Ellas y Ellos

En busca del amor perfecto

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Ingrid San Martin
Escrito por Ingrid San Martin

Cuando Jim Daly, presidente de Enfoque a la Familia desde 2005, se propuso tomarse un café con un destacado activista homosexual, uno de sus colegas cristianos le expresó su preocupación en cuanto a la reunión, temiendo que esa acción fuera comprometedora para el ministerio. “Te entiendo”, dijo Daly, “pero no creo que tenemos la autoridad de elegir con quien podemos compartir el evangelio”.

Por tanto, Daly acudió a la cita con el activista. Los dos tuvieron un diálogo sobre el propósito de Dios para el matrimonio, y conversaron con respeto como lo harían dos nuevos amigos. Hacia el final de la reunión, Daly sintió un suave impulso del Espíritu Santo. “Dios te ama a ti tanto como a mí”, le dijo. “¿Sabías esto?”

El activista se quedó en silencio mientras bajaba la cabeza y los ojos se le inundaban de lágrimas. Era la primera vez que un cristiano le había transmitido el mensaje de que Cristo lo amaba tal y como era. “Lamentablemente, muchas veces caemos en la trampa de querer tener la razón, en vez de querer amar adecuadamente”, escribe Daly en su libro más reciente: ReFocus (Reenfoque). “[El amor] comienza con reconocer verdaderamente que quienes tienen creencias o puntos de vista diferentes, no son en realidad nuestros enemigos”, dice. “Son seres humanos como nosotros, creados a imagen de Dios igual que nosotros, y por esa razón merecen ser tratados de una manera digna y respetuosa”.

Génesis contiene un bellísimo relato de la creación, que describe a la humanidad como hecha a la imagen de Dios. Eso significa que la imagen de Dios está en cada hombre y en cada mujer —en los pastores, las prostitutas, los contadores, los diseñadores, los asesinos, las madres, los homosexuales, en usted. Pero si creemos en verdad que la imagen de Dios está en todas las personas con que nos topamos, ¿cómo debemos tratar a nuestros prójimos (incluso con quienes no estemos de acuerdo)? “Con ella [la lengua] bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios”, dice Santiago 3.9.

El libro de Daly fue publicado poco después de la reciente elección presidencial. Como líder prominente de la comunidad cristiana internacional, pudo haber utilizado su libro como plataforma para hablar a favor de su candidato favorito.

Pudo haber presentado una lista de razones convincentes para votar por algún político o partido, y condenar al candidato que menos le gustara. Pero en vez de reunir fuerzas para apoyar una causa terrenal, Daly implora a los cristianos que imiten al Rey eterno.

Por la lectura de la Biblia sabemos que Jesús de Nazaret fue un hombre perfecto. El diccionario Merriam-Webster define a la palabra “perfecto” como “ser completamente sin tacha o defecto, impecable”; y “que satisface todos los requerimientos: preciso”.

Para comprender la plenitud de la perfección de Cristo, debemos verlo simultáneamente como impecable y preciso. Decir que Cristo fue perfecto porque Él nunca participó en actividades que pusieran fin a su relación con Dios el Padre es cierto, pero ese es un concepto limitado de la perfección.

Muchos cristianos de la iglesia de hoy enseñan solamente la impecabilidad de Jesús: que nunca se emborrachó; que nunca murmuró acerca de Judas con los otros discípulos; que nunca fornicó; que nunca bailó provocativamente; o que nunca se rebeló contra su Padre.

Pero, si bien la impecabilidad de Cristo es una razón de peso para describirlo como perfecto, no es la única razón. Jesús es perfecto, porque su amor es perfecto. Él, que existió aun antes de la creación, que abandonó su puesto en el cielo para extender una invitación de vida a todos, y que reinará como Rey para siempre, puede “satisfacer todos los requerimientos” del amor.

De hecho, todo el ministerio de Jesús en la Tierra se basó en la demostración del amor del Padre celestial mediante hechos tangibles. Si realmente estamos buscando vivir como Cristo, ¿no deberíamos tener nuestros corazones desgarrados por las personas que Él ama?

Por más de 2.000 años, el pueblo de Dios ha sido tentado a hacer de la religión una lista de actividades de las que hay que abstenerse, en vez de vivir poniendo en práctica el amor que Dios exige para la perfección. “Eso es interesante”, dijo Daly en una entrevista con En Contacto.

“Si nos fijamos en la historia de la iglesia primitiva, la atención estaba puesta, en realidad, en las cosas que debemos hacer: rescatar a los bebés de los ríos (la forma que había de infanticidio), alimentar y vestir a los pobres, cuidar de las viudas y de los huérfanos”.

En Mateo 25, Jesús habla de una visión del cielo y del Rey de gloria sentado en su trono eterno. En el juicio, el Cristo resucitado dirá a sus justos: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí” (vv. 35, 36).

El pasaje sugiere que quienes “hacen la palabra de Dios” tratando al sediento, al forastero, al pobre, al enfermo y al prisionero como si llevaran la imagen misma de Dios, “[heredarán] el reino preparado para [ellos] desde la creación del mundo” (v. 34). Parece que Dios pone exigencias muy claras a los seguidores de Cristo: al igual que Jesús, tenemos la orden de acercarnos a los marginados de la sociedad.

Daly ofrece un recordatorio alentador. “En este momento, en algún lugar del mundo, un cristiano está amando abnegadamente y ministrando a alguien en cada grupo de personas desfavorecidas o marginadas que existe: enfermos, pobres, discapacitados, huérfanos de madre o padre…” Pensemos en cómo podemos unirnos a ellos como embajadores del amor perfecto de Cristo.

Fuente: www.sigueme.net

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Editora general de la red PoderyGloria.


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