Ellas y Ellos

Testimonio de 3 mujeres que perdieron su embarazo.

embarazoA.T. – La primera pérdida fue de un embarazo que deseábamos mucho los dos. Al llegar al tercer mes nos enteramos por medio de una ecografía que el embarazo estaba detenido. Habíamos orado por ese hijo y por fin, después de tanto tiempo, el Señor había contestado nuestras oraciones; yo tengo problemas para quedar encinta.

Cuando la ecografía mostró que el embarazo estaba detenido no podíamos entenderlo. Para mí fue como un shock. A los pocos días vino la pérdida y, a pesar del dolor, no afectó tanto mi vida; mi esposo y yo lo aceptamos en el Señor. Lo sentirnos mucho, sufrimos y oramos mucho juntos, quedé mal, la iglesia me apoyó mucho, pero lo acepté bien en el Señor. Tenía 7 años de casada.

¿Qué es lo primero que se piensa cuando ves que algo tan esperado comienza a diluirse?

A.T. – En primer lugar, el temor-, ese miedo a perder lo que una quiere tanto. Luego vienen las preguntas al Señor ¿Cómo? ¿Por qué? Habíamos orado y estaba la confirmación del Señor, el embarazo era un hecho. Tanto costó quedar embarazada, que cuando lo logramos éramos puro agradecimiento al Señor. Pero cuando empieza a surgir el problema y estamos en medio de él no queda más remedio que el descanso en el Señor. Ya estás en sus brazos. Me sentí muy sostenida por el Señor en mi primera experiencia. Pude llorar, cosa que me hizo mucho bien y pude decirle que en sus manos están todas las cosas. La segunda fue distinta.

Patricia, cuéntanos tu caso, ahora.

P. A. – La primera fue a los dos años de casados. Estaba terminando mis estudios y lo perdí en febrero; un mes después estaba dando los exámenes finales de psicología. Estaba con la cabeza en otra cosa y me di cuenta recién al mes y un par de semanas después que lo había perdido. Supimos que estaba embarazada, nos alegramos y vivimos todo ese encanto de los primeros tiempos; después lo perdí. Si bien sabía los riesgos de todo embarazo, jamás en mi vida me lo hubiera imaginado. Fue traumático, no me podía sentar a estudiar.
Al final me recibí, y eso me distrajo un poco. Después pude metabolizar el sufrimiento. Empezaron a hacerme estudios y vino el temor de “¿Qué me pasará? ¿Por qué no puedo tener bebés? Algo pasa”. Los médicos trataron de convencerme de que era una casualidad, que a todas las mujeres les pasa y que hay un porcentaje alto de pérdidas.

¿Cómo fue lo tuyo, Liliana?

L.D.M. – En el primer caso, quedé embarazada a los seis meses de casada. Por un problema orgánico mío, difícilmente se me detecta un embarazo en los primeros meses. Yo ni sabía que estaba embarazada. Me enteré cuando lo perdí.
De todos modos yo ya tenía problemas desde mi adolescencia y nos casamos sabiendo que podía tener excesiva fertilidad o esterilidad, los dos extremos; sabíamos que mis embarazos no iban a ser fáciles.
Como nunca llegué a saber la noticia de que estaba embarazada, perderlo me afectó pero no tanto como cuando uno ha desarrollado toda la ilusión, pensado los nombres e imaginado “a quién se parecería”. Después tuve a Juan Angel, a Eugenia y perdí otro más de la misma forma.
La última vez sí fue doloroso. En esa sí sabía que estaba embarazada. Estaba sola en casa y me sacudió bastante el haberlo visto y tenido en mis manos. Me dejó muy marcada emocionalmente.

¿Qué es lo que pasa por la cabeza de una mujer, mientras el médico trata de llevarla por las estadísticas  para menguar el efecto?

P.A. – Siempre me acuerdo cuando hablamos con el médico y nos dijo: “Quédense tranquilos porque recién después de tres pérdidas uno se pone a analizar a la mujer por infertilidad”. Yo respondí: “¿voy a tener que perder tres para que me tomen en serio? Y perdí tres. En medicina son simplemente “casos”, ellos son hombres que no pueden controlar el asunto y no saben lo que va a pasar. Hasta ahora no encontré ni un médico, y he visto varios, que se juegue.

Están diciendo que el Señor los ayudó. ¿Cómo fue instrumentado ese apoyo?

A.T. – En el caso mío, recurrimos al grupo de oración que teníamos en casa y recurrimos a dos hermanos. (Se refiere a miembros de la iglesia) Eso nos ayudó mucho una noche en que me encontraba bastante mal. Un hermano vino a las 12.30 de la noche. Fue hermoso porque pudimos compartir, orar y pude llorar. No tenía pérdidas todavía pero la ecografía había mostrado que había problemas. No lo podía entender porque yo había orado y ya tenía un hijo con un embarazo absolutamente normal.

¿Pensaste que Dios haría un milagro?

A.T. – Esa vez no. Esa noche tomé conciencia y dije: “Si es que viene mal es porque el Señor lo quiere así” y me quedé tranquila. Sentí paz.

Liliana, durante tu primer embarazo ocurrió algo feo

L.D.M. – Por problemas estomacales, estuve 40 minutos bajo rayos X, en lo que se llama una radiografía seriada. Allí se dieron cuenta de que estaba embarazada. Nosotros no sabíamos nada. El médico que estaba haciéndome el estudio me dijo: “¿Acaso no vio el cartel que previene a las embarazadas tomarse radiografías?” “Yo no sabía que estaba embarazada”, le dije. Allí me explicó los riesgos de someter a un feto en formación a los rayos X sólo por algunos segundos; yo llevaba ya 40 minutos.
Me dijo que podía tener cualquier cosa menos un hijo normal, que podía nacer con deformidades físicas o taras mentales. Ellos aconsejaron interrumpir el embarazo, provocar un aborto. Con Miguel confiábamos en que si bien nosotros no sabíamos nada de ese embarazo, el Señor sí sabía y que El había estado viendo ese estudio, El lo había estado permitiendo y no estaba en mí la capacidad de decidir. Tenía que enfrentar la posibilidad de que, si no lo perdía, tuviera cualquier problema después.

¿Alguna vez consideraste que estabas siendo negligente en confiar de esa forma en Dios?

L.D.M. – No. Justamente lo acepté como que El era dueño de todo, que había permitido esa situación y yo confiaba en El. En ningún momento se me pasó por la cabeza sacar esa criatura a pesar de tener diferentes tipos de presiones médicas, de familiares, o de algunos hermanos de la iglesia. Me planteaban si yo no tenía derecho a traer una vida anormal, que no había
problemas legales, ni médicos. . ., incluso me aseguraban de que Dios iba a estar de acuerdo.
En la iglesia hubo otros hermanos que me apoyaron mucho en oración, que me brindaron su amor. Necesitaba menos palabras que ya sabía y más comprensión y oración y ayuda en otras áreas. Hubo hermanos que nos dijeron: “Sea cual sea la decisión que tomen, los apoyamos y oramos por ustedes”. Al final, Juan Angel nació dos meses antes y pesando 1,700 kg, muy infectado debido a que se me había roto la bolsa varias semanas antes, pero completamente normal, tanto física como síquicamente. El nacimiento fue muy crítico pero por la rotura de la bolsa, no por las radiografías.

Patricia, ¿cuándo fue tu segunda pérdida?

P.A. – Dos años después de la primera. Al principio me hicieron una primera ecografía y todo estaba bien. Había movimiento y todo marchaba viento en popa. Al tercer mes empecé con pérdidas y, me acuerdo, me entró el pánico. Me dije: “Se repite todo y por mi mente comenzaron a pasar todas 1as imágenes de la primer pérdida. Algo dentro de mí me decía: “Esto no va”. Me hicieron hacer reposo, inyecciones de hormonas, pero las pérdidas continuaban y eran cada vez mayores. En la segunda ecografía se vio que el embarazo estaba detenido.

A.T. – En el segundo caso también fue un embarazo buscado. Hicimos estudios, oramos y quedé embarazada. Estaban todas estas cosas en nuestra cabeza respecto a las posibilidades a favor y en contra. De pronto tuve una inquietud de que la cosa no andaba bien y me fui a hacer una ecografía por mi cuenta. Vimos que estaba detenido el embarazo. Fue un sacudón muy fuerte porque era como que nos jugábamos la última carta, debido a mi edad. También algunos hermanos nos comentaron en la posibilidad de un aborto por los riesgos para el bebe, pero como decía Liliana, tengo en claro que si el Señor me manda un hijo no voy a abortar, sea normal o anormal. Nuestra confianza estaba en el Señor.
Habíamos confiado plenamente en el Señor. Mi actitud fue de encierro. Me encerré conmigo misma. La sensación era de estar seca y vacía. Abría la Palabra de Dios, encontraba versículos, pero era como si, sabiéndolo todo, lo mismo ningún versículo servía. Venía gente a orar en casa y empezaron a orar por mí, los hermanos me ayudaron muchísimo. Yo no podía tener comunión con el Señor, sentía que me había fallado.
Quería orar pero me daba cuenta que la oración no llegaba más que al techo. Hacía un esfuerzo pero no pasaba nada. Un día le dije: “Señor, aunque sea déjame llorar”. Me hicieron una segunda ecografía y mostró que el embrión se estaba desprendiendo. Me hicieron análisis que decía que había vida. Me aferré a esa vida y allí sí esperaba un milagro. Pero una mañana de domingo oramos y sentí, en el medio de la oración, como una voz, como un consuelo que decía: “No importa, sígueme”. Empecé a sentir comunión con el Señor. Y esa tarde empecé a tener pérdidas. Allí pude llorar. Luego pensé que quedaría embarazada otra vez pero no. Lo que no me imaginaba era que tenían que hacerme un legrado, un raspaje. Fue triste pero me aferré mucho al Señor.

L.D.M. – Ese sentimiento controvertido en la vida devocional lo viví con la última pérdida. Incluso sentía que el Señor me había dejado. Si bien tenía dos hijos, era como cortar definitivamente y decir: “Nunca más voy a tener un hijo”. En ese momento fue muy duro y lo que menos quería era que me llamaran, ni que vinieran, ni que me vieran. Ni aun con los hermanos que con tanto amor me querían ayudar. Para mí fue terrible ver el feto y tenerlo en mis manos

¿Molesta, a veces, la iglesia, en ese sentido?

L.D.M. – Es contradictorio, porque si bien quería estar sola, también eran bálsamos algunas visitas o llamados telefónicos.

A.T. – Es cierto. Una quiere estar sola, pero en ese momento viene el miedo y cuando te das cuenta que estás sola, sin el Señor, da temor. Fue una bendición que los hermanos vinieran a casa. Eso me levantó inmediatamente. Fue hermoso.

L.D.M. – En mi caso, me acuerdo que me molestaba mucho aquellos que venían a casa o me llamaban por teléfono y me decían: “Tú sabes que el Señor, en tal parte de la Biblia dice tal y tal cosa y tienes que confiar en El”. Lo que menos necesitaba era que me dijeran eso porque el problema era otro. Entonces me hacía más daño que ayuda. Llegué al punto, en esa semana, de no querer atender el teléfono.
Hacía dos días que había perdido el último bebé cuando una señora, esposa del pastor de otra iglesia, me llamó y me dijo: “Bueno, lo que pasó, pasó. Así que tienes que olvidar y necesito que vengas y prediques el sábado en la reunión de mujeres de mi iglesia porque viajo a otra ciudad.

P.A. – Hay una cosa que quiero destacar, y es que a veces hay hermanos pesados, que te dicen barbaridades. Lo primero que hay que hacer es estar al lado de, pero no venir con la apología del sufrimiento, ni con mil cosas. Algo que me hizo muy mal fue que me, dijeran: “¿Qué hiciste de malo? Me hicieron sentir tan culpable las tres veces que los quería arrojar por la ventana.
La tercera vez el Señor me llevó a leer el libro de Job; me lo “comí” y entendí las motivaciones de los amigos de Job. Entonces dije: “Bueno, sé que me quieren, ¡pero que se callen la boca!” Era demasiada carga tener que escucharlos en sus desubicaciones.

Hablemos un poco de la relación matrimonial. ¿Cómo influye en la pareja?

P.A. – Cada experiencia es diferente. La primera pérdida como fue de sopetón y como yo no le daba demasiada importancia, Luís tampoco. La segunda vez me asusté mucho. Luís no tanto; él tenía una cierta confianza mezclada con negación del problema: “No va a pasar nada”, decía. Después reconoció: “No me lo esperaba”. El hombre, por contenemos, minimiza. En la tercera pérdida, la nena nació en casa y ya tenía 7 meses cumplidos. Entonces él la quiso ver y lloró. Me impactó verlo llorar.
Le di gracias a Dios porque al oírlo llorar a él, me hizo sentir que ahora sí estábamos unidos en el mismo sentimiento. Fue tremendo para los dos, pero fue de mucho crecimiento también. El sexo siempre se resintió en cada experiencia por el miedo a quedar embarazada. Muchas veces venían a mi mente todos los recuerdos.

A.T. – En mi caso, no hubo mayores cambios. Osvaldo, es médico, por lo que es un poco más frío; eso siempre me molestó. Pero como lo conozco, me daba cuenta de que asimismo estaba nervioso, inquieto. Entraba, salía, me acompañaba.

L.D.M. – En nuestro caso, Miguel es más frío exteriormente. Yo me daba cuenta que le estaba exigiendo mucho más de lo que debía, pero porque yo estaba mal, cualquier cosa me molestaba. El se encargó de darme mucho amor, ayudarme con las cosas de la casa, con los chicos, pero muy callado. Yo sentía que no alcanzaba a palpar lo que yo estaba viviendo. Era hijo de los dos pero estaba dentro de mi cuerpo y era yo la que exponía el cuerpo para que sucediera cualquier cosa. Los hombres no llegan a vivenciar la experiencia hasta que el embarazo está más avanzado o una llega a explicarles y hablar el tema. Después de varias veces de hablar todo el asunto, vi que comenzaba a profundizar su comprensión.

¿Cómo influyen las relaciones con los chicos que ya existen?

L.D.M. – En mi caso, era como que en los días posteriores no toleraba a los chicos, pero no toleraba el ruido. Por otro lado, me ayudaron a valorar más el privilegio de, a pesar de mis problemas, tener dos hijos y aunque nunca más tuviera ninguno el Señor ya me había dado dos. Eso me ayudó a seguir adelante y someterme a estudios. Enseguida pude valorar que el Señor me estaba dando la posibilidad de tenerlos cuando al principio pensábamos que no tendríamos ninguno.

A.T. – En el caso mío, como Pablo deseaba mucho tener un hermano, la segunda vez fue para él muy dramática. Había orado por un hermanito.
Cuando volví a casa después del legrado, Pablito no estaba, lo habían llevado con una familia de la iglesia para atenderlo. Yo tenía una necesidad de tenerlo conmigo y le di gracias a Dios por tenerlo.

¿Qué riqueza les dejaron estas experiencias?

A.T. – El crecimiento espiritual y devocional. Todo esto me llevó a estar mucho más cerca del Señor, a buscarle mucho más, en todo momento. He madurado en mi relación con el Señor.

P.A. – Cada experiencia fue distinta. Una cosa saqué en claro más que en otras. Me acuerdo que de chiquita me escapaba del sufrimiento o le tenía miedo a sufrir. Quizá nos pase a todos. El Señor me enseñó la lección: no hay que tenerle miedo al sufrimiento, que a su lado no tenemos nada fundamental que perder. Con cada pérdida me fue revelando cosas de mí misma que no conocía. Me llevó a crecer y a madurar. La última vez estaba más encerrada en mí misma que nunca; no contestaba el teléfono, como vos, Liliana. Una mañana me di cuenta que estaba sorda y no oía al Señor. Le dije: “Basta, no quiero más. Prometo escucharte”. Fue como hacer las paces con el Señor y entender el sufrimiento. Cada vez que tengo miedo de perder algo o a alguien, vuelvo a ese punto. Digo: “El Señor lo dio, el Señor lo quitó.” ¿Recibiremos de Dios lo bueno y no lo malo?’

LD.M. – Hasta ese momento, no me había dado cuenta que tendría conflicto en aceptar la soberanía de Dios en esas cosas, tal como “te doy un hijo, te lo saco, te hago esto o lo otro”. Hasta allí no había tenido problemas con lo que Dios disponía sobre mi vida, en un sentido u otro, pero ahora era distinto. Nunca creí que Dios no me eximiría de este tipo de vaivenes. El hecho de que fueran intercaladas las pérdidas con embarazos complicados, dije- “¿Hasta cuándo?’. Fue ahí cuando caí en la cuenta de que uno de mis serios problemas era aceptar la soberanía de Dios en casos extremos. Tiempo después, falleció mi padre cuando menos me lo esperaba. Ese también fue un caso extremo y doloroso, pero noté que mi actitud referente a lo que Dios disponía era mucho más madura. Eso fue una gran riqueza que todo esto me dejó.

¿En tu caso, Patricia?

P.A. – La sensibilidad y la empatía. Cuando uno recibe a alguien que perdió un bebé para aconsejar y después de dejarlo hablar una le cuenta lo que ha vivido, a la otra persona se le ilumina el rostro y se abre más todavía. Eso sí, es muy importante dejar hablar a la otra persona. Si una ya fue sanada en lo suyo, ahora es al otro a quien debemos ministrar, es la necesidad del otro la que es importante. Si el consuelo está en tu corazón, se lo puedes extender a otros, sin hablar mucho de “lo que nos pasó”. Sólo una mención basta para que el otro entienda que lo comprendemos.
Por otro lado, algo que me ayudó mucho en todos estos años, hasta que pude tener mi propio hijo, fue que las demás mamas me prestaran los suyos y poder tomar contacto con esos nenes. Quedé muy agradecida a ellas.

A.T. – Maria Alba Cortez de Trucco (43), 9 años de casada, 1 hijo, 2 embarazos perdidos, ama de casa. Estudió bachillerato y podología.
P.A. – Pabicia Inés Camiña de Ancarola (30), l0 años de casada, 1 hijo, 3 embarazos Perdidos, ama de casa. Estudió licenciatura en sicología.
L.D.M. – Liliana Vázquez de De Marco (33), 7 años de casada 3 hijos, 3 embarazos perdidos, ama de casa. Estudió bachillerato en teología y secretariado ejecutivo

Apuntes Pastorales, Vol. VI – Nº 4, Edit. Desarrollo Cristiano, 1989.

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Daniel Diaz Nauto

Daniel Diaz Nauto

Director, Editor, Webmaster entre otras funciones de la Red PoderyGloria. Hace 12 años se dedica a la informatica, amante a la fotografía y estudiante de teología. Le gusta disfrutar de aquella música que llega a lo profundo del corazón.


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