Alabanza y Adoración

El Orden Divino en la Alabanza: el Sacerdote (4a parte)

El tercer elemento que encontramos con respecto a la santidad del Altar del Incienso es quién ministra la adoración. Solo los descendientes de Aarón (tribu de Leví) podían ofrecer sahumerio en el altar. Cuando Coré, sin ser sacerdote levita, quiso usurpar el sacerdocio de Aarón, y ofrecer su propio sacrificio fue tragado por la tierra con toda su familia; y los hombres que le siguieron fueron consumidos por el fuego de Dios (Num. 16). Esto nos habla que solo la alabanza de un hijo de Dios, de un espíritu redimido, es aceptable delante del Señor. Por eso Pr. 15:8 dice que el sacrificio de los impíos es abominación a Jehová.

Pero no solamente eso, sino que el corazón del sacerdote debe ser el correcto. Coré y su séquito se levantaron contra de Moisés y Aarón porque confiaban en sí mismos y en sus propios méritos para ofrecer sacrificios delante de Jehová. La Biblia dice que eran “varones de nombre”, príncipes de la congregación y miembros del Consejo. Eran los principales del pueblo. Pero Dios nos ha escogido para su alabanza y adoración no por causa de nuestras cualidades por muy ejemplares que puedan ser, ni por nuestras dotes musicales, mucho menos por nuestra posición en la sociedad, sino por ser sus hijos comprados con la sangre de Cristo.

Desde Caín, el hombre desea esforzarse en lo natural para agradar a Dios; usa su imaginación, talento, capacidades y fuerza propias para tratar de servirle. Pero a Dios no le interesa lo que podamos hacer por nosotros mismos, no le llama la atención lo que podamos lograr, o cuán inteligentes o elocuentes podemos llegar a ser; tampoco le impresiona en modo alguno si somos muy virtuosos en tocar algún instrumento o nuestra habilidad para cantar. Lo que Dios quiere de nosotros es nuestro corazón rendido a Él: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado: Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios […] Entonces te agradarán los sacrificios de justicia el holocausto u ofrenda del todo quemada…” (Sal. 51:17-19).

Dios quiere que tengamos un corazón manso y humilde cuando ofrecemos a Él sacrificio de alabanza, que nos arrepintamos de nuestros pecados y le reconozcamos como nuestro Padre Celestial y nos sometamos delante de su grandeza y soberanía. Ser manso significa ser dócil, y solamente los que tienen esa característica son útiles para la obra del Señor:

Dios usó a Noé para preservar la especie humana precisamente porque era un hombre manso y obediente; de no haberlo sido, jamás habría emprendido una tarea tan difícil y aparentemente absurda como la construcción de un arca (Génesis 7:5).

La Biblia dice que Moisés también fue un hombre manso (Números 12:3), de pocas palabras, y el Señor lo usó para enfrentarse a Faraón y salvar a Israel de la esclavitud (originalmente no lo era, pero Dios lo transformó ver Ex. 2:11,12).

Nuestro Señor Jesucristo ha sido el hombre más manso que ha pisado esta tierra (Mt.11:29), y el Padre lo usó, ni más ni menos,  para salvarnos de la muerte eterna: “como cordero fue llevado al matadero” (Is. 53:7).

Por eso la ofrenda de Abel fue agradable delante del Señor, porque representó un acto de adoración humilde y rendido, pues lo único que hizo fue regresar lo que había recibido de Dios,  (no había ningún mérito en sacrificar animales, pues la vida de sus ovejas solo podía debérsela a su Creador); mientras que Caín ofreció el producto de sus propias manos, es decir, el resultado de su fuerza, lo cual tenía implícita una dosis de soberbia, pues suponía que el hombre era capaz de producir algo suficientemente bueno para agradar a Dios. La Biblia nos enseña que esto no es posible y aún nuestras justicias (nuestras buenas obras) son como trapos de inmundicia delante de Él (Is. 64:6).

La soberbia es el pecado que Dios aborrece más y que castiga con mayor prontitud: “La soberbia y la arrogancia, y el mal camino […] aborrezco” (Pr.8:13).  La soberbia hizo que satanás y un tercio de los ángeles fueran echados del cielo. La soberbia hizo que Adán y Eva fueran echados del jardín del Edén. La soberbia fue lo que hizo que Coré y su familia fueran tragados por la tierra. La soberbia provoca que no podamos arrepentirnos de nuestros pecados y que, a su vez, Dios no pueda bendecirnos con sus riquezas, honra, y vida (Pr. 22:4). La soberbia nos pone a nosotros mismos en el nivel de Dios. Nos hace creer que tenemos el derecho de decidir qué está bien y qué está mal (engaño de la serpiente antigua). Nuestro orgullo es lo que clavó a Jesús en la cruz y nos hace semejantes a los que gritaron: “¡no dejaremos que este hombre reine sobre nosotros!”.

El adorador, el sacerdote que quema el incienso, no puede albergar en su corazón la soberbia. Dios le resistirá (Stg. 4:6) y en consecuencia su adoración no será aceptada en las alturas. No puede hacer un “show” de sus dotes musicales, capacidades vocales, o de vestimentas extravagantes so pretexto de alabar a Dios (“show” significa en inglés “mostrar”). Quien lo hace, lo hace para el mundo, pero no para Dios. David, músico y escritor de los Salmos, conoció muy bien esta verdad: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio; Y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Sal. 51:8).

Fuente: universocristiano.com

Deje su comentario a continuación

Mas del autor

Ingrid San Martin

Ingrid San Martin

Editora general de la red PoderyGloria.


Warning: get_headers(): http:// wrapper is disabled in the server configuration by allow_url_fopen=0 in /home/pyg/public_html/wp-content/themes/voice/include/helpers.php on line 456

Warning: get_headers(): This function may only be used against URLs in /home/pyg/public_html/wp-content/themes/voice/include/helpers.php on line 456