parte de ella) es meramente volver mi irritación hacia el pastor. Y eso es injusto.

También debemos esperar un tiempo antes de hacer una crítica. Permitir que pase el tiempo entre el momento en que nos sentimos irritados y el momento de hacer nuestros comentarios puede ser un acto de misericordia.

También trato de sopesar los asuntos espirituales que surgen. Un maestro de escuela dominical que dirige la clase hacia caminos de herejía no tiene justificación; quedarse sin café entre los cultos es un inconveniente. Ya que uno es un asunto espiritual de grandes consecuencias, y el otro no lo es, deben ser manejados de forma distinta. Se pueden ignorar muchos asuntos menores.

El valor de estas reglas surgió cuando mi pastor y yo estábamos en un comité nominacional que buscaba un pastor asociado para nuestra iglesia. Habíamos trabajado por meses y estábamos cansados del proceso.

Una noche, en una conversación privada después de la reunión, el pastor me dijo: «Creo que ya hemos hecho suficiente. Vamos a llamar a Juan» —en ese momento, el candidato más fuerte.

Yo no estuve de acuerdo y le dije: «No, creo que mejor no. Necesitamos esperar y continuar buscando por una persona mayor y con más experiencia.» Entonces mencioné el nombre de una hoja de vida nueva.

Mi pastor conocía al hombre pero no sabía que había solicitado el trabajo. Su respuesta fue: «¡Qué bien! ¡Tenemos que hablar con él!» Como terminan las buenas historias, ese hombre es ahora el pastor asociado de nuestra iglesia.

El punto aquí es que en lugar de simplemente quejarme, propuse otra opción, y yo estaba dispuesto a trabajar en eso. Y cuando hablé, fue en privado sobre un asunto de importancia espiritual. No tengo que ser como una mascota entrenada con el fin de no quejarme. El resultado es generalmente que tengo mayor influencia que si lo hiciera de otra forma. Más importante aún, aparte del trabajo hecho juntos en ese espíritu, la amistad ha crecido.

Regla #4: No busque ser «el mejor amigo»

Esto me lleva a la regla más difícil de todas: darme cuenta de que sencillamente no puedo ser el mejor amigo de mi pastor.

Muchas veces queremos ser el «mejor amigo» de nuestro pastor. Ese deseo se convierte en otra carga para él. Irónicamente, para ser el amigo de nuestro pastor lo primero que debemos hacer es renunciar justamente a ese deseo.

¿Por qué? El pastor no es el dueño de su tiempo ni de su vida. Al contrario, él tiene que tener tiempo por todos aquellos que lo buscan para encontrar guía y ánimo.

Así que si vamos a ser amigos reales de nuestro pastor, tenemos que preocuparnos más por amarlos y servirlos que por los beneficios que podemos obtener de su amistad. Demostramos amor al apoyarlos mientras mantenemos una sana relación y no demandamos demasiado de él. Necesitamos estar dispuestos a acomodar nuestros horarios al de él.

Si honramos la confianza, somos considerados, los animamos, somos fieles en oración, y deseamos el éxito de nuestros pastores, entonces seremos al menos buenos amigos. Si también compartimos una visión en común de la iglesia y podemos ser buenos compañeros, entonces podríamos terminar siendo amigos cercanos. Al hacerlo, su vida y la nuestra serán más ricas.

Traducido y adaptado por Desarrollo Cristiano.

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Ingrid San Martin

Ingrid San Martin

Editora general de la red PoderyGloria.