El ministerio espiritual exige poder espiritual. El Espíritu Santo es la fuente de todo poder, y es dado como respuesta de oración. “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lucas 11:13).
Esta promesa fue dada por Jesús inmediatamente después que nos dio la gran promesa-mandamiento: “Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” (Lucas 11:9-10).
Esta enorme promesa está a tu disposición si oras de acuerdo a la voluntad de Dios para todas las peticiones que tengas en tu vida pero, tal como Jesús lo señaló, es dada especialmente con el Espíritu Santo (v. 13). El ministerio espiritual depende del Espíritu y no hay otra manera de llevarlo a cabo; nunca podrás ministrar con efectividad si no estás lleno con el Espíritu, recibiendo diariamente su unción, liderazgo y autoridad.
Tu mayor necesidad es la poderosa presencia del Espíritu Santo si deseas ver convicción de pecado en los perdidos, crecimiento y bendición en tu rebaño. Nuestras prédicas y enseñanzas, a menos que tengan el poder del Espíritu Santo, pueden maldecir en lugar de bendecir a otros. La verdad en sí misma no transforma, sino que la verdad aplicada a través del Espíritu cambia la vida. “El cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica” (2 Corintios 3:6).
Tus palabras de verdad pueden matar a los que las escuchan si no están acompañadas por el poder del Espíritu.
La efectividad de tu liderazgo depende de tu vida espiritual. E. M. Bounds lo resaltó hace años: “Los hombres son el método de Dios; la iglesia busca mejores métodos; Dios busca mejores hombres”. Y volvió a escribir: “El Espíritu Santo no fluye por medio de métodos, sino a través de los hombres. Él no desciende sobre la maquinaria, sino sobre los hombres. Él no unge planes sino hombres, hombres de oración”.
El doctor A. J. Gordon se expresaba así: “Nuestra generación pierde rápidamente su sentido de lo sobrenatural y, por consecuencia, el púlpito cae rápidamente al nivel de la plataforma. Esta declinación se debe a que ignoramos que el Espíritu Santo es el supremo inspirador de la prédica”.
¿Por qué son tan pocos los líderes ungidos con el poder del Espíritu en forma continua? Porque la mayoría depende más de sus estudios, trabajo y planes que de la oración que es el principal canal para que fluya el Espíritu Santo a tu vida.
Te saturas y estás cubierto con la presencia de Dios, solamente si permaneces largos períodos en su presencia. La cara de Moisés se volvió radiante, solamente después que absorbió la cercana presencia y gloria del Señor durante ochenta días en el Sinaí. La oración diaria prolongada añade semejanza a Cristo en tu personalidad, y su fragancia espiritual persiste donde quiera que vayas.
Te conservas bendecido mientras digas palabras de amor, comunión, alabanza y agradecimiento a Jesús durante el día, pues de esa manera vives en la presencia de Dios. Eres continua bendición en la medida que continuamente pidas a Dios que bendiga al prójimo. Ser constante bendición surge de ser constantemente bendecido.
En tu calidad de líder debes mantener constantemente un corazón en comunión. Debes vivir en presencia de Dios “debajo de sus alas” (Salmo 91:4), amparado “bajo la sombra de” sus alas de amor (Salmo 36:7). Esas metáforas representan el refugio en Dios y la cercanía a Dios. Uno no debe solamente acercarse a Dios (Hebreos 7:19; 10:22; Santiago 4:8) sino vivir cerca de Él durante toda la vida.
El concepto de estar en la presencia de Dios significa, literalmente en el texto hebreo del Antiguo Testamento, estar donde puedas ver sus rostros –siempre en plural, probablemente sugiriendo todas las variadas emociones y actitudes de Dios–. Esencial para ti, líder, es que estés tan cerca de Dios que puedas ver constantemente su gozo o desagrado, su exhortación o freno en su faz.
Al igual que Moisés iba y venía diariamente después de pasar un tiempo de comunión con el Señor, en el tabernáculo de reunión, donde moraba la luminosa gloria –shekinah– de su presencia, a sus múltiples ministerios y responsabilidades con el pueblo; de esa misma manera tú, líder de tu rebaño, debes ir a tu gente desde la presencia del Señor y, luego, volver desde tu gente a la presencia del Señor para presentar sus necesidades ante Él; ¿eso es lo que haces?
El líder del Nuevo Testamento debe ser hecho por Dios, y Él lo hace durante la oración. Muchos líderes son hipócritas en su vida de oración. Urgen al rebaño a que viva orando, pero ellos no oran. El poder de orar se relaciona directamente al tiempo dedicado a orar. Una oración pública que prevalezca podrá ser orada solamente por quien ha prevalecido en oración por largo tiempo en forma privada.
La iglesia local es edificada o destruida por sus líderes, pues suele suceder que la iglesia es como son sus líderes.
Únicamente los líderes que oran tienen seguidores que oran. Un líder santo y dinámico que ora es el regalo de Dios para el pueblo. Un líder débil que es negligente para orar suele ser un estorbo para Dios y para su pueblo.
Los líderes que saben cómo orar son la dádiva más grande de Dios para la iglesia y la Tierra.
Tu tarea de líder cristiano es demasiado grande para ti. Su imponente inmensidad debe llevarte a orar. Tu vocación es demasiado grande para ti, y tu llamamiento es demasiado sagrado para ti. Pero Dios está dispuesto a ayudarte en tu ministerio si estás dispuesto a pagar el precio de orar.
Tomado del libro: Ardiendo para Dios Por Wesley L. Duewel Editorial Unilit