Alabar es por excelencia crear; es expresarse en la música, en el canto, en la danza… en el juego y en las infinitas formas artísticas que la cultura dispone.

Algo había pasado en esa iglesia de barrio aquella tarde. Ya hacía un año que Juancito había traído un cancionero del Encuentro Nacional de la Alabanza. Era un librito de 150 coritos que además, traía un suplemento que explicaba las posiciones para acompañar con guitarra. Se completaba con seis cassettes que contenían las grabaciones de todos los coritos.

Esa tarde fría de invierno había más de 30 jóvenes en la pequeña capilla. Alberto, el líder de los jóvenes terminó de orar e invitó a Juancito a comenzar con la alabanza. Éste, con más voluntad que habilidad, pronto hizo que el grupo se encontrara cantando y moviéndose con alegría. Prácticamente todos conocían los coritos, los que iban eligiendo en una sucesión prolongada de pedidos.

A la reunión había llegado un grupo de jóvenes del barrio, atraídos por el deporte, los coritos y una linda muchacha llamada Mariela, que el último año había adquirido una bella figura. Entre los nuevos estaba Marcelo, un pibe despierto que hacía constantes bromas que alegraban a todo el grupo. Si bien él no cantaba, seguía el ritmo unas veces con las palmas y otras con un pequeño tambor, ritmo que en ocasiones acentuaba.

La reunión llevaba casi una hora, y los pedidos se sucedían infatigablemente: el treinta y dos… el ciento veintiuno… el trece… el cuatro… A Marcelo le brillaban los ojos y esbozó una sonrisa de picardía… el cuatro… el quince… el treinta y tres… A esta altura Marcelo se incorporó y exclamó: ¡Bingoooo! El canto se detuvo y fue seguido de un silencio embarazoso y expresiones de reprobación. Unos minutos después, Alberto tomó la palabra y continuó, sin hacer mención del episodio. Sin embargo, esa tarde algo había sucedido. Todos entendieron que algunas cosas tenían que cambiar.

La alabanza es para quien la recibe.

Cuando queremos homenajear, hay una intención, un deseo de expresar gratitud por algo que hemos recibido, y anhelamos retribuir con un gesto elegido, que además llegue a la persona a quien está destinado. Tener “conciencia” del objeto de nuestra alabanza es lo que le da sentido a ésta. Mas aún, esta “conciencia” es lo que genera en nuestro interior las capacidades creativas que hacen posible la belleza de la alabanza. Sin estas capacidades creativas, lo que se produce es una repetición, en ocasiones mecánica, sobre todo cuando el canto o la música adquieren un sonido metálico y sin matices.

El gesto de alabar tiene que ver con regalar; es decir, brindar algo a alguien intuyendo su gusto. En el caso de nuestra alabanza a Dios, pienso que a Él le agrada lo nuevo (lo creativo) como lo expresan los Salmos cuando hablan de cantar a Dios “un cántico nuevo” y siendo el Dios Creador, gusta que ejercitemos la imagen que de Él tenemos en nuestro interior.

El gesto de alabar tiene que ver con regalar; es decir, brindar algo a alguien intuyendo su gusto. En el caso de nuestra alabanza a Dios, pienso que a Él le agrada lo nuevo

Por todo eso es que me animo a señalar que en la alabanza la creación es primordial. Pero distingamos: “el cántico nuevo” no es necesariamente otro cántico; puede ser el mismo, recreado en su ejecución, con nuevos matices. Cada cosa que hacemos podemos darle el brillo de lo artístico. Los viejos botines que pinta Van Gogh son la creación de un genio que transforma lo vulgar en una obra de arte. ¿Podemos nosotros, cuando alabamos, recrear las canciones cada vez que lo hacemos?

Hay algo más que me preocupa. En esta época de la mass-media sufrimos muchísimas influencias que apagan la agilidad de nuestras iniciativas. Entre estas influencias están los cantautores de moda, que no siempre tienen genio. Esto ha determinado imitaciones en nuestro medio religioso. Frente a esto, quisiera repensar en el valor de ciertas tradiciones musicales que pueden ser recreadas.

Pero aún más que de las otras expresiones artísticas. En cierta oportunidad asistí en Brasil a una reunión de alabanza de un grupo, en la que una mujer, que tenía las destrezas del cuerpo necesarias, nos invitó a dar unos pasos en armonía con sus movimientos de danza. Fue algo reverente que despertó nuevas expresiones de homenaje.

Del mismo modo, el arreglo del lugar y la participación de los niños pequeños (los que parecieran ser los maestros de la alabanza). El momento suave y calmo para el anciano o los espacios para los discapacitados. Éste sería el desarrollo de la alabanza comunitaria donde todos pueden participar, y donde la articulación de las diferencias de los participantes es lo que otorga la belleza del gesto de la alabanza.

El desafío del “cántico nuevo” se da en la posibilidad de desplegar nuestra propia creatividad. Este despliegue se nutre de nuestra participación en la comunidad; pero fundamentalmente, de la capacidad que tiene la comunidad a la que pertenecemos de integrarse a la cultura. Todo esto, teniendo en cuenta que son muchas las criaturas de Dios que acompañan con destrezas increíbles a los hombres y mujeres del planeta.

El proceso de crear

Cuando la temática de crear es el homenaje, el substrato del proceso está en función de la satisfacción, la plenitud o el goce que ha producido en uno el objeto del homenaje. Del mismo modo que no puedo crear un plato de comida si no tengo los ingredientes, no puedo homenajear si no siento satisfacción al hacerlo. Esto es lo que da : “autenticidad al gesto”, cuando esto no sucede no hay proceso creativo, solamente hay “metal que resuena o címbalo que retiñe (1 Corintios 13:1).

El crear alabanzas con una “canción nueva”, es un despliegue de fuerzas, sentimientos, recuerdos e imágenes que antes fueron vivenciados en “un repliegue en la intimidad”. Es decir que la alabanza crece en el terreno de lo interior y es ahí donde se organizan las emociones que luego se reforzarán con la participación grupal. El salmista cuenta de esto al decir: “Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo” (Salmo 84:2). Toda creación supone una incubación, un momento fecundo e inquietante que debe ser soportado…

De este modo lo pregnante individual (aquello que fecundó en uno), se adhiere a lo pregnante de los otros y en la participación grupal, florecen estallando en variedades y armonías no sospechadas.

“¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!” (Salmo 131:1); es como si fuera más yo mismo, en compañía de mis hermanos. Es la alabanza individual que cobra su sentido en el conjunto que alaba; es la plenitud originaria que vuelve a vivenciarse como modo de una destreza expresiva.

Fuente: Compromisocristiano.com

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