Estudios Bíblicos

Ansioso por nada.

“La muerte es la única alegría, y la única liberación”. “Contrario a la creencia popular, no hay esperanza”. ¡Qué pensamientos pesimistas! El primero provino de la sección de clasificados de un periódico universitario; el segundo es una frase anónima escrita en la pizarra de un aula. Ambos exhiben lo que los psicólogos denominan “ansiedad existencial”, la frustración por una existencia sin sentido.

Estuve afectado por una ansiedad similar cuando era estudiante de primer año de la universidad hasta que algunos amigos me presentaron las afirmaciones de Jesucristo, según aparecen en la Biblia. Después de aceptarlo como Salvador y Señor, me di cuenta de que Él me liberó de la esclavitud de la ansiedad. Al estudiar psicología, me fascinó, en primer lugar, ver que muchas de las alteraciones psicológicas provienen de problemas más pequeños y, a su vez, observar cómo Jesús trataba estos problemas en mi vida.

Consideremos dos definiciones y luego examinemos las cuatro causas principales de la ansiedad.

La “ansiedad” representa un estado de confusión emocional caracterizado por el miedo y la aprehensión. No es estrés externo, sino una reacción interna a circunstancias estresantes. Un “cristiano” es una persona que ha reconocido su falta de comunión con Dios y ha depositado toda su confianza en Jesucristo como el único medio capaz de restaurar esa relación.

Las cuatro causas de la ansiedad son la culpa, el miedo, el no involucrarse interpersonalmente y la falta de sentido en la vida.

La culpa

El no alcanzar ciertos estándares (impuestos internamente o externamente) a menudo produce un sentimiento de culpa. Muchas veces los psicólogos atribuyen estos sentimientos a problemas del pasado o al seguimiento de códigos morales legalistas. Sin duda muchas personas tienen estos problemas, pero una explicación más plausible de los sentimientos de culpa es que la persona los tiene porque es culpable. Si esto es verdad, entonces la terapia para una persona que experimenta sentimientos de culpa debería incluir el reconocimiento de su culpa. Esto, sin embargo, puede ser bastante difícil.

O. H. Mowrer, un psicólogo de la Universidad de Illinois, señala el dilema:
“Aquí, también, encontramos una dificultad, porque los seres humanos no cambian radicalmente hasta que reconocen primero sus pecados, pero es muy difícil que alguien llegue a hacer este reconocimiento a menos que ‘ya haya cambiado’. En otras palabras, la cabal comprensión de la profunda falta de valor es un grave ‘insulto’ al ego, y uno necesita tener una nueva fuente de fortaleza para soportarlo”.

Jesús provee la fortaleza necesaria para soportarlo. Debemos venir a él, reconociendo nuestro pecado y falta de valor, pero en el momento que lo aceptamos como Salvador, Dios perdona todos nuestros pecados: pasados, presentes y futuros. La Biblia dice que “Él (Jesús) mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados…” y “…pagó el rescate para perdonar nuestros pecados y liberarnos…”. Cada año gastamos miles de dólares con la esperanza de que la psicología y los psiquiatras nos resuelvan nuestros problemas de culpa. Sin embargo, Jesús ofrece el perdón total –la liberación de la culpa gratuitamente.

El temor

Consideremos dos clases de temor: a la muerte y a las circunstancias. El temor a la muerte probablemente sea el temor más grande del hombre. Cuando era estudiante de segundo año en la universidad, el estudiante de la habitación al lado de la mía fue alcanzado por un rayo y murió. Su muerte conmocionó a los hombres que vivían allí, y empezaron a considerar seriamente las implicancias de la muerte. Sobrevino la ansiedad.

La persona que acepta a Cristo como su Salvador no tiene ningún problema con la muerte. En el momento en que recibe a Cristo, comienza su relación eterna con Dios. El apóstol Juan escribe a los cristianos: “…Dios nos ha dado vida eterna, y esa vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida…” Para el cristiano, la muerte pierde su espanto.

El temor a la circunstancias también puede producir ansiedad. Las ansiedades diarias que son comunes a todos nosotros incluyen el temor a la falta de dinero, a no adaptarse socialmente, y el temor por nuestra seguridad y salud personal.

Todos estos temores tienden a ocupar nuestras mentes y nos impiden disfrutar del privilegio de estar vivos. Con una suficiente cantidad de preocupaciones, enseguida nos encontramos simplemente existiendo. ¿Pero, podemos sentirnos seguros realmente?

La seguridad financiera es endeble, las lesiones y el peligro están tan cerca como el automóvil que pasa zumbando por la autopista, y nunca podemos estar seguros de que a todo el mundo le guste la forma en que actuamos.

Un verano conduje desde Washington, D. C., a California con cuatro niñas. Después de esa experiencia, conozco el significado del temor. Ante esta responsabilidad, me volví algo aprensivo. ¿Qué haría si el automóvil se averiaba o si una de las niñas se enfermaba? ¿Qué pasaría si tuviésemos un accidente? Además, las niñas esperaban que yo tomara todas las decisiones del grupo.

Por momentos, tuve miedo, hasta que recordé lo que Jesús dijo a sus discípulos: “Hombres, no se preocupen por lo que van a comer o beber o vestir. Su Padre celestial los ama y sabe lo que necesitan. Busquen primeramente su reino y su justicia, y todos estas cosas les serán añadidas”. Y da resultado.

No involucrarse

William Glasser, un doctor en medicina, escribe en su libro, Reality Therapy, que todo hombre experimenta dos necesidades básicas: la necesidad de sentirse valioso para sí y para otros, y la necesidad de amar y de ser amado. Dice que la mejor manera de satisfacer estas necesidades es cultivando una estrecha amistad con otra persona que lo aceptará tal como es, pero que también le dirá sinceramente cuando actúe de forma irresponsable.

Las relaciones interpersonales son importantes, pero las personas son sólo humanas, y a veces nos defraudan y se equivocan en sus juicios. ¿No sería la terapia última involucrarnos con nuestro creador? Él es fiel y justo,  nunca nos defrauda, y siempre tiene el mejor consejo. Porque Él nos ama, el cristiano experimenta la libertad de amar a otros. Somos de gran valor para Él: “Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros”. Una persona perdonada se valora a sí misma, porque es “una nueva criatura”. Está segura en Cristo.

El apóstol Pablo escribe: “Estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor.”

Falta de sentido

Otro médico realizó estudios en 31.000 soldados aliados que estuvieron presos en Japón y Corea durante la década de 1940. Descubrió que, a pesar de que se les ofrecía suficiente comida, más de 8.000 murieron. Diagnosticó la causa de muchas muertes como “desesperanza”.

Contraste esta situación con la de miles de cristianos que han pasado varios años en prisión por su fe en Cristo, sólo para ser liberados y continuar compartiendo el amor de Dios, especialmente para con aquellos que los persiguieron.

El amor del Salvador los sostiene y los motiva como “embajadores de Cristo”. ¿Hay propósito más grande que prestar servicio como embajador del Rey de reyes?

Una pregunta frecuente

Se sugiere frecuentemente que el cristianismo podría ser un mero “truco” o artilugio psicológico. Después de todo, según este razonamiento, si alguien piensa que la Biblia es la Palabra de Dios, ¿no puede convencerse de que lo que dice suena a verdadero, y que por seguir la Biblia ha encontrado un estilo de vida sensacional?

Después de haber realizado algunas investigaciones, debo concluir que el cristianismo no podría ser una ilusión. Existen tres razones para ello.

La primera tiene que ver con el objeto de la fe del cristiano: Jesucristo. La evidencia de su deidad, su resurrección, las profecías que cumplió y las vidas que ha cambiado presentan un caso abrumador a favor de la validez de sus afirmaciones. Debido a que el objeto de mi fe es válido, creo que la fe en ese objeto es válida también.

La segunda razón tiene que ver con la naturaleza de la personalidad humana, que está compuesta por el intelecto, las emociones y la voluntad. Los psicólogos creen que nuestra voluntad no tiene un control total sobre nuestras emociones. Tampoco parece probable que nuestro intelecto pueda controlarlas completamente. Sin embargo, algunos, como aquellos que han estado presos, encuentran que es posible amar a aquellos que los han torturado. Una conducta así parece imposible fuera de alguna intervención sobrenatural.

La tercera razón atañe al libro que presenta las respuestas de Cristo a nuestros problemas, tanto las psicológicas como las otras. La Biblia, aunque fue escrita a lo largo de un período de 1.500 años, en 3 idiomas y por 40 escritores distintos (la mayoría de los cuales nunca se conocieron), ha demostrado ser temáticamente coherente, internamente consistente e históricamente precisa. Terminada hace más de 1.800 años, contiene la cura para los problemas psicológicos que experimentan incontables miles de personas hoy. ¡La Biblia es un libro sobrenatural!

Como estudiante universitario, tenía curiosidad por saber lo que un psicólogo profesional pensaba sobre estos puntos de vista. Habiendo realizado un trabajo para mi curso de psicología fuera de lo común investigando cómo Jesús trata la ansiedad (este artículo contiene algunos pensamientos de esa investigación), envié una copia al autor de nuestro libro de texto.

En su respuesta, expresó interés en el contenido. Varios meses más tarde, lo visité personalmente, y me dijo que le gustaría tener una relación personal con Cristo. Luego de haber compartido con él las afirmaciones de Cristo según aparecen en “Las Cuatro Leyes Espirituales”, oró pidiendo a Jesucristo que entrara a su vida. La última edición de su libro contiene una breve declaración sobre el hecho de que muchas personas hoy están encontrando ayuda psicológica a través de Cristo.

Los hombres de todas partes están buscando liberación del temor y de la culpa. Necesitan saber que Dios los ama. Si usted nunca le ha pedido a Cristo que sea su Señor y Salvador personal, le animo a que lo haga hoy. Si lo ha hecho, diga a otros cómo pueden conocerlo.

Él nos libera para que “no se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús”.

Traducción: John Field

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Ingrid San Martin

Ingrid San Martin

Editora general de la red PoderyGloria.