Ellas y Ellos

Preparación para el matrimonio.

Cuando llega la decisión de casarse, la mayoría de la preparación gira en torno a la boda y la vivienda. Los novios pasan meses centrándose en sus trajes, la ceremonia, el convite, los invitados, la vajilla para la casa, el estilo de los muebles, la luna de miel, y enésimos detalles que los expertos en marketing les recuerdan cariñosamente.

La novia empieza a adelgazar, siguiendo los consejos de las revistas, y, de vez en cuando le insiste a su madre,   «Ah, deja que haga yo la comida mañana, que tengo que practicar. ¿Cuándo me has dicho que hay que descongelar la carne?»

Son tareas inolvidables e intensas, pero no son las más importantes. Al fin y al cabo, ¿para qué se preparan? No para un sólo día más o menos idílico, ni siquiera para compartir «el nidito de amor», sino para una vida entera juntos como matrimonio.

¿Cómo será el matrimonio?

Antes de casarme, intenté entrenarme para los cambios más catastróficos. A las voces de mis «entrenadores oficiales», como mis padres y otras personas respetadas, se añadieron muchas otras que procuraban mentalizarme en cuanto a mis responsabilidades hogareñas, los desengaños con la raza masculina o las relaciones físicas.

Sin embargo, meses después de la boda, me di cuenta de que la alteración más revolucionaria, para mí por lo menos, no estaba tan vinculada a las circunstancias o a las adaptaciones físicas sino a mi mentalidad.

Por ejemplo, un gran cambio tiene que ver con la independencia y el aprender a trabajar en equipo y en sumisión. No es que ya no pueda ser yo misma, o que de repente no tengamos criterio independiente – sino que ahora tenemos que tirar del carro en la misma dirección.

Las decisiones individuales se han convertido en decisiones conjuntas, y en diferencias irreconciliables, él tiene la última palabra porque es el cabeza de familia, como indican las Escrituras.

A raíz de esta transformación de mentalidad, empecé a experimentar como nunca lo egoísta que soy. En el noviazgo, sólo compartíamos la vida. Ahora su vida es mi vida. Todo afecta a mi media naranja, y mucho más que en el noviazgo. Varios ejemplos:

* Antes podía llegar a casa y comer un yogur para cenar. Ahora tengo que acordarme de que él tiene el doble de hambre que yo.
* Antes él sólo tenía que aguantar mis cambios de humor durante el rato que quedáramos. Ahora puedo amargarle la vida durante días.
* Antes podía tomar cualquier decisión económica sin consultar a nadie, desde comprarme un vestido hasta vender el coche. Ahora tenemos un presupuesto conjunto que hay que respetar.

Lejos de calificar esta transición como negativa, sigo avanzando en el aprendizaje de amar a otra persona más que a mí misma.
Gracias a Dios, en la última década se ha enfatizado cada vez más la preparación para el matrimonio en nuestras iglesias.

Hay grupos y material que se dedica a ayudar a los novios a pensar más allá de la boda, la vivienda y las tareas domésticas. Con estas ideas sencillas quiero animar a las novias a que se preparen para la relación del matrimonio:
Aprender a servir

Aprovecha todas las oportunidades antes del matrimonio para servir a los demás. Cuando te cases, empezarás a dar más que en toda tu vida…y tu marido también.

Una idea para romper un estilo de vida egoísta, es tener un flujo más o menos constante de gente en tu casa – de edades y trasfondos distintos, no sólo tus amigos. Esto te ayuda a compartir y a entrar en el mundo de la realidad. Si vives con los padres y te lo han hecho todo toda tu vida: empieza a fregar tú, cocinar, limpiar, contentarse en el presente, viviendo la alegría y las responsabilidades de cada momento, sin soñar que el matrimonio te sacará de tu mazmorra insatisfactoria.

Ninguna situación es la perfecta: ni vivir con los padres, sola, o con el marido. Todas tienen sus más y sus menos, y la clave del contentamiento no está en las circunstancias, sino en el interior. Usa las circunstancias difíciles, más bien, como pruebas en las que Dios puede obrar en tu vida y prepararte para retos mayores.

Por ejemplo, si aprendes a responder amablemente a tus hermanos cuando te interrumpen, resultará más fácil hacer lo mismo a tu marido, y más adelante a tus hijos.

Compartir expectativas, temores y metas cara al matrimonio con una pareja casada, que además sea cristiana y madura. La pareja puede hacer preguntas para clarificar las expectativas y ayudaros a ver cuáles son poco realistas.

También es importante hablar de los temores que se tienen. En cuanto a metas, marcadlas (para la vida, de aquí a cinco años, para el primer año, etc.) teniendo claro que vais a vivir para algo más que el matrimonio, ya que todo lo que esperamos de la vida no se resume en el matrimonio, ni en otros objetivos dignos, sino en conocer y seguir a Cristo. Recuerda además que ¡el Señor vuelve pronto!

NO vivir juntos antes del matrimonio.

Hay quien dice: «El matrimonio es tan serio que hay que vivir juntos antes de casarse…por si acaso hay algo que no funciona». Las Escrituras prohiben las relaciones prematrimoniales (fornicación) tajantemente, y no es por casualidad, como demuestran los estudios sociológicos. Por ejemplo, el índice de divorcio entre parejas que viven juntos antes de casarse, es 50 por ciento más alto que entre los que no.*

Huir de la hipocresía

Pocas parejas cristianas vivirían juntos, pero sí se acercan demasiado físicamente en el noviazgo, y sobre todo al final: «para que el matrimonio no sea un shock…» La estimulación, junto con la relación sexual, pertenece al marco adecuado y seguro (el matrimonio) para disfrutarla completamente, ¡como Dios manda! El postre sabe mucho mejor cuando se deja para el momento indicado – la noche de bodas – así que marcad el límite delante del Dios que lo ve todo y guardadlo hasta ese momento. Para profundizar en este tema, hay dos capítulos útiles, «El sexo prematrimonial y extraconyugal» y «Las caricias prematrimoniales», en Tu media naranja por Jaime Fasold (Editorial Portavoz, 1998).
Asistir a un buen programa de orientación para el matrimonio como, en España, el SOM (De Familia a Familia).

Aparte de hablar de la boda desde una perspectiva distinta a la de la sociedad, se estudian las diferencias entre los hombres y las mujeres, cómo preparar un presupuesto juntos, cómo cultivar una vida espiritual en familia y qué tener en cuenta para la luna de miel, por ejemplo. Os ayudará a hablar de temas que no se os habían ocurrido.

Fomentar buenos hábitos en el noviazgo que se puedan transmitir al matrimonio como, por ejemplo, orar juntos todos los días; crear buenos patrones de comunicación; resolver problemas y discusiones sin huir; saber pedir perdón. En cuanto a éste último, ¡lo tendrás que pedir mucho más a menudo cuando te cases!

En nuestras clases de orientación, aprendimos que el matrimonio no es un paquete, listo para abrir el día de la boda y lleno de todo lo que esperamos. En realidad, el matrimonio es un baúl vacío: consistirá en lo que le aportemos a diario. Así que no dejéis los buenos hábitos una vez casados, como diciendo: «¡Ya lo hemos conseguido!»

¿Nos hacemos una idea de lo que supone la revolución del matrimonio?¡Hay que prepararse para estos cambios, no sólo para compartir un día bonito y luego una casa!

*Dr. James Dobson, «Seven Keys to Lifelong Love» (Siete claves para un amor de por vida).

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Ingrid San Martin

Ingrid San Martin

Editora general de la red PoderyGloria.