Ellas y Ellos

¡Dios mío, llegaré tarde otra vez!

reloj¡Qué esposa de pastor o fiel asistente a la iglesia no conoce los afanes del domingo en la mañana! Preparar el desayuno, sacar a los chicos de la cama, lograr que se vistan bien… Y mil cosas más, hacen que lograr salir de la casa sea una tarea titánica. La autora con un gran sentido del humor nos presenta una cronología de un domingo típico ¡de locura!

Al abrir mis ojos me encuentro con un día hermoso. Los rayos del sol, los trinos de los pájaros atraviesan mi ventana. Sonrío, dándome vuelta en la cama para llegar hasta mi esposo y desearle un buen día. La cama está vacía. ¡Es domingo! Un sentimiento de horror (y luego de culpa) barre con todo mi buen humor. ¿Por qué quise alguna vez ser esposa de pastor? Debo vestir a niños maldispuestos, llenar la bolsa de pañales, cargar el automóvil y llegar a la iglesia a tiempo. No puedo detenerme.

7:00 a.m. El desayuno comienza con quejidos de la niña de preescolar por no ver a su papá, y con el bebé tirando avena a través de la habitación. Mientras lavo botellas, guardo pañales y alimento al bebé, consumo una tostada en medio de carreras de aquí para allá.

7:20 a.m. La niña de preescolar, rebosante de emoción, escoge la ropa que quiere usar para ir a la iglesia. Ignora mi selección de ropa sobre la cama y crea su propio conjunto.

7:30 a.m. Trato de encontrar ropa limpia para el bebé y para mí misma. Yendo hacia el lavadero, voy abriéndome camino entre un mar de ollas, frascos y juguetes diseminados por el suelo. Cuando encuentro la última ropa limpia en toda la casa, oro porque nadie vomite o derrame jugo sobre ella en el transcurso de la siguiente hora.

Sujeto bien los pañales al bebé, y trato de introducir sus piernitas en las pequeñas aberturas del enterizo. Un campeonato de lucha no tiene comparación con la tarea de vestir al bebé. Cada botón, cada cierre que consigo cerrar es una victoria. La transpiración corre por mi frente mientras termino de atarle los zapatos. Lo acomodo en un lugar seguro y comienza a chillar. Sacude su pie y lanza el zapato a través de la habitación. Me rindo y tiro el zapato en la bolsa de pañales.

7:40 a.m. La niña de preescolar emerge triunfante de su cuarto «lista para ir a la iglesia»». Exhibe con orgullo y convicción un diseño de rayas y puntos. El bebé aplaude, pero yo insisto en que cambie su ropa por un vestido de tafetán rosa. «¡Qué aburrido!», gruñe ella.

8:00 a.m. Corro para vestirme y tirarme un poco de maquillaje encima mientras la niña lloriquea y el bebé saca todos los juguetes que hay en la casa. Entre las tareas, separo un poco de jugo, voy detrás del bebé y busco un sobre para la ofrenda.

8:40 a.m. Pongo toda clase de artículos esenciales en la bolsa de los pañales hasta abarrotarla: pañales, franelas, botellas, «paquetitos», un libro para colorear, crayones, una Barbie. Colocar todo en una bolsa es una verdadera victoria moral.

9:00 a.m. Entramos al auto. Me miro en el espejo retrovisor. Luzco como la novia de Frankestein sin máscara ni lápiz labial. Mientras me aplico cosméticos, trato de recorrer en mi mente la lista de las cosas necesarias: niños, Biblia, ofrenda… ¡uy! no está la bolsa de pañales. Vuelo hasta la casa en busca de mi cargamento, y me encuentro con el caos total. Una pila de platos sucios, baños desordenados y juguetes tirados por todas partes me esperan al regreso. Contemplo huir de casa.

9:10 a.m. Manejo en silencio. Trato de suprimir mi fatiga, enojo y frustración, pero aún me pregunto: «Dios, ¿por qué estoy haciendo todo esto? ¿Qué sentido tiene?» Al llegar a la iglesia, dirijo la mirada hasta mis zapatos. Uno negro, el otro azul marino. Tal vez nadie se dé cuenta. Descargo todo del automóvil, la bolsa para pañales, cartera, Biblia y, cargando un niño en cada brazo, entro a la iglesia.

9:25 a.m. Insisto en que la niña vaya al baño antes de la escuela dominical. Sobreviene la Tercera Guerra Mundial. Sonidos de gritos histéricos y llantos se originan desde el baño. Los gritos destemplados salen amplificados al corredor, a través de las paredes embaldosadas; mientras tanto el bebé juega en el otro baño. Finalmente, cuando emergemos de la batalla con nuestra misión cumplida, mi malhumorada hija murmura: «No precisaba ir». Al minuto siguiente desaparece dentro de su clase, con una sonrisa de oreja a oreja para su maestra.

9:30 a.m. Apresuro el paso hacia la guardería donde vislumbro mi libertad inminente. Rápidamente dejo al bebé allí y corro a la clase bíblica para consumir cafeína y mantener conversaciones de adultos. Demacrada y desgreñada, entro tarde a la clase tambaleándome. Mi marido me da una valiente sonrisa mientras toma sorbos de café. «¿Tuviste una mala mañana, querida? ¿Qué pasó con tus zapatos?» Fantaseo con la idea de tirarle café caliente por la cabeza y refunfuño: «Son tus hijos, no míos»» (Sin embargo, sus rasgos prueban lo contrario).

10:20 a.m. Algo rejuvenecida luego de la escuela dominical, recojo a la pequeña y me uno al resto de la congregación. Al verse ante la posibilidad de una hora de confinamiento por delante, se toma su tiempo para escoger un banco. Una vez instalada, se ocupa de desparramar sus bolitas de queso, de hacer malabarismo con los crayones y cantar en el momento indebido. Se menea bajando y subiendo de mi falda unas cuarenta y dos veces antes del mensaje. A su regreso de la charla para niños, se pierde en el gran santuario. Esta experiencia la calma un poco, al menos durante unos tres minutos. Al rato le lee un libro a Barbie, colorea el boletín y simula que tiene que ir al baño.

11:30 a.m. Suenan algunos acordes del himno de clausura. Mi corazón salta de alegría. Llevo a mi hija hasta el atrio para que salude a los feligreses con su papá y vuelvo a atacar el desorden que dejó en el banco. Al levantar restos de comida, libros, crayones, pedazos del boletín, me pregunto: ¿Señor, por qué estoy aquí? Lo único que saqué del servicio son marcas permanentes en mi falda de las hebillas de los zapatos de mi hija.

En ese momento una mujer joven apoya su mano en mi brazo y me dice: «Usted ha sido de inspiración para mí hoy. Mi hijo Andrés tiene la misma edad de su hija. Observé como la manejaba. Dejó que jugara tranquilamente en el suelo, sin esperar una conducta perfecta. Tomó cuidado de cada cosa con confianza. Usted es como yo; tiene que hacer esto sola todas las semanas. Gracias por el aliento que me ha dado»». Habla rápidamente y desaparece al instante.

11:40 a.m. Pasmada pero extática por sus palabras levanto a mi hijo con un paso ligero. Mi esposo me espera en su escritorio con una breve sonrisa : «Cariño, ha surgido un imprevisto. Una familia que he estado aconsejando está aquí, y precisan hablar conmigo. Lo siento, pero es una emergencia. Pasaremos la tarde juntos. Llevaré a los niños hasta el auto».

Comienzan a formarse nubes tormentosas en mi mente mientras me imagino un almuerzo a solas con niños cansados, fastidiosos en una casa que parece un área de desastre nacional. Tomo la bolsa de pañales y sombríamente junto los papeles de la escuela dominical.

La familia que precisa consejo está a la salida de la oficina, esperando a su pastor. El señor se me acerca y me dice: «Gracias por entregar su almuerzo dominical. Su esposo ha hecho mucho por nosotros. Nos ha ayudado a mantener nuestro matrimonio. Apreciamos su sacrificio». Le agradecí por lo que me dijo y salí apresuradamente.

11:50 a.m. Al conducir por el largo camino a casa reflexiono sobre los eventos de esa mañana y doy gracias a Dios porque no todos los domingos son el caos de esta mañana. Sin embargo Dios me dio un regalo en medio de la confusión. A través de dos individuos Él me mostró el valor de mis luchas dominicales, recordándome que estoy haciendo su obra de muchas maneras, aún cuando a veces no soy una compañera tan dispuesta.

Fuente: Desarrollo Cristiano.

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Daniel Diaz Nauto

Daniel Diaz Nauto

Director, Editor, Webmaster entre otras funciones de la Red PoderyGloria. Hace 12 años se dedica a la informatica, amante a la fotografía y estudiante de teología. Le gusta disfrutar de aquella música que llega a lo profundo del corazón.