golpeadaPocos años atrás la escuela cristiana de nuestro barrio había programado una actividad para mujeres, tal como lo hacía cada año. A las invitadas se les había anticipado que en esta ocasión contarían con la presencia de una reconocida conferencista femenina, en medio de un programa bien atractivo.

Ante esas expectativas, cuando todas las presentes esperaban que el programa diera comienzo de manera festiva y divertida igual que cada año, la conferencista tomó una silla y se sentó delante del auditorio y comenzó en forma muy distinta, con una charla larga sobre el abuso que sufren las esposas por parte de sus maridos. Durante el discurso era visible el enojo de las organizadoras. No podían imaginar un mensaje “más inapropiado”, a su entender.

Sin embargo, imagínese el asombro de estas mismas mujeres cuando, después del mensaje, y cuando pensaban que la actividad estaba tornándose desagradable para las presentes, la conferencista fue literalmente “asaltada” por las mujeres que la habían escuchado. Apenas había terminado cuando las mujeres comenzaron a bajar por las escaleras, pidiendo tener una entrevista privada con ella. La actividad duró todo el día, pero a cada minuto se veía a la oradora aconsejando a distintas mujeres cuyas vidas habían sido entristecidas por el abuso en sus hogares.

La irritación inicial de las organizadoras es fácilmente comprensible. Muchos asumen prematuramente que este tipo de problemas sólo ocurre en hogares aislados donde hay alcohólicos y gente de mal vivir, por lo que no vale la pena hablar sobre el mismo, ¡y menos en una actividad así, de gente normal y la mayoría cristiana!

ALCANCES

¿Es el abuso de las esposas un problema generalizado? La respuesta es sí. Sin embargo es difícil de determinar cuán serio es. Aun en los hogares llamados cristianos se padece, y las mujeres cristianas no se inclinan a hablar de ello. Craig Massey, un reconocido consejero familiar, dice que muchas de las mujeres que buscan su ayuda son esposas que han sufrido golpizas y maltrato. Y según él, las estadísticas realizadas por fuentes seculares se aplican en igualdad para las familias cristianas.

En su libro Sin lugar para esconderse, Esther L Olson dice que más de la mitad de las mujeres abusadas son “religiosas” o “profundamente religiosas”. Catalina Santucci, otra consejera cristiana, dice que un alto porcentaje de quienes concurren a su consultorio son mujeres cristianas que tratan de hacer frente a un inflexible abuso.

Sospecho que muchas mujeres cristianas infelices no consultan a sus pastores ni a consejeros profesionales. Saben por experiencia que, la mayoría de las veces, lo único que consiguen es un impotente encogimiento de hombros y una exhortación a orar con más fervor, a tratar de ser alegres y calladamente sumisas. De esta manera, se les dice, ganarán a sus esposos y entonces el abuso terminará.

Después de diez o más años de sufrimiento, las esposas abusadas no son fácilmente alentadas por una homilía sobre las virtudes de la sumisión. Podrá servir para algunas mujeres, pero no para ellas; sus esposos siguen siendo tan crueles como siempre. Muchas esposas que han sufrido por mucho tiempo no quieren consultar a un consejero matrimonial. Sienten que todo el consejo del mundo no puede cambiar sus circunstancias o hacerles más fácil el encarar a sus violentos e insensibles esposos. “Por qué ir a un consejero?”, piensan. Y se guardan sus problemas.

Así las cosas, el abuso en ellas es privadamente administrado y privadamente soportado.

LA INFORMACION TRASCIENDE

Es muy duro mantener un secreto tan doloroso. A la corta o a la larga, todo se sabe. Recientemente vi los resultados de un cuestionario realizado por un consejero matrimonial a cuarenta mujeres que tenían entre 25 y 65 años de edad. Todas eran miembros de alguna iglesia y casadas con hombres que se llamaban cristianos. Las mujeres respondieron sobre el matrimonio, y la pregunta más fuerte era si habían considerado alguna vez el suicidio. Casi la mitad contestaron que sí. Continuando el cuestionario, casi todas dijeron que aún estaban perturbadas por las cosas que las habían hecho pensar en la autodestrucción como una posible solución.

¿Por qué esas mujeres habían considerado aun por un momento el pensamiento del suicidio? Entre las varias razones, la mayoría era por el abuso y el maltrato que recibían en su casa. Sus esposos las golpeaban o insultaban continuamente, o las trataban como si fueran sirvientas.

Estas mujeres eran terriblemente infelices. Más de la mitad del total habían pensado seriamente en tener una aventura con otro hombre. Todo esto no hace más que revelar la permanente infelicidad de muchas mujeres que suelen parecernos contentas. Son infelices porque sus esposos abusan de ellas.

GOLPES DE BOCA

Al escuchar el término “abuso”, la mayoría piensa inmediatamente en violencia física, y casi todos conocemos a alguna mujer cuyo esposo la golpea de tanto en tanto. Pero el abuso emocional es el más común, especialmente en la comunidad cristiana.

Los hombres cristianos que no pueden pensar en golpear a sus esposas “porque la religión se los prohibe”, las insultan y maltratan de palabra, y a veces hasta lo hacen públicamente. Muchas veces estos “golpes de boca” son tan o más dolorosos que los de puño. Solamente Dios sabe del grado de sufrimiento soportado por mujeres cuyos maridos las tratan con desprecio o que las engañan abiertamente.

La infidelidad es dolorosa, y la mujer latina ha soportado por muchos años la tolerancia popular hacia la infidelidad masculina, como “menos grave” que la femenina. Sin embargo hay otras formas de desprecio que pueden ser más dolorosas a través del tiempo.

Durante la boda el novio realiza sonrientes promesas. Él amará y cuidará a su esposa hasta que la muerte los separe. Unos pocos años más tarde el amor y el cuidado son olvidados. No hay ningún tipo de cuidado, y si hay amor, no es el amor que describía el pastor o el sacerdote aquella noche de ceremonia, o el que describe la Biblia en 1 Corintios 13 o Efesios 5, donde se les pide a los esposos cristianos que amen a sus esposas “como Cristo amó a la iglesia” (vers.25). En su lugar, hay una dura indiferencia, y a veces un estudiado desprecio, acompañado de un horrible abuso verbal.

¿PROBLEMA INTIMO O DE TODOS?

Que muchas mujeres sean golpeadas en la intimidad de sus hogares no hace que ese sea un “problema de pareja”. Nosotros, como cristianos, no podemos permanecer indiferentes a estas realidades. El resto de la sociedad deja pasar todas esas cosas, pero nuestros patrones son más elevados si en verdad Cristo ha comenzado una nueva vida en nosotros y nuestro interés por la gente debe ser más sincero. La iglesia debe enseñar a los esposos cómo amar a sus esposas. Los sermones sobre el amor no son suficientes. Son necesarios métodos más directos para con los hombres. Cuando las mujeres son abusadas físicamente se necesita más que una homilía o un sermón. Ellas necesitan protección. Esther Lee Olson cuenta de una mujer golpeada. Su esposo es un encantador hombre en la iglesia y en el trabajo, pero golpea a su mujer en el hogar. Si ella llegara a decir algo de su esposo, la mayoría no le creería, o sería indiferente.

¿QUE HACE LA VICTIMA?

Tal vez la parte más angustiosa es el constante fracaso de voluntad de la esposa. Después de una particular y salvaje golpiza, ella resuelve abandonar a su esposo… la próxima vez. Entonces esa “próxima vez” se repite una y otra vez, y aún ella retuerce angustiosamente sus manos, incapaz de la acción.

Son varias las razones por las cuales muchas mujeres quedan sin hacer nada. Está el miedo a ser abandonada por la sociedad, no tener como sobrevivir con los hijos, el miedo a perder a éstos, la esperanza de que “tal vez cambie”, etcétera. Pero hay una razón que es casi paralizante y es ni más ni menos que el temor de que los golpes sean por su propia culpa; al fin y al cabo merecidos. Muchas de las esposas golpeadas han sido condicionadas a pensar que merecen los golpes que ellos les proporcionan. Si sus padres las golpeaban, pues “era porque lo merecían”, y de adultas la historia se repite. La sicóloga Paula J. Caplan deplora el hecho de que muchas mujeres que tratan de evitar el dolor y buscan ayuda son acusadas de “desear el dolor por razones masoquistas”. Después de años de horrorosos golpes, una amiga mía consultó a un psiquiatra cristiano, solamente para que se le dijera que ella “debía conseguir algo de los golpes”, que debía aprender algo con ellos.

La mujer del estudio de Olson tal vez nunca escuchó del masoquismo pero ella probablemente sentía que podía obtener poca ayuda de consejeros profesionales. Además, sus miedos habían sido confirmados por subsecuentes eventos. Después de años de golpizas, cientos de golpes, algunos terriblemente salvajes, finalmente esa mujer hizo algo: le dijo a su pastor que iba a abandonar a su esposo, y lo hizo. Dos meses más tarde había regresado. Había sucumbido a la presión, mayormente la de su pastor.

¿QUE HACEMOS CON LA VICTIMA?

Atribuyéndole la culpa a ella, su pastor la persuadió de volver con el hombre que la había tratado como una “bolsa de box” durante casi veinte años. Le dijo que su matrimonio era demasiado precioso para que terminara por cosas que podían ser salvadas. Ya que su esposo había cambiado en los dos meses que ella se había ido, ¿no le daría otra oportunidad? Rápidamente ella sucumbió. Volvió con su marido. Para el pastor, esa había sido una victoria fácil. Él había salvado el matrimonio.

¿Por qué el pastor la hizo regresar?, es la pregunta crítica. La respuesta cae esencialmente en tres convicciones correctas, no obstante fundamentalmente engañosas. La primera, concerniente a la santidad del matrimonio; la segunda es sobre la importancia de la sumisión en un saludable matrimonio. La tercera es el perdón cristiano.

El pastor se enteró de los golpes dieciocho años después que se iniciaron, y determinó “salvar” el matrimonio. Según él razonó, el objetivo era la reconciliación con su esposo. Ese fue su primer error. La reconciliación es el último objetivo en la consejería matrimonial, y no siempre es el objetivo inmediato. Cuando una mujer abandona a su esposo por abuso físico, el objetivo inmediato es el bienestar físico y emocional de la mujer; la restauración de los daños en su alma. El consejero debería creerle cuando ella le cuenta que ha sido golpeada cientos de veces, y no debería creer tan rápido al esposo cuando él le dice que ha cambiado. Creer rápido al esposo fue el segundo error que el consejero realizó.

¡Un hombre cambiado después de dos meses es insuficiente! Con Dios nada es imposible, pero ese hombre era un cristiano profesante durante todo el tiempo que golpeó a su esposa. Él es quien debe, ahora, probar que es un hombre cambiado, y para probarlo toma tiempo; mucho tiempo.

Es común que crónicos “galanes” que golpean a sus esposas, decidan acercarse a un consejero o al ministro de la iglesia buscando ayuda, especialmente cuando sus sufrientes esposas han decidido no sufrir más y los dejan. Un hombre dijo: “He cambiado! ¡Soy una nueva criatura en Cristo!”, y la iglesia, que cree en conversiones dramáticas, inmediatamente cree en él. Luego se realiza la presión sobre la esposa para que vuelva con él. “Esta es su obligación como cristiana”, dicen.

Ella necesita tiempo, mucho tiempo, …pero no se le da ese tiempo. El pastor vuelve con el marido y juntos presionan a la mujer. Súbitamente, la mujer que ha sido abusada al punto de llegar a ser intolerable para ella, es tratada en el rol inverso. Ahora ella es la pecadora del drama, no la víctima contra quien se ha pecado. La presión suele ser abrumadora, y la mayoría de las mujeres eventualmente sucumben ante ella. Vuelven al hogar, y para los de afuera se ha conseguido una aparente reconciliación. Ante esa presión, la mujer generalmente vuelve. Vencida y quebrantada, no tiene alternativa.

“El matrimonio ahora está bien; ha sido reconstruido”, dicen. Pero una mujer ha sido gravemente tratada, y sólo Dios sabe lo que sucede en el alma de una mujer que pidió pan y se le dio una piedra. Y aun cuando ella tome la piedra y diga: “¡Qué bueno este pan!”, debemos preguntarnos si no lo dice por sucumbir a la presión socioreligiosa de quienes la rodean. Recordemos que una persona que ha sido largamente maltratada puede llegar a decir cualquier cosa que sus oyentes quieran escuchar, con tal de conseguir algo de aceptación.

LA BIBLIA, EL AMOR Y LA SUJECIÓN DE LA ESPOSA

La mujer debe estar sujeta a su marido, según nos enseña la Biblia. No obstante a veces esta gran verdad suele tener un énfasis equivocado.

Aunque creamos que, personalmente, somos equilibrados, debemos reconocer que nuestras tendencias naturales tiran hacia los extremos. Para nosotros el equilibrio no es fácil, sin embargo debemos procurarlo. El concepto de que un matrimonio cristiano saludable es aquel en que la tarea del esposo es amar a su esposa, y la de la esposa es someterse al esposo, es bastante simplista e incompleto. Supuestamente, está basado en el extenso pasaje de Efesios 5 y se afirma una falsa distinción entre amor y sumisión. En realidad son las dos caras de una misma moneda. El principio básico sobre el matrimonio está en Génesis 2.24: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”.

La unidad es el significado del matrimonio. Este concepto de unidad es restablecido en Efesios 5, pero tiende a perderse en la contemplación de otros temas como sumisión, amor y la relación entre Cristo y la Iglesia. También se pierde la mutualidad de la sumisión. Lo que el apóstol Pablo dice a las esposas y a los esposos fluye de su exhortación a vivir una vida llena del Espíritu. Lo que significa estar lleno del Espíritu está expresado en cuatro gerundios: hablando uno al otro, cantando al Señor, dando gracias a Dios el Padre, y sometiéndose uno al otro.

Entonces le dice a las esposas que se sometan a sus propios maridos, y a los esposos que amen a sus esposas. Eso es precisamente lo que las esposas y los esposos necesitan oír, allá entonces y aquí ahora. Pero es obvio que el decirle a una esposa que se someta a su esposo no exime al esposo de la necesidad de someterse a ella.

Tampoco la fuerte exhortación a los esposos de amar a sus esposas implica que las esposas no deben amar a sus esposos o que el amor a sus esposos es automático. En Tito 2, el mismo apóstol Pablo les dice a las ancianas que “enseñen a las jóvenes a amar a sus esposos”, inútil exhortación si el amor a los esposos fuera automático. Amar y someterse son obligaciones mutuas en un matrimonio cristiano. Cada uno es la imagen del otro.

En 1 Corintios 13 se clarifica cualquier duda sobre la responsabilidad del esposo de amar a su esposa: El amor se da solamente cuando los hombres tratan a sus esposas con un profundo respeto. El amor “no es indecoroso, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor …todo lo soporta” (versos 5 y 7).

Cualquiera que piense que esa clase de amor no llama a la sujeción, pues nunca lo ha probado. Nunca ha amado a su esposa de la manera en que Dios lo propone.

Es más difícil enseñar a un hombre cristiano a amar a su esposa que forzar a una mujer cristiana a someterse a la autoridad de su marido. De aquí el desequilibrio que ha causado tanto dolor a tantas mujeres.

Los hombres que deberían conocer mejor 1 Corintios 13 lo leen como si fuera una hermosa poesía, pero no como la práctica exhortación que es. Ellos asumen que nadie puede amar realmente a su esposa “como Cristo amó a la iglesia”. Entonces, ¿por qué insistir en una aplicación literal? Es difícil amar a la esposa. Es más fácil dominarla.

Es fácil ver por qué las esposas abusadas obtienen poca ayuda. Aun sus padres las tratan como si los golpes o el abuso verbal fueran por su culpa. Los padres unen sus manos al pastor para hacerla volver al hogar. Nadie se pregunta si ella puede tener justas razones para no querer volver. Sin embargo es precisamente esa la pregunta que deberían hacerse. Ciertamente Pablo entendía que algunos matrimonios eran intolerables; él mismo admitió que una mujer cristiana podía no permanecer en la misma casa que su marido pagano. En algunos casos sí, en otros no (1 Corintios 7).

Los tiempos están cambiando. El mundo secular está tomando otra visión de la incómoda y hasta ahora indisputable forma de tratar a las mujeres. Las mujeres golpeadas no serán más tildadas de masoquistas; muchos profesionales están comenzando a admitir que la mayoría de ellas ni buscan ni les agrada ser golpeadas. Es hora también que la Iglesia cambie algunas de sus actitudes hacia las mujeres que sufren el calvario de ser golpeadas. Los cristianos del mundo deben a sus hermanas abusadas un mejor trato que el que han venido experimentando hasta ahora.

ALGUNAS NO VUELVEN

Cuando hay fuerte presión del entorno, rara vez la mujer se rehúsa a volver. Pero cuando toma la decisión de no regresar y se le pregunta por qué, contesta claramente que ella no cree que su marido haya cambiado. O contesta que las heridas son muy profundas, y que ella encuentra imposible poder perdonar inmediatamente y olvidar sus infidelidades o sus innumerables golpizas. A veces debe tomar tanto valor para decir eso, que por la forma de hacerlo es acusada de “mujer de poca fe”, de “reacciones carnales” y cuántas cosas más.

Tal vez use las palabras incorrectas, quizás se deje llevar por sentimientos y diga que “el amor se acabó”. Pero el consejero y todos los seres queridos no deben dejarse llevar por las pasiones, sino preguntarse: “Antes de presionarla para que vuelva, ¿de qué manera puedo ayudarla a sanar sus heridas? ¿Cómo manifestarle que, más que guardar una forma, lo que deseamos es que ella sea sanada y vuelva a vivir?”

Tal vez esto suene humanista y liberal, pero aun cuando creo que somos enteramente responsables por salvaguardar un matrimonio y reconciliar posiciones, también creo firmemente que la sanidad del alma es primordial.

© Moody, 1990. Usado con permiso.

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