La formación secular de los hijos siempre ha sido una constante preocupación de padres responsables. No son pocos los que hoy ya eligen con mucho cuidado el “jardín de infantes” donde comenzarán su larga carrera de formación para la vida, buscando que este forme parte de una institución en la que la calidad educativa de los ciclos superiores sea la que los atraiga.

Los que transitamos la etapa media de la vida podemos generalizar diciendo que nuestros abuelos, la mayoría inmigrantes, casi no tenían instrucción. Los dos o alguno de nuestros padres terminaron la primaria. La mayoría de nosotros pudimos terminar la secundaria y algunos con mucho sacrificio la universidad; pero hoy nuestros hijos poseen un título universitario como algo normal, y ya los posgrados, maestrías y doctorados se ven como una etapa formativa más, que el ámbito laboral requiere.

Pero, ¿qué sucede con la conversión y formación espiritual de nuestros hijos? A la inversa de la formación secular, Dios exige a las generaciones anteriores o mayores una vida de plena comunión con él y una madurez espiritual previa a la de sus hijos. En nuestro tiempo estamos acostumbrados a delegar en la iglesia toda la responsabilidad de la educación cristiana de nuestros hijos cuando son pequeños, privilegio y responsabilidad que en primer lugar nos toca a nosotros los padres.

Podemos acotar aquí que muchos padres se sorprenden de que al llegar a la adolescencia, sus hijos dejen de congregarse o de asistir a las actividades propias de su edad en la iglesia. Generalmente esto ocurre con aquellos hijos que sus padres no se ocuparon de su formación espiritual y sólo se limitaron a “enviarlos” pero nunca llevarlos o acompañarlos a la casa de Dios.

El Señor nos habla en el libro de Deuteronomio sobre la vida de santidad que su pueblo debe llevar, Dt. 7:6 y 9. El Señor entrega una serie de advertencias y exhortaciones hasta el capítulo 11. En este último se describe el rol de los padres, quizá sobre los hijos mayores también, y se enfatiza en la formación espiritual de los hijos pequeños, cap. 11:1-2, 7, 18-22.

EN PRIMER LUGAR, Dios habla a los padres acerca de sus propias vidas espirituales (vv.1-2, 7) pues son ellos y no sus hijos los que han vivido la experiencia del poder de Dios, y les ordena (nos ordena hoy también) vivir primeramente nosotros la palabra (v. 1, poniéndola:

a.- “en el corazón”: (o espíritu) (Sal.111:11) A fin de que nuestros sentimientos estén impregnados de la voluntad de Dios. Esto nos habla de dominio propio.

b.- “en el alma” (o mente): (Sal. 119:34) Para que nuestras decisiones en la vida estén guiadas por la Palabra.

c.- “atándola como señal en vuestra mano”: Los fariseos en la antigüedad, y los judíos ortodoxos en los días de hoy, aplicaban esta Escritura “literalmente”, usando cintas escritas (filacterias) con este texto y enrollándoselas en las manos, muñecas y brazos. Creemos que el texto es más profundo. Nos enseña que nuestra actividad diaria y todo lo que hagamos con nuestras manos esté impregnado de las normas, valores, y principios de la palabra de Dios. (1 Co. 10:31-33; Col. 3:17, 23)

d.- “y serán por frontales entre vuestros ojos”: Como en el punto anterior, los religiosos llevaban una cajita sobre su frente que en su interior contenía estas palabras escritas. Dios va más allá. Él quiere que los proyectos y objetivos, mediatos e inmediatos, de nuestra vida estén de acuerdo a la voluntad suya.

Dios reclama esta vida de santidad en nosotros los padres, porque es la que más efectivamente habla a nuestros hijos, ya que el ejemplo vale más que mil palabras, y los niños siempre imitan y aprenden más lo que ven que lo que oyen.

EN SEGUNDO LUGAR, Dios nos habla a los padres acerca de la prioridad y privilegio que tenemos en la formación espiritual de nuestros hijos aprovechando toda oportunidad, (v. 19) “y las enseñaréis a vuestros hijos hablando de ellas cuando”:

1 – “te sientes en tu casa”- ¿Cuándo nos sentamos, literalmente hablando, para conversar con nuestros hijos acerca de su vida espiritual? Esto requiere un tiempo programado, quizá agendado, aunque esto parezca muy frío. ¿Acaso no son “las cosas importantes” las que programamos y agendamos para que no se nos olviden?
2 – “cuando andes por el camino” – Aprovechando los viajes y paseos donde abundarán las oportunidades para hablar del poder creador de Dios y de sus atributos.
3- “cuando te acuestes” – Teniendo un momento de reflexión y oración al irse los hijos a dormir, al pie de su propia cama o al arroparlos con un beso de bendición (Sal. 4:.

4- “cuando te levantes” – El momento ideal para el devocional de cada día. En algunos hogares los horarios de levantarse son diferentes para los distintos miembros de la familia y es necesario tener más de un devocional, a veces acorde a la edad de los hijos. Para esto también se requiere contar con el material adecuado y cierta preparación de los padres en el conocimiento de la enseñanza bíblica.
5- “las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas” Finalmente Dios nos habla a los padres acerca del testimonio social de nuestra familia. (Las familias judías ortodoxas lo tiene por costumbre, ya que colocan detrás de sus puertas lo que llaman “el mezuzah”, un texto bíblico que recuerda estas palabras de Jehová a su pueblo.)

Aunque las puertas o frentes de nuestras viviendas no muestren un “texto bíblico” (algo que sería mucho más que una buena idea o estrategia evangelística) como testimonio al mundo que nos rodea, los vecinos deben conocer nuestra casa como un hogar habitado por verdaderos hijos de Dios.

Esa gente que nos rodea, con sus modalidades y pautas distintas de conducta, con casi total ausencia de valores espirituales, donde muchas veces se privilegia la trasgresión, el humor obsceno y tantas otras formas de vida sujetas al pecado, deben ser los destinatarios de nuestro testimonio y la “razón de la esperanza que hay en nosotros” (1 P. 3:14-17). Pero además nuestros hijos deben tener la mayor cantidad de conocimientos bíblicos y ser usados como argumentos para enfrentar las burlas, y cuestionamientos de sus mismos compañeros de escuela, universidad o trabajo.

Que nuestro Dios y Padre nos perdone en primer lugar si ha habido negligencia de nuestra parte en esta tarea y nos ayude a asumir la responsabilidad que nos exige para la bendición y fortalecimiento espiritual de nuestros hijos. Nunca es tarde para comenzar y siempre el Señor nos da nuevas oportunidades cuando reconocemos nuestras faltas. Dios bendiga y guarde a nuestros hijos en estos “días malos y tiempos peligrosos” (Ef.5:16 y 2 Ti. 3:1) en que les toca vivir su niñez, adolescencia o juventud.

Tomado de la revista “Momento de Decisión”,

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