La pareja fusión
El amor romántico, como bien sabemos, inspira a los creadores; basta pensar en los héroes de la no¬vela o del celuloide. Es estupendo vivir ese amor: ¡Dichosos los que lo experimentan! Pero la realidad se encarga pronto de cortarles las alas a los enamora¬dos. Ese amor no es más que una etapa hacia otro tipo de amor.

El amor romántico engendra la pareja fusión. Lo que cuenta es el nosotros; se aspira a formar un solo ser; una sola persona; a suprimir toda distancia. La pareja se repliega en su afecto. Se asegura evitando toda clase de conflictos. La magia de esta fusión disipa las diferencias, pero sólo por algún tiempo. El amor romántico ciega, como el relámpago; pero la tormenta aún no ha pasado. A la larga, ese tipo de amor mata a la pareja, porque supone una pérdida de identidad y autonomía. Tomemos dos ejemplos.

El amor de fusión rehúsa la ausencia; quiere la proximidad a toda costa. Hay pérdida de identidad y de autonomía, porque el uno se pierde en el otro. No se disfruta de libertad más que en el otro. Esta clase de amor se habitúa mal a la duración. Esta pareja no es una unión de dos personas autónomas, libremente entregadas la una a la otra. La unidad del nosotros se impone al crecimiento del yo.

La salvaguardia de esta unidad del nosotros que se da en la pareja fusión ha sido a menudo estimulada por la Iglesia según las palabras bíblicas, mal entendidas: «Los dos serán una sola carne» (Gén 2,24). Esas palabras significan sobre todo que el hombre y la mujer, aunque diferentes, poseen una misma naturaleza humana creada por Dios, fuente de todo amor. Los dos no forman más que una carne en el amor, pero siguen siendo siempre dos, con sus diferencias. La unidad de una sola carne es posible cuando las diferencias son superadas por el amor.

El modelo de la pareja fusión no es el del Dios amor, tal como nos lo revela el Nuevo Testamento. Ese Dios es el de Jesús en la cruz, que vive la ausencia y la soledad, no la fusión y el ensueño: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). Es un amor que pasa por la renuncia al mundo de la fusión. Esta renuncia se vive cuando el amor de la pareja promociona las diferencias, acepta las crisis y los defectos, no utiliza al otro como un medio para conseguir sus fines; es el amor alteridad, que veremos luego.

Los esposos no pueden edificar su vida conyugal sobre el amor pasional de los primeros meses. La realidad cotidiana va a encargarse de demostrarles que no es posible colmar todas las necesidades del otro, que no se puede permanecer siempre en éxtasis ante el otro. Adquirirán una mayor madurez y apostarán por el presente en lugar de aferrarse a revivir el amor del pasado. Evolucionarán juntos, dentro de sus diferencias, desprendiéndose de la imagen idealizada que cada uno se había formado del otro.

Amar de veras es todo un arte; requiere tiempo, paciencia, disciplina, gratuidad, superación, entrega de sí. El amor romántico no es más que el principio del amor. El camino se hace al andar.

La pareja complementaria
La gente se casa para ser feliz. En esta búsqueda de la felicidad, el amor es la senda por excelencia. Pero cada uno tiene su historia personal. Al vivir en común es cuando los cónyuges se percatan de las diferencias que los separan: «Me parece que has cambiado mucho». ¿No es más bien la imagen idealizada que me había forjado del otro lo que ha cambiado? ¿Qué hacer con las diferencias, posible fuente de conflictos? ¿Evitarlas? ¿Asumirlas? ¿Superarlas? ¿Respetarlas?

Hay parejas para las cuales ser feliz es parecerse. Dicen: «Desde que nos casamos, eliminamos de nuestro amor cuanto nos divide. Sabemos que somos iguales y diferentes; ¿pero no somos en el amor complementarios? ¿No es el otro la mitad de mí mismo?»

La pareja complementaria es una alianza de dos insuficiencias: uno se convierte en complemento de la insuficiencia del otro; se toma del otro lo que nos falta. El otro no está, pues, nunca entero. La consecuencia es que se espera demasiado de él. Y, como el otro no puede darnos lo que nos falta, surge la frustración por ambos lados. A fuerza de contar con el otro, no se desarrollan las dotes propias.

El nosotros es también muy importante en este modelo de pareja: ¡el hombre y la mujer no son mitades! Sólo se funciona bien juntos, pues ninguno se basta a sí mismo. La pareja se vuelve cautiva de sí misma; cada uno con su cometido. Sin embargo, ¿por qué lo que hace uno no va a poder hacerlo el otro?

Es difícil cambiar ese modelo de pareja complementaria. A menudo uno de los consortes se benefi¬cia de ese modelo, y por ello no quiere cambiar. Para conseguirlo, manipula al otro recurriendo a los sentimientos de culpabilidad, cuya arma principal es la censura en nombre del amor o de la libertad: «Si me quisieras, te quedarías conmigo»; «si me quisieras, me dejarías libre».

Pero toda pareja evoluciona. Los consortes pueden darse cuenta de que su maduración es más importante que la complementariedad paralizadora, y que no pone en peligro la unidad del matrimonio. Amar es también querer el crecimiento del otro en cuanto tal; es contar con la esperanza de crecer día tras día, como dos árboles, respetando dos libertades que se forjan.

La pareja alteridad
La pareja comienza normalmente su vida conyugal en el paraíso del amor romántico. Desde la fusión y la complementariedad a menudo es largo el camino que conduce a las orillas de la alteridad, donde el otro es reconocido y amado en cuanto otro. La pareja tiene más posibilidad de durar si opta por la alteridad, por¬que renuncia a la ilusión de la semejanza por la di¬ferencia.
Pero antes de dar este paso, la pareja debe renun¬ciar al paraíso del amor romántico, de la imagen que los consortes han proyectado el uno sobre el otro. Hay que romper con la fusión; y esta ruptura, como toda renuncia, causa sufrimiento. Cada uno es invitado a aceptar esa laceración en vez de empeñarse en colocar al otro sobre un pedestal.

Para vivir esta alteridad en el matrimonio, es im¬portante que ambos cónyuges estén de acuerdo; de lo contrario, uno se sentirá abandonado por el otro. Si los dos aceptan sus diferencias, se abrirán más a los otros. Los talentos de cada uno podrán fructificar, para mayor alegría de todos. Cada uno en la pareja le permitirá al otro existir plenamente, de acuerdo con su verdad interior. El matrimonio será entonces lugar de liberación.

Reconociendo sus diferencias, los cónyuges viven en una mayor intimidad. Se permiten ser más vulne-rables porque son ellos mismos, sin perderse en el otro, sin buscar sus defectos. No tienen nada que perder, y todo que ganar: el amor. Este amor se manifiesta en gestos de ternura y de perdón. Cada uno se convierte en el confidente y el sostén del otro. El amor ágape o caridad resulta entonces posible, según lo describe san Pablo: «El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no es presumido ni orgulloso; no es grosero ni egoísta, no se irrita, no toma en cuenta el mal; el amor no se alegra de la injusticia; se alegra de la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera» (1Cor 13,4 7).

Alteridad en la Trinidad
La relación amorosa de la pareja se traslada también a la relación con Dios: ¿qué pareja formamos con Dios? ¿Una pareja de fusión, donde todo lo espero de Dios sin hacer nada? ¿Una pareja complementaria, donde Él está ahí sólo para suplir mis carencias? ¿Una pareja de alteridad, donde dejo que Dios sea Dios, es decir alguien que respeta mi libertad y que me deja ser lo que soy?

El Dios de los cristianos es el Dios Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu; el Dios abierto a la diferencia y la relación. Es el Dios de la alteridad creadora, revelada en Jesús: «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el Padre, nos lo ha dado a conocer» (Jn 1,18).

La misión de la pareja y de la familia cristiana es mostrar que el amor que viven los humanos revela la unidad de amor de la Trinidad. Ese testimonio pasa por los enfrentamientos de caracteres, las realidades sociológicas, las crisis económicas, los acontecimientos sociales, los carismas de cada uno. En la tierra abonada de esas realidades del mundo es donde la pareja cristiana, que es también una realidad de la vida en sociedad, puede ejercer una verdadera fecundidad encarnando los valores del evangelio y mostrando así que Dios es amor.

Para la reflexión en pareja:

•    ¿Con qué modelo os identificáis más?
•    ¿Hacia dónde queréis caminar como pareja? ¿Os sentís cómodos en vuestra relación o creéis que tenéis que evolucionar?
•    Del mismo modo que las relaciones con los amigos y la familia cambian y toman un tono diferente desde que se vive en pareja la relación con Dios ha cambiado?
•    ¿Qué papel ocupa Dios dentro de la pareja? ¿Cómo os dirigís a Dios en la oración?

Fuente: Paz y Bien

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