Alabanza y Adoración

La alabanza honesta.

adorar1Muchas iglesias cristianas ha llegado al peligroso momento profetizado hace mucho tiempo: “Somos ricos y nos hemos enriquecido, y de ninguna cosa tenemos necesidad” (Ap. 3.17). Con mucho esfuerzo, nada es olvidado en nuestras iglesias, excepto lo más importante: la genuina y sacrificial ofrenda de nosotros mismos y de nuestra adoración al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

Estamos avanzando. Construimos enormes edificios y grandes congregaciones. Alardeamos de elevadas normas y hablamos mucho sobre avivamientos.

Pero tengo una pregunta y no es simplemente retórica: ¿Qué le ha sucedido a nuestra adoración? ¿Inclinas silenciosamente tu cabeza cuando entras en la normal iglesia evangélica? No me sorprende si tu respuesta es “No”. Somos una generación que rápidamente ha perdido todo sentido de lo divino y sagrado en nuestra adoración.

Muchos de los que nos hemos criado en iglesias, no pensamos ya más en términos de reverencia, lo cual parece evidenciar el hecho de que dudamos de que la presencia de Dios esté allí. En demasiadas iglesias puedes sentir que “no pasa nada”, y esta es mi evaluación: que el haber perdido la conciencia de Dios en nuestro medio es una pérdida demasiado terrible que jamás será valorada.

EL EFECTO DEL SECULARISMO

Siento que mucha de la culpa por esta pérdida en nuestras iglesias se debe a la creciente aceptación del secularismo del mundo, que parece ser más interesante que cualquier hambre o sed de satisfacer la vida espiritual que agrada a Dios. Tenemos maneras tan dulces y aún secularizadas de hablar a la gente del Reino de Dios en nuestros días, que muy pronto no contraharemos hombres y mujeres deseosos de encontrar a Dios a través de la crisis del encuentro. Cuando los traemos a nuestras iglesias no tienen idea de lo que significa amar y adorar y agradecer a Dios porque en el camino que les hicimos recorrer no hubo un encuentro personal, no hubo una crisis personal, no hubo necesidad de arrepentimiento; solamente un versículo bíblico con la promesa del perdón.

No venimos a Dios para ser adoradores habituados, sino cristianos sellados con su muerte. Fuimos traídos a Dios, a la fe, y a la salvación por lo cual debemos alabar y adorarle.

Mi mente vuelve una y otra vez a la necesidad de una adoración sincera entre nosotros si Dios es quien dice que es y si somos el pueblo creyente que proclamamos ser. Actualmente, algunas creencias básicas sobre la persona y la naturaleza de Dios han cambiado tanto que hay quienes encuentran fácil jactarse de los beneficios de Dios sin tener ningún deseo o pensamiento de conocer el verdadero significado de la adoración.

No parece estar reconocido que el supremo deseo de Dios para cada uno de sus creyentes es el de amarlo y adorarlo de tal manera que estemos continuamente en su presencia, en espíritu y en verdad. Esto es adoración también.

EL RESULTADO DE LA SALVACIÓN

Algo maravilloso y milagroso, y un cambio de vida ocurre en el alma humana cuando Jesucristo es invitado a tomar su legítimo lugar. Eso es exactamente lo que Dios anticipó cuando forjó el plan de salvación. El haría adoradores de rebeldes y restauraría hombres y mujeres al lugar de adoradores, lo cual era conocido por nuestros primeros padres cuando fueron creados.

Si reconocemos este resultado como una bendita realidad en nuestras propias vidas y experiencia, entonces es evidente que no estamos esperando el domingo para que entonces “vayamos a la iglesia y adoremos”. La verdadera alabanza a Dios debe ser una constante y consistente actitud interna, un estado en la mente del creyente. Este será siempre un sustentador y bendito conocimiento de amor y adoración, sujeto en esta vida a niveles de perfección e intensidad.

Contrariamente a lo que es dicho y practicado en las iglesias, la verdadera adoración a Dios no es algo que nosotros hacemos con la esperanza de parecer religiosos. Las Escrituras nos relatan claramente que, habiendo sido hechos a la imagen de Dios, tenemos la capacidad de conocerlo y el instinto de que deberíamos adorarlo. En el mismo momento en que el Espíritu de Dios nos vivifica con su vida, en regeneración, nuestro ser completo siente su afinidad con Dios y salta en gozoso reconocimiento.

Esa respuesta en nuestro ser, una respuesta de perdón y regeneración, inicia el milagro del celestial nacimiento, sin el cual no podemos ver el Reino de Dios.

Sí, Dios desea y se place en comunicarse con nosotros a través de las avenidas de nuestras mentes, nuestra voluntad y nuestras emociones. El continuo y libre intercambio de amor y pensamiento entre Dios y el alma redimida de un hombre o una mujer es el palpitante corazón de la religión del Nuevo Testamento.

LA ESCUELA DEL ESPÍRITU

Cuan agradecidos deberíamos estar al descubrir que es el deseo de Dios el guiar cada corazón deseoso a profundidades y elevadas alturas en el divino conocimiento y comunión.

Tan pronto como Dios envía al Espíritu de su Hijo dentro de un corazón, decimos: “Abba”. Y estamos adorando, aunque es probable que no totalmente en el sentido del Nuevo Testamento. Pero Dios desea llevarnos a profundidades en El. Tenemos mucho que aprender en la escuela del Espíritu. El quiere guiarnos en nuestro amor a El, quien nos amó primero. El quiere cultivar en nosotros la adoración y la admiración de la cual El es digno. Quiere revelamos, a cada uno, el bendito elemento de la fascinación espiritual en la verdadera alabanza.

Desea enseñamos la maravilla de ser llenos, con una excitación moral en nuestra adoración, así estaremos extasiados con el conocimiento de quién es Dios y anonadados ante la inconcebible elevación, magnitud y esplendor del todopoderoso Dios.

No hay sustituto humano para esta clase de adoración y para esta clase de respuesta dada por el Espíritu de Dios, quien es nuestro Creador y Redentor y Señor.

Tal vez nunca has comprendido esto antes pero todos estos elementos, en nuestra percepción y conciencia de la divina presencia, completan lo que la Biblia llama temor a Dios.

El temor a Dios es esa “asombrosa reverencia” de la cual Federico Faber escribió. Podría decir que éste nos eleva de un nivel básico (el terror del culpable ante el santo Dios) a un fascinante rapto de la adoración santa. Hay muy pocas cosas no calificadas en nuestras vidas. Pero considero que el temor reverencial a Dios, mezclado con amor, fascinación, asombro, admiración y devoción es el estado más gozoso y la emoción más purificadera que el alma humana pueda conocer.

Estoy completamente consciente en mi interior de que no podría existir mucho más como un cristiano sin la conciencia interna de la presencia y cercanía de Dios. Puedo mantenerme íntegro, sólo si mantengo el temor de Dios en mi alma y me deleito en el fascinante rapto de la adoración.

El ha estado diciéndome: “Quiero habitar en tus pensamientos. Haz de tu mente un santuario en el cual pueda vivir”. Puedo perder comunión con Dios, perder el sentido entusiasta de su presencia y perder la bendición de una victoria espiritual por estar pensando mal. He encontrado que Dios no habitará en un rencoroso, contaminado pensamiento. No habitará en lujurioso y ambicioso propósito. No habitará en orgullosos y autosuficientes pensamientos.

Dios nos pide que hagamos un santuario de nuestros pensamientos en los cuales El pueda habitar. El atesora nuestros puros y amorosos pensamientos, nuestras sumisas, caritativas y bondadosas ideas, probablemente son como los de Dios.

Podrás adorar y Dios te aceptará. El estará oliendo el incienso de tu elevada intención aun cuando la zozobra de la vida sea intensa y la actividad te rodee.

DIOS NOS AYUDA

Si Dios sabe que tu intención es adorarlo con cada parte de tu ser; El ha prometido ayudarte.

De su lado están el amor y la gracia, las promesas y la expiación, la constante ayuda y la presencia del Espíritu Santo.

De nuestro lado está la determinación, la búsqueda, el consentimiento y la creencia, así que nuestro corazón se convertirá en habitación, santuario, altar, en el cual podrá existir un constante e inquebrantable compañerismo; comunión con nuestra alabanza elevándose a Dios todo el tiempo.

Prefiero adorar a Dios antes que hacer cualquier cosa que sepa en este extenso mundo. Ni intentaría siquiera contarte cuántos viejos himnarios tengo apilados en mi escritorio. No puedo cantar realmente, pero Dios escucha mientras le canto los viejos himnos franceses, en latín y griegos en su traducción. El escucha cuando canto los hermosos salmos y algunas simples canciones más modernas.

La hermosa porción de la adoración es la que te prepara y capacita a cero en las cosas importantes que deben ser hechas por Dios.

Podemos decir también que dondequiera que la Iglesia ha salido del letargo, se ha despertado del sueño y entrado en la marea de un avivamiento espiritual, los adoradores siempre han estado detrás del cambio.

Si nos entregamos al llamado divino de adorarlo, cada uno estará haciendo mucho más de lo que hace ahora. Y lo que hace tendrá significado. Tendrá la calidad de eterno; será oro, plata y piedras preciosas, no heno, madera y hojarasca.

Deseo que podamos volver a adorar otra vez de tal manera que cuando la gente entre en la iglesia pueda sentir, instantáneamente, que está entre gente santa, gente de Dios, y que pueda salir testificando: “Dios está en este lugar; de verdad”.

Fuente: Desarrollo Cristiano.

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Ingrid San Martin

Ingrid San Martin

Editora general de la red PoderyGloria.


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