Alabanza y Adoración

Personas idóneas para la alabanza.

No podemos permitirnos el lujo de decidir nosotros quién puede y quién no puede ministrar, no podemos entregar la dirección de la adoración congregacional, que es el punto más culminante de nuestro culto a Dios, a quién «no tiene dedos para el piano».

Todavía existen ideas muy tergiversadas a la hora de nominar a aquellas personas que nos ayudarán en la ministración de las alabanzas congregacionales, pues lo que prima en quienes deben nombrar o elegir a los designados es más bien un sentimiento de amistad que mas bien el buscar o reconocer dones o habilidades innatas que algunos hermanos tienen, y que obviamente, son los que Dios de antemano ya ha designado. Digo esto pues tengo la certeza de que cada paso que estamos dando en esta maravillosa renovación de la alabanza y adoración musical, es Dios mismo quién está interesado en restaurarla, es Dios mismo el que se ha estado dando el tiempo para preparar personas idóneas para este ministerio, Él no desea que se improvise, Él no desea que se haga solo lo mejor posible, Él no desea usar a personas a las cuales Él no ha ungido, Él no desea ser ministrado por personas que no saben hacerlo, Él no desea que ministren aquellos que no están aptos, Él no desea que ministren personas que han sido capacitadas para otros ministerios, lo que el corazón de Dios desea y anhela es escuchar a aquellos que Él ha preparado, a aquellos que Él ha nominado, a aquellos en quién Él ha confiado esta labor: a sus Levitas. Por lo cual, quienes estamos directamente involucrados en este ministerio de la alabanza, debemos tener muy claro qué espera Dios de nosotros, como personas, como ministros suyos, como siervos al servicio del sacerdocio en bien de la congregación, pues si Dios ha de derramar su unción o una bendición especial sobre su pueblo, si Dios ha de desatar un avivamiento en medio nuestro, nosotros, los Levitas de este tiempo, debemos ser los primeros receptores de su intención y debemos ser capaces de ser el cauce necesario y santo que Dios utilizará para el derramamiento de su bendición.

En 2ª de Crónicas 25:1 leemos que los Levitas fueron designados para «profetizar» al pueblo, por tanto si de profetizar se trata, si se trata de entregar un mensaje de parte de nuestro Dios a su pueblo, Él lo hará a través de nosotros, pero para que así suceda nosotros debemos estar lo suficientemente capacitados para poder ministrar a su pueblo acerca de lo que Él quiere dar a su pueblo y no de lo que a nosotros nos parece lo apropiado, o lo que nosotros, en obediencia a la autoridad que nos confirió esta misión, hemos preparado para entregar al pueblo. Por muy excelente que nos parezca a veces el hacer algo diferente en la ministración musical que nos ha tocado hacer, lo que primero tenemos que considerar es la opinión del Señor, y no esperar los resultados para ver si era o no era del Señor. No podemos darnos el lujo de jugar con nuestros ministerios; en cualquier Empresa, Industria o Corporación, los empleadores llenan las vacantes de acuerdo a las necesidades propias de cada cargo en particular y nadie, en su sano juicio, empleará a un carpintero para labores de electricidad ni a un mecánico para llenar la vacante de dibujante. Es lógico y normal, que todas las personas tengamos un oficio, una profesión o una habilidad especial, y es en la cual nos desempeñamos profesionalmente, a menos que nos capacitemos especialmente para ocupar otro cargo, por lo mismo en nuestras congregaciones es imperativo el emplear a las personas adecuadas para desempeñar los oficios, cargos o ministerios para el cual Dios nos ha capacitado. Dios jamás improvisa, Él tiene todo bajo su control, Él tiene todo planificado y nada se escapa a su voluntad, a menos que nosotros queramos hacer lo que bien nos parezca y no tengamos la sensibilidad adecuada para hacer lo que a El le agrada y no sepamos cómo se adora en espíritu y en verdad.

No podemos permitirnos el lujo de decidir nosotros quién puede y quién no puede ministrar, no podemos entregar la dir
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ección de la adoración congregacional, que es el punto más culminante de nuestro culto a Dios, a quién «no tiene dedos para el piano», solo por el hecho de que es un hermano fiel a las reuniones, ni porque es el único en quién podemos confiar porque es antiguo en la congregación, ni porque es el más simpático, ni porque es el que «no sabe mucho pero harto empeño que le hace», no hermano, no es por esfuerzo personal que Dios ha elegido a sus ministros, les reitero que Dios no eligió a los Levitas en tiempos de Moisés porque estos eran los con más aptitudes musicales o de servicio, Dios los eligió porque quería ordenar este ministerio y requería a toda una tribu, Él requería todo un grupo de personas con una misma visión, con los mismos objetivos: servir y guiar al pueblo hasta la presencia misma del Dios Altísimo. Y Él no ha cambiado, ni cambiará nunca, ni su anhelo de formar un pueblo de adoradores ha menguado, Él sigue siendo el mismo, su infinita paciencia y misericordia aún nos acompaña, y no podemos desperdiciar el tiempo dedicado a la alabanza y adoración musical congregacional, estableciendo a pseudos directores de canto, que jamás han tenido habilidades, que jamás han estudiado, que jamás se han preparado, y creen que cualquiera puede hacerlo, creen que es llegar y subir al púlpito y establecer un contacto con el Espíritu Santo para que santifique a su pueblo y llevarlos hasta la presencia de Dios.

Marcos Witt, en una de sus enseñanzas, nos hizo pensar en que un director de cantos debe tener ojos por delante, ojos por detrás, y ojos por dentro, haciendo una comparación con lo descrito en el capítulo 4 de Apocalipsis. Ojos por delante sería la sensibilidad del director para detectar la necesidad del pueblo que está siendo dirigido, ojos por detrás serían los músicos y cantores que le acompañan en la ministración, y los ojos por dentro lo asemeja al Espíritu Santo que es quien nos va dirigiendo a nosotros revelando lo que Dios desea para el pueblo. En otras palabras quien dirige debe estar de tal forma comprometido con el quehacer de la meta de la ministración, que es la de guiar al pueblo hasta la presencia misma de Dios, tal como los Levitas de antaño, para que el Espíritu Santo pueda obrar en completa libertad, sabiendo que todos estamos en un mismo sentir, en una misma dirección, en un mismo objetivo: adorar al Señor en espíritu y en verdad, no solo de labios, no solo de apariencia, no porque es el momento en el orden culto, ni porque la música es de nuestro agrado, ¡es porque nuestro corazón se ha encendido en alabanza!, ¡es porque el Espíritu Santo ha desatado nuestras ataduras!, ¡es porque el Espíritu Santo nos ha santificado!, ¡es porque las huestes de maldad han tenido que salir huyendo ante la presencia de Dios!, ¡es porque Dios mismo está con nosotros habitando!, ¡Gloria a Dios!. Creo que solo entonces comprenderemos la importancia de designar personas idóneas para la dirección del canto. Muchos ejemplos encontramos en Crónicas, de Quenanías, y de otros que también dirigían, pero con la diferencia que ellos estaban totalmente comprometidos por la causa, totalmente compenetrados en el mover de su santa unción, totalmente aptos para la obra a que habían sido llamados, totalmente bajo la dirección del Espíritu Santo, totalmente habilitados por Dios, ¡totalmente preparados para toda buena obra!. Quienes dirigimos alabanza entramos en guerra al inicio de cada culto, no cantamos para deleite de los asistentes, no cantamos para ser juzgados y premiados, no cantamos jamás por cantar, cantamos para guerrear, cantamos para que huyan nuestros enemigos, cantamos para declarar victoria, cantamos para alabanza de su nombre, cantamos para adorar al único que es digno de recibir la gloria: Jehová es su nombre, el Gran Yo Soy, el que siempre es, el que siempre permanece, el que me ha capacitado para servirle, el que ha invertido tiempo en mi preparación, el que dio a su único hijo con el fin de tenerme a su lado…»Oh Dios, cuán grande es tu amor, no lo puedo comprender, no lo puedo discernir, solo sé que me amas, recibe toda mi vida, es tuya pues tú pagaste por ella, oh Señor capacítame, cada día para que todo mi desempeño sea de tu agrado, para que todo lo que yo haga, sea lo que tú quieres que haga, te amo mi Dios, te amo mi Rey, quiero ser un adorador y guiar a tu pueblo a tu lado».

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Daniel Diaz Nauto

Daniel Diaz Nauto

Director, Editor, Webmaster entre otras funciones de la Red PoderyGloria. Hace 12 años se dedica a la informatica, amante a la fotografía y estudiante de teología. Le gusta disfrutar de aquella música que llega a lo profundo del corazón.