Finanzas

Como salir de las deudas.

deudasEstábamos en la bancarrota. En realidad, entrábamos y salíamos de ella, mientras que yo hacia todo lo posible para ocultarla de mi esposo.

Hasta lo convencí de que necesitábamos tomar un préstamo personal del banco para continuar pagando el auto, crédito que utilice luego para cubrir los gastos durante algunos meses.

Después del nacimiento de nuestro segundo hijo, determinamos que Dios quería que yo me quedara en casa al cuidado de la familia. Esto redujo nuestros ingresos a la mitad, aunque las facturas no disminuyeron. Pero pensé que había descubierto la manera de manejar la situación haciendo flotar los pagos, es decir, pagando una factura un mes, y dejando el pago de las otras hasta el siguiente, y pagando con tarjetas de crédito. Para mí, los intereses que pagaba valían la pena con tal de no tener que reconocer el desastre.

Entonces quedamos en la estacada: mi esposo perdió su empleo. No teníamos entradas, ni seguro, ni nada, sino sólo más facturas que se acumulaban. Oraba, pero mi clase de oración era por lo general ésta: “Ayúdame, Señor”.

Fue, finalmente, una llamada telefónica la que me deshizo.

—Hola—dijo la voz al otro lado de la línea. —Soy la Sra. González, de su banco. No hemos recibido el pago de su préstamo personal, y ya tiene dos meses de atraso. Si no recibimos algo dentro de una semana, tendremos que hacer arreglos para quitarle su automóvil.

Colgué el teléfono y me desplomé en el piso desanimada, llorando:

—Señor, ¿por qué está sucediendo esto? Tú dijiste que te encargarías de todo si sólo tenía fe.

Pero en lo más profundo de mí, sentí que la voz de Dios me decía:

—¿Qué te prometí yo? ¿En qué parte te lo prometí?

Me levanté del piso, y fui a la concordancia de mi Biblia. Estaba resuelta a encontrar las promesas que sentía que me pertenecían, y en mi búsqueda encontré Deuteronomio 28:12:

“Te abrirá Jehová su buen tesoro, el cielo, para enviar la lluvia a tu tierra en su tiempo, y para bendecir toda obra de tus manos. Y prestarás a muchas naciones, y tú no pedirás prestado”.

No había notado eso antes. Ahora tenía que encontrar la manera de corregir mis errores. Afortunadamente, sabía que Dios me perdonaría si me arrepentía. Desafortunadamente, también sabía que tendría que confesarle a mi esposo todo lo que yo le había estado ocultando.

Después de una larga y acalorada discusión, comenzamos a entender que ambos éramos responsables de la situación. Ambos habíamos hecho gastos imprudentes. Esa noche, decidimos acudir al Señor para hallarle respuesta a nuestra situación económica, y nunca más volver a pedir dinero prestado. Cortamos las tarjetas de crédito.

Después de pasar un tiempo juntos presentando el problema a Dios, finalmente me sentí en paz. El día siguiente llamé y les expliqué nuestra situación a todos nuestros acreedores, y algunos de ellos estuvieron de acuerdo en posponer el cobro durante dos meses, mientras nos las arreglábamos para recuperarnos económicamente.

También dedicamos tiempo para hacer un presupuesto detallado. Dado que no teníamos un ingreso fijo, utilizamos el “método del sobre”, es decir, había un sobre para cada pago que tuviéramos que hacer. También calculé el monto total de los gastos y el porcentaje que le correspondía a cada cosa de ese total.

Mi esposo comenzó su propio negocio de jardinería. También trabajó como maestro suplente cada vez que se le presentaba la oportunidad. Siempre que recibíamos algún dinero, lo dividíamos entre los sobres. Nunca tomábamos dinero de un sobre para pagar lo que le correspondía a otro sobre. Si el sobre de la comida se acababa, entonces nos la arreglábamos con lo que había en la despensa.

Hacer las compras en efectivo, me obligó a mantenerme dentro del presupuesto. Si no tenía suficiente en la cartera, entonces no podía gastarlo. Aprendí cómo hacer una lista de compras y calcular el precio. Los cupones también ayudaron.

Nuestros hijos también aprendieron a usar la lista cuando me acompañaban al ir de compras de la comida. También aprendieron cómo comparar los precios para conseguir las mejores ofertas. Descubrieron que la mantequilla de maní era mantequilla de maní, y que podíamos ahorrar dos dólares comprando otro cereal que no fuera el de marca.

Pero no sólo cambiamos en la manera como veíamos nuestro dinero, sino que también comenzamos a entender lo que significaba ser buenos mayordomos. Siempre recordaba las palabras del amo a su siervo en Mateo 25:21: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor”. Tomé la decisión de que este gozo sería algo que procuraríamos tener siempre.

Al dar una mirada a la casa, por dentro y por fuera, era evidente que no estábamos siendo buenos mayordomos de lo que ya teníamos. ¿Cómo podía yo jamás pensar que Dios me confiaría más cosas? Había llegado el momento de hacer algunos reajustes.

Revisamos toda la casa, cuarto por cuarto. Si no necesitábamos algo o ya no lo queríamos, lo quitábamos. Me deshice de toda la ropa que había estado esperando volver a ponerme algún día. ¡Decidí que si alguna vez volvía a tener la talla de mis días de estudiante, merecía un nuevo vestuario!

Nuestros hijos descubrieron que deshacerse de los juguetes con los que ya no jugaban, les permitía tener más espacio para aquellos que sí querían. Toda la familia tomó la determinación de dar cosas a las personas que nos visitaran, si éstas decían que les gustaban. Las cosas que teníamos se convirtieron en simples cosas a las cuales ya no nos sentíamos tan atados.

Después de cuatro años de vivir con el cinturón apretado, mi esposo consiguió un empleo en su profesión de profesor de teatro. Pudimos entonces respirar un poco mejor, pero no olvidamos lo que habíamos vivido. La mejor parte del nuevo trabajo era que todos podíamos ahora tener una asignación que podíamos utilizar como quisiéramos. Esto nos incluía a todos: a papá, a mamá y a cada uno de los chicos. Pero había una trampa: cada uno tenía que pagar un 20% de impuesto por el dinero que recibía. Después de que esto se convirtiera en una bonita suma, votábamos en cuanto a la manera de gastarla.

Nuestra esperanza es que nuestros hijos aprendan cómo funciona el dinero, antes de que se marchen de la casa. Fueron años difíciles en los que pasamos por la tristeza bien intencionada de mostrarle a nuestros hijos el estado de nuestras finanzas. Pero sentimos que el involucrarlos a ellos en nuestra búsqueda de derrotar las deudas, les ayudaría a ponerle fin a una costumbre poco saludable, y a disfrutar de libertad económica en el futuro.

Autor: Kathryn Lang.

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Ingrid San Martin

Ingrid San Martin

Editora general de la red PoderyGloria.


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